Fantasía en 6/8

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Por: José Arteaga (Twitter: @jdjarteaga)

Conocí a José Revelo Burbano a comienzos de 1995 en las oficinas de la revista Deporte Gráfico en la calle 67 con Quinta en Bogotá. Revelo no iba por cuestiones deportivas, claro está. Iba porque acababa de sacar un disco (eran los tiempos del boom del CD) y yo aún escribía la columna Disquería en El Espectador. Lo acompañaba Jaime Uribe, su partner en aquel trabajo que llevaba por título Recital.

De una numerosa familia Revelo de Ipiales, José era un gran guitarrista formado en Medellín al igual que su hermano Hugo. Jaime Uribe Espítia también venía de una larga tradición de artistas en su familia, Su padre Gabriel era muy reconocido y Jaime, clarinetista él, había hecho parte de Los Hispanos, Los Graduados, el Combo de las Estrellas, y había dado un salto hacia lo andino con la dirección del Grupo Seresta, en el que también tocaba José.

La música andina era entonces para mi Garzón y Collazos cantando Pueblito Viejo, que emocionaba en los paseos dominicales sabaneros, pero que sonaba a eso: a restaurante campestre con coro a viva voz, aguardiente y cigarrillo. Sonaba a algo muy puntual y antiguo; romántico, folclórico y simpático, pero antiguo. Esto era otra cosa.

Uribe y Revelo le habían dado la vuelta a la olla, la habían limpiado y habían cocinado en ella la cocina de siempre con sazones nuevas. Sus bambucos tenían ecos de soundtracks, tendencias hacia lo sinfónico y constantes acercamientos al jazz. Pero no se trataba de algo experimental, sino de un concepto claro y con un enfoque nítido. Tenía un sonido equilibrado y sin fisuras, como si las piezas de un puzzle encajaran al primer intento. Y no necesitaban más para ello que clarinete y guitarra.

Recital incluía el repertorio con el que Uribe y Revelo habían triunfado en el Festival Mono Núñez en Ginebra, Valle, y así lo había puesto Codiscos en la carátula. Jaime Uribe contaba que había ido al festival a participar como solista de clarinete, pero acompañado en la guitarra por su amigo Revelo. Barrieron. Ganaron el premio principal, el premio al mejor solista instrumental, el premio al mejor acompañante en guitarra y el premio a la mejor obra inédita. Se titulaba Fantasía en 6/8, la obra suprema de José Revelo.

¿Porqué ese nombre tan curioso?, le pregunté. El 6/8 me suena más a guaguancó. «Es una métrica habitual en el Caribe», contestó. «Pero aquí también. Este es un bambuco y tiene síncopa en la melodía, en su acompañamiento y con un bajo que suena a contratiempo. Por eso su métrica puede ser en 6/8. Y aunque estamos acostumbrados a los bambucos en 3/4, creemos que en 6/8 su lectura y ejecución es más fácil. Además, su tempo puede ser de moderato a allegro, y así se logra ser muy dinámico».

Yo no entendía de lenguaje musical. Me gustaba la música, pero estaba lejos de comprender aquello. Tenía que escucharlo. Y al hacerlo descubrí lo evidente: era una descarga completa de emoción en cada uno de los acentos. La guitarra parecía describir un paisaje y el clarinete bailaba sobre él. Había melancolía y alegría al mismo tiempo. Estos músicos eran para quitarse el sombrero.

¿De dónde ha salido esto?, volví a preguntar. Uribe le dio el crédito a Revelo, y este a su vez le dio el crédito al maestro León Cardona. «Cuando fuimos al Mono Núñez, dijo Uribe, íbamos con cuatro temas, pero como se necesitaban diez, acudimos al maestro León Cardona, quien nos hizo arreglos para guitarra y clarinete, y nos dio algunos temas de su autoría como Bambuquísimo».

Natural de Yolombó, Cardona era no sólo el maestro de Revelo, sino su ídolo. Su trabajo con el bambuco y el pasillo era realmente innovador, porque había una enorme variedad rítmica y un acercamiento constante a otros sonidos. La música andina colombiana se había quedado encerrada en sus conceptos tradicionales durante más de medio siglo, y eran los experimentos de Cardona y de su alumno Revelo los que estaban mostrando el camino de una nueva interpretación.

Nunca supe si Recital tuvo éxito como disco, pero desde luego lo tenía complicado para sobrevivir entre tanta oferta tropical y romántica en los almacenes de turno. Sin embargo, caló y nada fue igual a partir de entonces. El propio festival, que había nacido con la inquietud de remover la escena andina, vio en este trabajo una punta de lanza para despertar el entusiasmo de los estudiantes de música y los defensores del folk. A la vuelta de diez años todas las canciones eran clásicos de los grupos de cuerdas y los ensambles de vientos.

No volví a ver a José Revelo. La vida me llevó por otros caminos. Grabó varias cosas con Seresta, hizo obras conceptuales como Música Tradicional de Colombia, dejó una larga lista de bambucos y pasillos con aquella síncopa maravillosa como Mestizajes, y marcó el camino de una generación de músicos colombianos con sus clases y sus enseñanzas como Victoria Sur. Supe que había pasado una temporada en Las Lajas lejos de todo. Lo imaginaba en plan tibetano descifrando métricas.

Fantasía en 6/8 cambió la historia de la música del interior colombiano. Fue algo así como Giant Steps de John Coltrane para el jazz o Like a Rolling Stone de Bob Dylan para el rock. Su influencia va más allá del centenar de versiones que hay en diferentes formatos orquestales; hace parte de la teoría musical fundamental de las academias. Es el modus operandi de la música andina hoy en día.

Y eso lo logró un músico nariñense. ¿Es para enorgullecerse, verdad?


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