Homenaje a las madres muertas (En fecha más mejicana, pero en contexto sampableño)

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Yo soy aquella mujer

a quien el tiempo mucho enseñó.

Enseñó a amar la vida

y a no desistir de la lucha,

recomenzar en la derrota,

renunciar a palabras

y pensamientos negativos.

Creer en los valores humanos

y a ser optimista.

 (Cora Coralina)

Aquella misma noche de 30 de octubre de 2020 en que los dos hechos inesperados habían acontecido y eran ya de conocimiento y tristeza general para nuestra comunidad, la sampableña, una de mis hermanas me sugería que debería escribir algo sobre el tipo de personas que se nos están yendo para descansar en la paz de Dios.

Homenaje a las madres muertas.
Crónica muy sentida de Mauricio Bravo Cerón.

Por: Mauricio Bravo Cerón

Confieso que, en su momento, me llamó mucho la atención la idea así planteada, pero no supe como comenzar a materializarla, y no lo supe hasta hoy primero de noviembre con el accidental encuentro de un breve, pero bonito poema.

La autora del poema, según aparece en la publicación, es alguien llamada Cora Coralina, un nombre que, a primera impresión, me sonó a tener un origen español, argentino o mejicano (cosa rara, no le atiné a ninguno) o incluso el de una persona irreal; ante la duda, hice lo que hago desde que tengo acceso a Internet: Googlear. Gracias por existir, San Google (1). Efectivamente Cora Coralina existió entre 1889 y 1985. Fue una poeta brasileña con un nombre real algo enrevesado, como buen nombre portugués, para quienes hablamos español, que, igual, no viene al caso mencionar.

Quedémonos pues con su nombre de poetisa.

Al llegar al punto final, no pude evitar pensar en el optimismo innato y el amor por la vida y por quienes le rodeamos de mi madre, Abigail Cerón, por fortuna aún viva, y en otras cualidades propias de ella y de la gran mayoría de las mujeres de su época, criadas en un contexto, en un conjunto de circunstancias diametralmente distintos a los de la actualidad. Como las dos grandes señoras que acaban de irse a descansar en paz: doña Gema Beatriz Lasso, con quien tuve el grato privilegio de conversar un poco sobre su vida hace dos años; y doña Graciela Rodríguez, gran amiga, desde la infancia, y comadre, de mi madre.

De doña Gema diré que tras entrevistarla me quedé con la conclusión de que fue una buena alcaldesa para San Pablo, pues a pesar de tener todo en contra por ser mujer en una sociedad machista, como no podía ser la excepción que lo fuera una sampableña incrustada dentro de un contexto colombiano que muchos años, muchas décadas, muchas administraciones después lo sigue siendo. Que trató con todos y cada uno de sus actos de impartir justicia cuando sintió desde su corazón que así debería hacerlo y a pesar de a veces verse amenazada por los afectados con sus decisiones.

Tan despectivos fueron con ella los paisanos de la época, tan en desacuerdo se mostraron en medio de su machismo, con la decisión del gobernador de turno de nombrarla para tan importante cargo, que algunos se preguntaban ¿Por qué ella, por qué una mujer? Otros se decían “Debería ser yo quien esté en su lugar”. Y lo más atrevidos la llamaban “alcalda”, en lugar de alcaldesa, a modo de insulto. Y ahora que lo pienso mejor eso explicaría por qué otra mujer de la comunidad sampableña no se ha animado a seguir sus pasos. Ni antes ni ahora.

De doña Graciela Rodríguez Castillo diré que la llegué a conocer más en lo personal que en la parte laboral, como uno de los grandes apoyos en los que se ha cimentado mi familia a lo largo y ancho de su historia, y sobre todo mi madre: no son gratuitas las lágrimas que la sentí derramar hoy al verla, desde el balcón de la casa, pasar con su cortejo fúnebre hacia la que se convertirá en su última morada y no poder acompañarla y acompañar a su familia en estos momentos de gran dolor. Y luego tratar de explicar con una voz lenta, suave, y entrecortada por un nudo en la garganta cómo fue esa amistad que incluso iban juntas a la quebrada a lavar ropa y, léase bien, nunca ni mi mamá le hizo mal a ella, ni ella a mi mamá. Siempre fueron leales la una con la otra.

De ahí se origina gran parte de ese profundo dolor que le embarga por estos días.

Pero, para solventar este vacío laboral, me he puesto a revisar entre los mensajes de condolencias y todo lo que encontré de parte de quienes le conocieron ya en ese contexto fue una infinita gratitud por su don de servicio en la Institución Educativa Normal Superior Sagrado Corazón de Jesús, de donde fuera por muchos años una trabajadora administrativa incansable. “Quien pasó por nuestra vida, y dejó luz, ha de resplandecer en nuestra alma para toda la eternidad”, dice, entre otras cosas, un mensaje de despedida de esta reconocida institución educativa, representativa de lo que significa ser sampableño.

En esta breve, pero contundente y diciente lista de cualidades que menciona el poema además caben otros nombres como el de doña Leonor Narváez, a quien también tuve la gran oportunidad de escuchar en entrevista con motivo de sus cumpleaños número cien, muerta hace unos años, recordada por su trabajo en el Hospital San Carlos; doña Zoila Lasso, de quien he de decir por experiencia propia que, a pesar de los desencuentros o desacuerdos con la gente, a todo aquel que iba a su casa siempre lo supo acoger y brindarle el siempre apreciado café con pan, además de su atenta escucha y, de serle posible, la búsqueda de soluciones a problemas cotidianos.

Me hubiera gustado entrevistarla, pero no me fue posible.

Madres y abuelas como doña Emma Cerón de Lasso, doña Aura Isabel Muñoz de Lasso o doña Mila Realpe de Rivas, (madre del joven sacerdote Mario Eduardo Rivas Realpe), doña Berta Rodríguez, doña Betty Cerón de Cerón, doña Rosa Bárcenas de Muñoz, por sólo mencionar algunas pocas de las ya fallecidas; u otras activas aún para el mundo laboral o retiradas ya de la labor social, también caben en la breve descripción del poema brasileño. Señoras cuyo esfuerzo tan continuo como esmerado y silencioso, a veces desde sus hogares a veces desde sus trabajos, pero en muchos casos desde ambos escenarios, ha contribuido a que el municipio de San Pablo Nariño sea lo que es y su nombre sea reconocido y llegue hasta donde ha llegado en la actualidad.

La generación que se nos está yendo son señoras generosas, abnegadas, fieles como nadie al sagrado vínculo del matrimonio, por más que a veces sus esposos fueran los infieles; amantes de sentarse toda una tarde, o en todo caso largo tiempo, a tertuliar con sus amistades, ya que para entonces no existía esa vaina denominada tecnología; y llenas de algunos valores que generación, tras generación, parecen haberse ido perdiendo poco a poco y que no digo que ya no existan, pero sí que muy escasos se observarían si parecemos un rato de escribir o de leer y saliéramos a echar un vistazo por entre las generaciones de data más reciente.

Pero, como nada ni nadie hay de perfecto en esta vida, sus defectos debían de tener, y aquí les hablaré de uno muy puntual: son señoras que mostraban y aún muestran un cierto lado machista al querer, (sin tener en cuenta, o quizás sin saberlo si quiera, que los tiempos cambian), que sus hijas, y luego por ahí derecho sus nietas, salieran igualitas a ellas: con mucho aguante, en toda la extensión de la palabra, a los embates “que nos presenta la vida paso a paso”, como diría Alberto Cortez en su canción a mis amigos.

A todas ellas, muchas gracias por su gran aporte.

Y a las ya fallecidas, además, un hasta siempre y un descansen en paz.

  1. Bendito seas, San Google, que de tantas me has salvado, aunque a veces, como ahora, no me entiendas, que te pregunto por la conmemoración del día de las madres muertas alrededor del mundo y me sales con estadísticas de las muertes que se presentan cada nuevo año en un solo día, el de la madre.

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