La guerra fragmentada, la paz soñada y la ¿inevitable revolución?

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Varios de los actores armados en el conflicto dicen tenerla clara: Unos quieren la revolución total, otros advierten que lucharán por un nuevo acuerdo de paz. La fría mirada de nuestros dirigentes indica que al Estado todo esto le vale un soberano huevo.

Varios de los actores armados en el conflicto dicen tenerla clara: Unos quieren la revolución total, otros advierten que lucharán por un nuevo acuerdo de paz. La fría mirada de nuestros dirigentes indica que al Estado todo esto le vale un soberano huevo.
Víctor Chaves. #ReporteroNomada. Periodista independiente.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

Para nadie ya es un secreto que el Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las Farc – ep terminó en un fracaso absoluto, imposible de rescatar. La responsabilidad recae en los gobernantes enemigos de este proceso y también en el manejo que los dirigentes del partido de Farc le dieron a la situación de los excombatientes, muchos de los cuales fueron empujados de nuevo hacia la guerra.

Para el grueso de víctimas directas de la guerra interna colombiana la paz con las Farc  no fue sino el final de una etapa y el comienzo de un periodo posiblemente más duro y complejo, con un escenario plagado de actores, la mayoría de estas organizaciones sin un rostro claro que las identifique y menos con ideologías o posiciones políticas.

Radiografía inicial de la guerra en este momento

Entre los grupos que se podrían llamar “tradicionales”, el Ejército de Liberación Nacional, ELN, persiste en sus intenciones de dominio territorial y político en donde ejerce el control, pero sus comandantes regionales no hablan con claridad acerca del inmediato futuro:¿Seguirá en la guerra o buscarán definitivamente reanudar las conversaciones que están suspendidas desde hace ya un par de años? 

En el sur occidente del país, el ELN es protagonista en estos momentos y participa en la disputa territorial por el Pacífico y el pie de monte en Nariño y Cauca.

El grupo que encabeza Iván Márquez, junto a Jesús Santrich, El Paisa, Romaña y otros, está enfrascado en una guerra sin cuartel en regiones específicas como Nariño, Antioquia, Cauca y Catatumbo, por alcanzar un grado de control similar al que tenían las antiguas Farc,  para lo cual se están enfrentando, entre otros a antiguos compañeros de armas, a los elenos y también a las autodefensas conocidas como AGC, en una situación que ha terminado de complicar la situación de vida para muchos pobladores de los territorios en conflicto dentro del país.

Está claro que los marquetalianos buscarán una posición de dominio y control militar  que les permita promover una  nueva puja para  sentarse, otra vez, a dialogar con el Estado, intentando, según su perspectiva, corregir los errores que se cometieron durante las conversaciones con la delegación encabezada por Humberto de la Calle Lombana, a nombre del gobierno de Juan Manuel Santos, para alcanzar un verdadero pacto que reconcilie al país y le permita emprender la reconstrucción y búsqueda de bienestar para las víctimas históricas de esta guerra.

El grupo de Gentil Duarte

Una guerra que, según los seguidores y ahora hombres y mujeres armados que están con Gentil Duarte e Iván Mordisco, la primera disidencia anunciada de las Farc originales, no se podrá detener hasta que hayan sido derrotados, juzgados y condenados los tiranos, corruptos y mafiosos que han gobernado a Colombia desde hace mucho tiempo y qué, según ellos, se perpetúan porque el pueblo no cuenta con la orientación, el liderazgo y una verdadera propuesta política para cambiar el esquema vigente. Una guerra civil en Colombia, es para esta organización, un factor ineludible y hasta necesario para comenzar a pensar en cambios reales y sustanciales para los colombianos que siempre han padecido las consecuencias de los malos gobernantes.

El resto

Se suman al panorama actual del conflicto armado colombiano, las bandolas, grupos residuales  o nuevas organizaciones, que carecen de un sustento político para sus acciones y que por ahora parecen solo interesados en el control territorial en donde se produce hoja de coca, cocaína y también se extrae oro de manera artesanal.

La Oliver Sinisterra, los de Sábalo, los Contadores y otras bandas aportan violencia y sangre a la vida en los territorios de conflicto, pero no cuentan con un soporte ideológico para justificar sus acciones y todo indica que así como han surgido también desaparecerán en medio de las balas y los choques irregulares. Otros grupos serán absorbidos por grupos mayores.

¿Y el Estado?

Lamentablemente para las víctimas de la guerra en Colombia, el Estado, a través del gobierno de Iván Duque se ha encargado de polarizar, aún más a los ciudadanos alrededor de la paz, al punto de convertir a la oposición a la reconciliación definitiva en una posición que es respaldada por empresarios y comerciantes que aún piensan que el comunismo se puede tomar el poder.

Es un gobierno que, como todos los anteriores, habla de paz, pero que complica todo mucho más con sus acciones y posturas evidentemente guerreristas, que respalda a los enemigos de la paz y que no tiene la menor intención, por lo menos por ahora, de sentarse a dialogar con alguien para apaciguar los ánimos y las cosas. La condición ética de nuestra actual dirigencia, es, a mi parecer otro gran obstáculo para la paz.

Las víctimas de la guerra saben a ciencia cierta que el Ejército y la Policía son solo dos actores armados más que se suman al anárquico conflicto de Colombia. El triste papel de estas instituciones es el de salvaguardar un mando operativo y otro político, cuyos comportamientos no son para nada transparentes, como todos en este país lo saben. Tras esta definición, todo es factible de suceder.

La realidad y los hechos nos muestran que la guerra por ahora no va a terminar en nuestro país. Seguirá transformándose, eso sí, pero quién sabe que si eso la tornará mucho más dramática y sangrienta que en la actualidad. Ojalá que no, pero será difícil cambiar esta suerte.

Es un país devastado por la corrupción y la anuencia de los gobernantes con las mafias más temibles del país y del mundo en general. Todos lo saben, pero muchos prefieren fingir que la realidad es otra, que Colombia es un paraíso.

Pero la verdad es que en una gran parte de nuestras zonas rurales, el plomo, las minas, los atentados y los ajusticiamientos son el pan de cada día. El horror no se ha ido y por el contrario los días por venir parecen más grises.

¿Hasta cuándo?


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