Imposible la paz si en el poder están los corruptos, los mafiosos y los ineptos

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Víctor Chaves, #ReporteroNomada. Periodista y columnista.

Colombia es por ahora un territorio inviable para alcanzar la verdadera paz por la vía del diálogo. Las condiciones actuales de nuestro territorio y sus pobladores nos llevan a pensar que solo hay espacio para más guerra.

Columna de opinión de Víctor Chaves. Colombia es por ahora un territorio inviable para alcanzar la verdadera paz por la vía del diálogo. Las condiciones actuales de nuestro territorio y sus pobladores nos llevan a pensar que solo hay espacio para más guerra.
Víctor Chaves. #ReporteroNomada. Periodista independiente.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

El futuro de Colombia y de los colombianos es tan incierto como su presente. No se necesita sino un pequeño vistazo más allá del centralismo y de la “versión oficial” para darnos cuenta de que el fondo se ve cada vez más cercano y no porque no sea profundo, sino porque aún después de muchas décadas no hemos acabado de caer, aún.

Lo que hoy se ve, es el país que la derecha corrupta siempre soñó e inclusive hasta planeó: totalmente permeable a nivel institucional, sin justicia ni leyes sólidas. Sin moral, sin un pueblo que se sacuda y se movilice; con unos medios de comunicación al servicio de un sistema que ya demostró ilimitada capacidad para el hurto, la mentira  y  con demasiada fraternidad hacia las mafias que manejan el narcotráfico y otras actividades al margen de la ley que dejan multimillonarias ganancias.

Nuestro mandatario, que es el que puso Álvaro Uribe Vélez, capo de la delincuencia organizada en Colombia, como se ha demostrado decenas de veces, cumple su rol nominal al pie de la letra y a la perfección. Es un monigote que obedece órdenes y en ese sentido su connivencia con la inmoralidad y la delincuencia organizada, es parte de su programa de gobierno, por llamarlo de alguna forma.

Es un gobierno montado para el crimen; sin reparo alguno se tomó las instituciones para montar a sus figurines especializados en actuar al margen de la ley y hacer de las suyas, prácticamente sin límite alguno. Tiene de su lado a la Fiscalía, la Contraloría la Procuraduría y cuenta con la anuencia o los ojos cerrados de países como Estados Unidos y algunos vecinos, que permiten que todo esto suceda, como contraprestación a la amenaza “latente” del comunismo en nuestro continente. Algo inexistente a lo que todavía muchos quieren seguir aferrados, con argumentos igual de ridículos, como expropiaciones masivas, decomiso de posesiones y propiedades, etc.

Tal vez lo nuevo de esta administración estatal en Colombia, tiene que ver precisamente con el abierto descaro con el que han asumido su rol depredador de las instituciones. Sabiéndose libre de controles y fiscalizadores, cada funcionario colocado por Duque sabe que forma parte de una cadena irrompible que debe garantizar que lo que se toma tenga la distribución que quieren quienes tienen en realidad el poder, y se preocupan por lucirse en sus tareas, para quedar bien con los jefes (capos) y ser tenidos en cuenta para futuras tareas.

Y por supuesto a  nuestros gobernantes la paz le sabe a pérdidas económicas, nada más. Obvio, si viven, y  muy bien, de la guerra y las ganancias alcanzan para tranquilizar a los generales y a los demás miembros de  nuestra oficialidad, que siempre ven sus cargos como el desarrollo de una tarea que debe ser ejecutada con riesgos, lo que amerita compensaciones que van más allá, mucho más allá de un pago salarial y de muchos empresarios y “gente de bien”, que ha amasado fortunas a punta de guerra.

La crisis de la pequeña y mediana empresa, lo mismo que del agro y de otras formas populares de producción no se debe a la pandemia del Covid – 19. Por el contrario, venía profundizándose desde hace tiempo, en la medida en que los gobiernos neoliberales de Uribe, Santos y ahora Duque, implementaban medidas neoliberales, que favorecen al megaempresario, a los importadores de alimentos y a los bancos, principalmente, mientras que los sectores populares ven a diario deteriorar la calidad de sus vidas y aumentar las dificultades para hacer rendir los ingresos.

El Dane no quiere o no puede calcular y mostrar con sus indicadores, la real magnitud de la crisis socioeconómica que vive el país. El centralismo de los estudios y sondeos acaba de quitarle creatividad a las cifras del Estado. Evidentemente el desempleo realmente oscila alrededor del 50 por ciento. En las ciudades intermedias y pequeñas puede ser mucho más grande. La informalidad en la contratación laboral y el rebusque, se deben llevar la mayor tajada de aquellos que reciben algún tipo de remuneración por lo que hacen.

En realidad no hay una política clara de generación de empleo. Se dan pasos de ciego, es decir que se aventura por un lado u otro. Los beneficios por lo general sirven para engordar la billetera de los grandes empresarios, nunca a los empleados ni a los pequeños productores o comerciantes.

Pero mucho más allá, más arriba de la montaña, adentro en el monte o al pie del mar y de los ríos se viven las más dramáticas expresiones de miseria. Ese miseria que hace acostar a los niños con hambre, que sus padres no conocen  de médicos ni de medicinas, muchas veces ni siquiera a la luz eléctrica.

Esa miseria que obliga a la gente a formar parte de uno u otro bando armado, la mayoría de los cuales solo está interesada en la rentabilidad que deja el cultivo de matas de coca y la producción de cocaína. Esa miseria que permite que los hijos se vayan a trabajar en el delito o en la prostitución, porque sencillamente ni hay una opción digna para ellos.

Esa miseria es el producto de la desidia, la ineptitud, la corrupción, la incapacidad y el desinterés de este y los anteriores gobernantes, que solo saben de negocios para favorecer a sus familias y a sus amigos, incluyendo por supuesto a aquellas personas y clanes que han hecho su fortuna de ilícitos como el narcotráfico y el contrabando.

Esto también es algo que se ha dicho en reiteradas oportunidades, es decir que ya no es un secreto para nadie. Entonces la pregunta vuelve a surgir: ¿Por qué razones el pueblo colombiano no reacciona ante tanta injusticia y tan delincuencia apostada en todos los organismos de poder?

Tal vez es que los colombianos de hoy somos  un producto del exceso de consumismo, que nos encanta comprar así no tengamos con qué. Que nos gusta el dinero fácil y por lo tanto somos fácilmente corruptibles y muy propensos  a formar parte de cualquier torcido.

Nos falta educación social y política y nos infundieron la protección de  nuestros bienes personales, inclusive a costa de la vida misma, como la razón de ser de todas nuestras existencias. Eso nos volvió temerosos, mustios y llenos de fobias, entre otras características.

Y como si fuera poco, hemos carecido de verdaderos líderes  y promotores de la construcción social y de la verdadera paz. Por décadas y décadas hemos estado en manos de corruptos e ineptos y tras el florecimiento del narcotráfico, nos arropamos con la cocaína y el producido de esto ha alcanzado para acabar con cualquier intención sana o transparente. Si no se la compra, se la asesina. Así de sencillo.

Con este panorama es muy complejo pensar en que se puede alcanzar la paz por la vía del diálogo. No se pueden sentar a hablar de paz actores tan poco sinceros y tan comprometidos con la guerra, como son nuestros gobernantes y administradores.

Es muy complejo este panorama y muy duro tener  que reconocer las verdades cuando salen son tan evidentes y atemorizadoras. Pero como están planteadas las cosas, falta mucho aún y todo indica que los capítulos más dolorosos de nuestra larga guerra están aún por venir.

Los enemigos de la paz siempre pregonaron la guerra como opción de vida en nuestro país. Pues bien, parece que su deseo se cumplirá.


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