Aurelio Arturo Martínez, a su memoria en el aniversario de su fallecimiento

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Por: Graciela Sánchez Narváez -IDEAS CIRCULANTES-

Se ha dicho y se ha escrito mucho sobre el poeta Aurelio Arturo Martínez, pero no lo suficiente, tratándose indiscutiblemente del mejor poeta colombiano del siglo XX. Y es que su corta pero extraordinaria obra consta de solo 14 poemas, de los que algunos fueron publicados en periódicos y revistas en 1928. El poeta llega a Bogotá en 1924 cuando aún era muy joven, pues para esta fecha tenía sólo 17 años de edad. Realmente en el complejo medio literario se lo conoce a partir de 1933 y sólo en 1945, la Universidad Nacional publica Morada al Sur.

Su reciente vida está marcada por dos tragedias; la muerte de Luis Guillermo, su hermano menor, en 1911, circunstancia dolorosa que, lo inspira para escribir sus dos poemas: Canción del Ayer y Canción del niño que soñaba, las dos consideradas por algunos críticos como sus mejores poesías; y la muerte de su madre en 1924. Este sintético contexto nos lleva a reflexionar en la triste situación que el joven poeta tiene que afrontar en la nueva ciudad donde viaja para estudiar su carrera de Derecho.    

Profundizando un poco más en su circunstancia como poeta, es evidente que su obra surge un poco marginal a los grupos literarios de este tiempo. Algunos sostienen que perteneció al movimiento que en este tiempo cobraba mucha fuerza, llamado Piedracielismo,  según otros, Aurelio Arturo no aceptó la invitación que le hicieron para integrar esta línea literaria. De todas maneras, encontramos en sus poemas, tal vez, alguna herencia como la musicalidad interna de sus versos, como la que se aprecia en las obras de Eduardo Carranza y Jorge Rojas, quienes dirigían en Bogotá este movimiento literario.

Aurelio Arturo no se quedó en este entorno, fue mucho más allá de los halagos nacionalistas de este tiempo y de la simple retórica, que era una forma frecuente de decir las cosas en esta época. Leyó a Eliot, destacado representante de las letras en lengua Inglesa y Premio Nobel en 1948. Además estudió a Rimbaud, a Dylan Thomas, a Cervantes, a Shakespeare, entre muchos otros, y es a partir de esta formación como Aurelio Arturo le imprime a su poesía ese espíritu distinto que lo hace único e inigualable.

Consideramos que la magia de su obra está en la capacidad maravillosa de comprimir enormes sentidos con el juego mágico que les da a sus versos al entrelazar palabras de significados profundos, con las cuales crea sus poemas dulces, armónicos, nostálgicos y tiernos que tanto nos conmueven.

Su carácter discreto, sosegado y un poco tímido lo llevó a producir en soledad, por eso su obra fue fina y elegante y también discreta, apartada por completo de los afanes del éxito dominantes de la época.

Desde este contexto de la vida personal del autor y de su obra, consideramos que, aunque críticos nacionales y extranjeros, atraídos por la magia de sus creaciones, hicieron de su obra un objeto de estudios investigativos y de innumerables y profundos tratados y disertaciones, quienes hemos tenido la fortuna de habitarlo de cerca, como nariñenses y como coterráneos, sabemos que podemos hablar de Aurelio Arturo, desde la piel y desde el corazón y desde todos los sentidos.

Hace 14 años, precisamente el 23 de noviembre, aniversario de su muerte, estuvimos en La Unión, lugar de nacimiento del autor, en un encuentro conmemorativo. En uno de los puntos de la agenda se organizó con todos los participantes, el recorrido por la Senda Arturiana, hasta el lugar donde nació y vivió el poeta.

En cada rincón de este enorme paraíso se despiertan levemente sus versos, mostrando la armonía infinita de su canto. Allí es fácil entender sus recuerdos con la sonoridad del agua, con la tersura de las hojas que juegan con el viento y delicadamente atraviesan sus poemas. Allí sentimos su nostalgia al separarse de su tierra y el doloroso desarraigo de esa sencilla y maravillosa ruralidad en que vivía, también sentimos la infinita soledad que el poeta habrá experimentado en su encuentro con la complicada y fría y ciudad de Bogotá.

En este paraíso se oye el habla del viento y el murmullo del agua, en un diálogo profundo con el universo, en este paraíso se ve el verde de todos los colores, en este silencio vimos la sombra de los niños corriendo entre los árboles, allí nos dibujamos las siluetas de las mujeres de Arturo, su madre su hermana. tal vez, sus tías, como partes del paisaje.

Para finalizar, amables lectores de siempre, recordamos un poema del autor, como un sencillo y merecido homenaje, hoy que conmemoramos un año más de su partida.      

CANCIÓN DEL AYER

Un largo, un oscuro salón rumoroso

cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica.

Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas [inclinadas

sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente [en la noche.

Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de roble.

Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino

soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como terciopelo.

La voz de Saúl me era una barca melodiosa.

Pero yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas,

de Vicente, el menor, que era como un ángel

que hubiese escondido su par de alas en un profundo armario.

Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón profundo?,

¿quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?

¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre?

¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?

O acaso, acaso esa mujer era la misma música,

la desnuda música avanzando desde el piano,

avanzando por el largo, por el oscuro salón como en un sueño.

A ti, lejano Esteban, que bebiste mi vino,

te lo quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras palabras:

Cuando estás en la sombra. Cuando tus sueños bajan

de una estrella a otra hasta tu lecho,

y entre tus propios sueños eres humo de incienso,

quizá entonces comprendas, quizá sientas,

por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla.

Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia.

Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida,

en la noche tibia, destrenzada, en la noche

con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,

llenaba de ángeles de música toda la vieja casa.


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