Tras la huella indeleble y silenciosa de la Revista Huellas

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Parte 1: La revista en sí

Hace tres décadas ya, en el mes de abril del año 1990, veía la luz en el entonces Colegio Nacional Antonio Nariño (hoy Institución Educativa) y para todo el municipio de San Pablo Nariño un medio escrito que de manera silenciosa se ha ido metiendo en el corazón de los sampableños: la Revista Huellas.

Por: Mauricio Bravo Cerón

Hace tres décadas ya, en el mes de abril del año 1990, veía la luz en el entonces Colegio Nacional Antonio Nariño (hoy Institución Educativa) y para todo el municipio de San Pablo Nariño un medio escrito que de manera silenciosa se ha ido metiendo en el corazón de los sampableños: la Revista Huellas. En la portada de esta primera edición, tan frágil hoy entre mis manos que parece que uno se podría quedar con un pedazo de hoja mientras recorre sus páginas, yacen el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha al lado de su fiel, más que escudero amigo, Sancho Panza y un anuncio que reza “Cervantes sigue recorriendo caminos”.

Gran mensaje para esta bella revista que, treinta años después, sigue recorriendo caminos.

Con algo de nostalgia en la voz y hasta en los dedos mientras recorren lentamente este teclado y van creándole un prosaico homenaje, a la revista y al profesor que despertaron en mí el espíritu creador de textos, confieso que durante los seis años de mi estadía en aquel recordado Colnan, de 1993 a 1999, fue cada vez más triste recorrer las páginas de cada nueva revista y no encontrar mi nombre al pie de esos textos poéticos o narrativos que en ella iban apareciendo. Sin embargo esos textos que a veces sin saberlo iba postulando para estar en aquellas páginas, que por ahí conservo unos pocos, fueron mis inicios en esta rara lucha diaria contra la hoja en blanco.

De esa, la primera de las ediciones que van hasta el momento, una cada año, cabe destacar que su creador, el Magíster Gerardo García Zúñiga, señalaba que “los alumnos del Colegio están produciendo vida a través de la palabra”. Y en esas seguimos, maestro. Desde el “Alma Patria”, de Diego Alejandro Ordoñez (QEPD); “El enigma del Futuro”, de Erminsul David; el “¿Qué hacer por nuestra naturaleza?”, de Sandra Patricia Gómez o el “¿Cuándo termina la guerra?, de Jorge Estupiñán Ordoñez”, de aquellos ya lejanos inicios. Hasta “La laguna de los secretos”, de Narly Paladines; “Las matemáticas son un cuento”, de Yonier Rosero; o el “El viaje de Faustina por el sistema circulatorio”, de Adriana Noguera, Lisbeth Mutis y Danna Noguera, estos últimos de la edición número 29, que vino a imprimirse en el mes de noviembre 2018.

Supongo que ha de haber una Huellas número 30, del 2019, pero no ha caído en mis manos.

Pero no sólo los estudiantes han pasado por sus páginas, estas han sido espacio también para que los profesores puedan compartir algo de sus conocimientos: por ejemplo el profesor Arbey Madroñero, advirtiendo a la comunidad sampableña, desde la primera edición, que “Después del Sida, el Dengue”; el profesor Martín Coral contando desde su perspectiva y desde la edición número 7 “¿Qué es la física?” o la profesora Lidia Ordoñez escribiendo una breve carta, desde la edición número 15, “A mi preocupación”.

No sólo profesores dentro del Colegio, también desde afuera, como la colaboración que hace la profesora de la Escuela Anexa María Rubiela Samboní, en la edición número 12, con “Una reflexión para maestros” “No debemos quedarnos en el hacer sino en llegar a ser. El que comprende es el que hace y es”, señala la docente. “No importa cuántos cursos, talleres o seminarios realicemos, si dentro de nosotros no existe el deseo vehemente que nos impulse y motive a abrir espacios de cambio”.

Y también la encargada de la Biblioteca Pública Municipal Monseñor José Antonio Bolaños, Luisa Marcela Rosero, aparece entre sus páginas, en este caso puntual en la edición número 20, quizás la mejor lograda material y visualmente hablando, por ser la de los 50 años del Colegio, con un texto de carácter histórico sobre el parque Simón Bolívar, en el que, entre otras cosas, cuenta “como católicos fervientes tenía fuerza la idea de que no podía estar ubicada la Plaza de Mercado frente a la Iglesia; se consideraba un irrespeto. En 1947 llegó a ocupar la Alcaldía Municipal el señor José Dolores Díaz, este se impuso la tarea de trasladar la plaza para que esta sirviera de parque, se escogió para ese fin el lugar conocido como El Molino, ubicado al norte de la población, lindando con la quebrada de Bateros. Esta decisión produjo tremendo conflicto ciudadano…”.  

Para la séptima edición, la que salió en febrero de 1996, ya la portada estaba hecha en un material distinto a las hojas del resto de la revista. Y el profesor García Zúñiga veía a la juventud desde su editorial como “una importante fuerza que puede transformar las estructuras sociales y puede contribuir también a la transformación moral”. Afirmaba con tono enfático pocas líneas después que “el problema es que, en la actualidad, nadie quiere confiar en los jóvenes. Se los señala, se los reprime, se los aísla”.

Esta edición además rendía homenaje a dos sampableños que cada uno en su momento hicieron historia: en primer lugar, don Azael Bolaños Muñoz, quien es recordado por el hecho de que sin tener un título profesional que lo acreditara contribuyó al tráfico vial con el trazado de la vía Higuerones-San Pablo y San Pablo-Cabuyales; en segundo lugar al señor Medardo Muñoz Lara, quien fuera rector del Colegio y diputado y representante a la cámara.

Las ediciones números 9 y 11 de la revista, que veían la luz respectivamente en el mes de febrero de los años 1998 y 2000, venían con interesante afirmaciones desde sus editoriales. El de la primera, titulado “Tener o ser” nos decía: “La vida se encuentra en las cosas sencillas de la vida: en el amor, en el afecto, la fraternidad, la armonía, en la naturaleza”.

El de la segunda, titulado “Venciendo el tiempo”, nos decía: “La escritura, al fin y al cabo, es el mismo hombre transformado en grafía o en trazos cautivantes que develan su interioridad. Si la palabra oral es mágica, más extraordinaria resulta la palabra escrita, porque es capaz de vencer el tiempo y el espacio, de volverse memoria y superar la muerte”.

Otro de los elementos que cabe destacar dentro de la revista número 11 es ver a la juventud del colegio opinando sobre temas de actualidad con una serie de argumentos que dan fe de la buena educación que han recibido, reciben y ojalá sigan  recibiendo por muchos años más los estudiantes sampableños y de otras latitudes entre esas cuatro paredes. Opiniones que emanaban, por ejemplo, desde las juveniles mentes de los estudiantes de grado once sobre la movilización campesina que por aquella época se había gestado en el suroccidente colombiano.

Sobre el tema la estudiante Jenny Pabón señala: “Es muy reconfortante saber que por fin los campesinos se cansaron de ser tan ignorados por el gobierno y se pusieron manos a la obra, dándonos un gran ejemplo”. Del mismo modo una de sus compañeras, Melfi Leiby Urbano, opina: “Al principio todo parecía un juego; se lo tomaba como algo muy lejano, muy aparte de nuestro mundo, Y cuando ya nos llegó y nos tocó fue cuando reflexionamos y empezamos a sentir”. Por su parte, Dalis Jimena Muñoz, en el mismo sentido, nos dice: “La gente que se movilizó en el paro es digna de admiración y respeto, porque fue capaz de enfrentarse contra la injusticia de este país”.

Y así hay opiniones por el estilo de quienes entonces se perfilaban como los futuros universitarios. Ese, a grandes rasgos, era el mensaje que, tanto el estudiantado como el profesorado, le estaban enviando a la comunidad sampableña, en su mayoría de extracción campesina, desde el Colegio y desde las páginas de la revista: “Sigan adelante. Van por buen camino. Estamos con ustedes”.

Pasar a mis manos la edición número 12, que aparece fechada en el mes de febrero de 2001, fue en mí un mar de recuerdos y sentimientos encontrados: por un lado aparece en la portada un rostro que me es muy familiar no sólo como uno de los tres profesores que me enseñó la materia de inglés, además como un amigo de mi familia; y, sin saberlo, sin él proponérselo, como uno de los que me enseñó a jugar billar, especialmente a tres bandas. Uno de mis planes preferidos de adolescente era sentarme en el billar de don José Morales, a pocos pasos de mi casa, largo tiempo a observar como ejecutaban él y sus rivales de turno enrevesadas jugadas.

Murió el 14 de noviembre del año 2000. Recuerdo que la noche anterior fue larga y tortuosa para mí, no podía dormir, daba vueltas en la cama y me levanté varias veces al baño. Ya en la mañana de ese día cuando, del puro cansancio, finalmente me había quedado dormido, entra mi mamá a mi habitación, me despierta y “a quema ropa”, sin anestesia previa, me suelta: “Se murió Jorge Vásquez”. Sólo entonces entendí esa rara incomodidad durante la noche; y, a pesar de entenderla, me quedé ahí frío, tratando de asimilar la noticia.

Han pasado ya casi veinte años desde ese día y no he podido olvidar esa sensación. “De verdad lo echo de menos y para entender su partida lo hago desde el ángulo de la fe; sólo así, con serenidad y ánimo puedo impulsar el espíritu hacia arriba y con confianza recostarme en el regazo de Dios y dejar fluir la nostalgia con la firme de esperanza de aceptar y superar golpes sorpresivos como este viaje sin retorno”. Así se despide de él, de quien en su momento me rebautizara Charlie Brown, si hermana, la también profesora Rosa Julia Vásquez, de quien también aprendí muchas cosas del idioma español.

Por otro lado, en el editorial de esa edición número 12 se lee: “Lo que suceda allá, en segundos lo sabemos acá. Velocidad, vértigo, angustia, cambio, caos, hombre, mujeres y niños en medio de ese círculo de fuego que no le permite encontrar el agujero mágico de la liberación”. Para mí esa época tiene algo de similitud de lo que se describe en este fragmento: mi vida experimentaba cambios. Tras haberme graduado del colegio en 1999 y de dos intentos uno equivocado en el Diseño Industrial y el otro nulo en la carrera de Derecho, empezaba a sumergirme en la ciudad de Armenia y en el mundo de la Comunicación Social-Periodismo de la Universidad del Quindío.

Y sí, gracias a la tecnología empezaba a experimentar la globalidad en todo el sentido de la palabra.

“Desde tempranos años a ser madre jugaba cuidando sus muñecas en su lecho de niña en su regazo impúber cuando calor les daba con sus manitas tiernas, con su aroma de viña”, nos recitaba el profesor Jorge Estupiñán Vallejo en la edición número 14, de febrero de 2003. Para continuar así unos pocos versos más adelante su homenaje a esa bella mujer que un día cualquiera se convierte en madre. “Caminando en el tiempo llegó hasta el mediodía y avanzó contra el hambre hacia su dignidad pero ya no iba sola, ya nunca lo estaría llevaba ya en sus brazos un niño de verdad”.

Un año después, en el mes de febrero del año 2004, llegaría la edición número 15, con algo que ahora puede que se vea todos los días, pero no en esa época: una mujer, Leny Dalila Realpe, que por ese entonces cursaba décimo grado, hablándonos de deportes, de dos deportes en especial: “El fútbol y el baloncesto son los primeros en abrirnos las puertas, en ellos entran la mayoría de habilidades deportivas que hay: la velocidad, la resistencia, el dominio, la flexibilidad, la astucia y la inteligencia”. Por cierto, el texto de donde extraigo este breve fragmento lleva por nombre el de “Papel del deporte en la formación de la juventud”.

La política es otro de los temas infaltables en una comunidad promedio y las páginas de la Revista Huellas no podían ser la excepción. Sucedió en el editorial de la edición número 17, de febrero de 2006: “Es necesario abandonar todo dogmatismo, sectarismo, manipulación y señalamiento para dar paso a la fiesta democrática, a la tolerancia ideológica y a las decisiones autónomas”, aseguraba el profesor Gerardo García refiriéndose a una contienda electoral que se acercaba por aquellos días. “No es concebible que por diferencias políticas los pueblos se dividan, las familias se separen y los vecinos ni siquiera se hablen”.

“El trabajo por una verdadera cultura política se inició hace algunos años. Dejemos que siga su marcha y hagamos de cada jornada electoral un espacio de vida, de convivencia, de alegría y esperanza”, concluía.

Hasta la campana del colegio recibió su merecido homenaje dentro de esa misma edición en un contexto más grande y quizás más importante, Crónica de una protesta estudiantil: “Oh, vieja campana, que por muchos años nos has acompañado señalando el tiempo para entrar, salir o formar. Campana milenaria que ha estado presente en las buenas y en las malas, en lluvia y en sol, de día y de noche, ayer y ahora. Vicente, Luis Cruz, Ventura, Lorenzo, Marco, Fernando, Enita, Claudia o Segundo. ¡Que toque tan singular”.

“¿Será posible, se pregunta el profesor Gerardo García desde esa crónica unas pocas líneas adelante, que algunos estudiantes a quienes-al parecer- ya poco les interesan las clases, se están preocupando ahora por su formación académica y por no perder el tiempo? Esta sí que es una agradable sorpresa, se responde él mismo, un indicio de un cambio de actitud de un grupo de jóvenes que empiezan a valorar el estudio como una puerta hacia el desarrollo personal y colectivo. Que bien por aquellos estudiantes que responsablemente lideraron el movimiento y desafiando las reglas establecidas se atrevieron a lanzar su voz de descontento”, concluye.

Así podría seguir, por hojas, hojas y más hojas, contándoles acerca de lo valioso que puede llegar a ser un medio escrito como la Revista Huellas, que sin querer queriendo, siendo un adolescente me enseñó que a escribir se aprende de dos formas: escribiendo y leyendo; y acerca de los tantos editoriales, ensayos, cuentos, poemas o simples frases que han hecho parte de estas páginas, que han hablado, hablan y ojalá sigan por mucho tiempo más hablando de mi recordado y extrañado Colegio Nacional Antonio Nariño, entre otros muchos temas de interés general. Pero no. El resto lo dejaré a su curiosidad. Y los dejaré a la vez con el consejo de un viejo amigo mío: Ernesto Aicardo Ortiz (hoy médico), sacado de esas mismas páginas: “No se pierdan ningún minuto de la vida en el colegio. Luchen por lo que quieren y amen lo que hacen”.


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