Nutrición y equilibrio

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Por: José Arteaga (Twitter: @jdjarteaga)

Uno de los temas vitales que ha reabierto esta época de pandemia, confinamiento y sanidad, es el de la nutrición. Según un estudio de la FAO, dos de cada tres niños en el mundo no comen bien.

Jamie Oliver, el mediático chef británico, conocido entre otras cosas por su campaña contra la deficiente alimentación de los centros escolares en Estados Unidos, dice que la base de la nutrición es el equilibro, pues «si sabes equilibrar tu plato correctamente y mantener las porciones bajo control, puedes estar seguro que eso será, para ti y para tu familia, un punto de partida excelente en el camino hacia la buena salud».

¿Y cuales son esas porciones? Las que se derivan del manejo de los cinco grupos de alimentos básicos: uno, frutas y verduras; dos, carbohidratos; tres, proteínas; cuatro, productos lácteos; y cinco, grasas no saturadas o aceites. Pero hay dos problemas.

El primero es el acceso a ese equilibro nutricional. Tras la pandemia hay más hambre en el mundo y el número de mal nutridos ha aumentado en 10 millones de personas. Países asiáticos y, sobre todo, africanos, están en alerta roja, pero las cifras en América Latina también son alarmantes. La crisis del coronavirus ha destrozado las precarias economías informales y la mayoría de familias en estado de pobreza comen lo que pueden.

Una solución implantada en Europa es el banco de alimentos, que destina periódicamente mercados a familias sin recursos. Sin embargo, ofrecer alimentación gratuita tampoco es sinónimo de nutrición. Y otro lado, por supuesto, están las campañas enfocadas hacia los supermercados para no botar comida. En Colombia se tiran a la basura 9,76 millones de toneladas de alimentos al año. Un crimen.

Y el segundo problema es nuestro propio conocimiento del tema. Máximo Torero, economista de la FAO, cree que el coste de los alimentos nutritivos debe reducirse y en un artículo en el diario El País recomienda una inversión más sensible a la nutrición: «la mayoría de subsidios agrícolas van a los cereales: maíz soja… Cuando deberían ir a productos de alto valor para diversificar la dieta». Y allí entran las políticas de cada país.

Una dieta saludable (o lo que es lo mismo, el equilibro nutricional), depende de donde nos encontremos. El ejemplo es claro: «Hay países como Uganda que requieren consumir más carne para alcanzar el nivel de proteínas necesario, y hay otros como Estados Unidos, que requieren lo contrario: consumir menos carne».

En esta misma columna contaba hace 3 años el caso de Eli David, un turista israelí, que tras 6 meses de recorrer Colombia, escribió una carta que se difundió en redes sociales. David decía: «En Colombia me engordé, pero no me malinterpreten. La comida colombiana es deliciosa y extraño mis arepas y buñuelos, pero es difícil encontrar una buena ensalada o comida que no tenga fritos. Sólo puedo recomendar cambiar el menú para protegerse a ustedes mismos y a sus familias».

Pero, ¿somos capaces de hacerlo? Los adultos que nos hemos educado en la cultura del acpm (arroz, carne, papa y maduro) ¿damos a nuestros hijos el ejemplo suficiente para tener una alimentación equilibrada? Un artículo reciente de la revista Nutrients dice que no. Y se nota cuando vemos en el supermercado a padres que les compran gaseosa a sus hijos de 3 años en lugar de educarlos en la cultura del agua. Según Nutrients, la alimentación desequilibrada, la oferta de productos malsanos y el escaso conocimiento del tema por parte de los padres conforman un cóctel explosivo.

Así que por ahí deberían ir los tiros, en tanto se fija una política de estandarización de precios para los productos. Otra cosa es la nutrición escolar, tema álgido en cualquier lugar del planeta, y otra la nutrición hospitalaria, hoy fuente de nuevas legislaciones en la Unión Europea. Pero esto ya es otro cantar.


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