Pandemia, manto que cubre crueldades de la guerra y del abandono institucional

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El asedio y la perversión de los actores de una guerra cruenta, fragmentada e irracional  contra mujeres, niñas y niños de nuestros territorios rurales más humildes, olvidados y expuestos a la voluntad de quienes imponen su ley con las armas, han generado demasiado dolor entre familias campesinas y en general entre toda la comunidad en las últimas horas.

El departamento de Nariño, en el suroccidente de Colombia es de nuevo el escenario en el que se representan los pasajes más violentos y lamentables del denominado conflicto armado.

El asedio y la perversión de los actores de una guerra cruenta, fragmentada e irracional  contra mujeres, niñas y niños de nuestros territorios rurales más humildes, olvidados y expuestos a la voluntad de quienes imponen su ley con las armas, han generado demasiado dolor entre familias campesinas y en general entre toda la comunidad en las últimas horas.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada, Miembro del Consejo Departamental de Paz, Reconciliación y Convivencia de Nariño.

Por desgracia, son las mujeres y los niños, los que ahora padecen  el rigor de los malvados, sin que desde el Estado y las instituciones Gobierno se conciban pongan en práctica estrategias para frenar el asedio de la delincuencia organizada, los paramilitares y los demás grupos armados que existen gracias al narcotráfico y otras formas de enriquecimiento ilícito existentes en nuestros territorios.

El asedio y la perversión de los actores de una guerra cruenta, fragmentada e irracional  contra mujeres, niñas y niños de nuestros territorios rurales más humildes, olvidados y expuestos a la voluntad de quienes imponen su ley con las armas, han generado demasiado dolor entre familias campesinas y en general entre toda la comunidad en las últimas horas.

La lista más reciente, que hace referencia a lo corrido de este año, es decir a los primeros 10 días de enero, señala, entre otros hechos que el día 3 de enero se supo del homicidio de Yuri Andrea Bolaños, y también de su madre, Edith Botina Ordoñez, en la vereda El Guabo, zona rural del municipio de La Unión, en circunstancias que aún no permiten vislumbrar públicamente la responsabilidad por la autoría. A ellas se suman las muertes violentas y también en circunstancias por aclarar de Marina Cabezas y Andreina Gómez sobre quienes la organización Fundepaz asegura que provienen del vecino país venezolano. En la tarde del viernes 8 de enero la región se conmocionó con la noticia proveniente de una zona rural de El Tablón de Gómez sobre la muerte violenta de  Márbel Rosero, de 15 años de edad y quien figuraba como desaparecida desde varios días atrás.

Tampoco se puede ignorar que antes de terminar el año 2020, se supo de  los homicidios de Eduardo Guanga, Alberto Anay y Omar Moreno, líderes indígenas y sociales, en diferentes hechos en zonas rurales del puerto de Tumaco.

El asedio y la perversión de los actores de una guerra cruenta, fragmentada e irracional  contra mujeres, niñas y niños de nuestros territorios rurales más humildes, olvidados y expuestos a la voluntad de quienes imponen su ley con las armas, han generado demasiado dolor entre familias campesinas y en general entre toda la comunidad en las últimas horas.

Y como si no bastara con todo el dolor que producen estos hechos, se supo el día anterior que dos menores de edad, Cristian Camilo García Meneses y Joseph Esteban Chávez Martínez, oriundos de Buesaco, fallecieron en zona rural de Policarpa tras pisar accidentalmente una mina  antipersona.

En el listado de hechos violentos en Nariño también hay que incluir a Erika, de quien no hay más datos, mujer trans, quien ejercía  como trabajadora sexual y falleció por violentas agresiones, según se publicó en redes sociales. En la tarde del domingo 10 de enero también circuló la versión de un nuevo feminicidio en el municipio de Leiva, pero los hechos no se pudieron confirmar.

La delincuencia al poder

Todos miramos impotentes como la delincuencia organizada ha asumido el poder en los territorios y subregiones que quedaron aún más desolados luego de la suscripción de los acuerdos de paz que llevaron a la reincorporación a la vida civil de los antiguos guerrilleros de las Farc – ep. Allí la ley se impone  a punta de bala y de muchas otras formas de violencia, sin que los organismos de seguridad puedan dar algún tipio de garantías a los pobladores.

Recientemente el obispo de la Diócesis de Pasto, Monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro,  hizo referencia a este tema: “El dolor por la pérdida de las más de mil personas fallecidas con la pandemia en nuestra región, se acrecienta por las vidas que sigue cobrando la “otra pandemia”: la violencia irracional”, sostuvo en un mensaje hecho público en el que demuestra su preocupación por todos los hechos de violencia que enlutan a Nariño y al suroccidente del país en general.

La complejidad del conflicto en estos momentos obliga al Estado, a los gobernantes nacionales y regionales a trabajar en un proceso de re caracterización de la guerra en el suroccidente del país, para así comenzar a comprender las razones y objetivos de todos los grupos armados que hacen presencia en nuestro territorio, lo mismo que para conocer su capacidad bélica y su potencial alcance.

Desde mi espacio en el Consejo Departamental de Paz, Reconciliación y Convivencia de Nariño quiero reiterar la necesidad y la importancia de mantener siempre presente la gravedad del conflicto armado que tiene entre otros escenarios a nuestro querido departamento y muy especialmente a las nuevas víctimas que cada día deja la guerra.

Entendiendo su gravedad, para nosotros y sobre todo para las autoridades, es importante tener en claro que todo lo que ha generado la pandemia del Covid – 19 no puede ni debe ocultar que estamos afrontando un nuevo capítulo del conflicto armado colombiano que provoca mucho dolor, sangre y lágrimas y que estamos demasiado lejos de comenzar siquiera a buscar cómo resolverlo.

El virus no se puede utilizar como un nuevo manto que encubra la gravedad de los hechos que hoy siguen enlutando territorios y familias como las nuestras. El Estado debe apersonarse de la búsqueda de alternativas y salidas dignas a esta dramática situación que hoy ignoran todos.

Caminamos por la sexta década de un conflicto interminable que sin embargo, muta y se transforma siempre buscando nuevas formas de dolor y represión. Las salidas originales y creativas deben comenzar a estudiarse en serio porque la anarquía total ya hace presencia en Nariño, Cauca, Putumayo y todo el sur y el suroccidente colombiano.


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