La carta de renuncia

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Un cuento de Mauricio Bravo Cerón... Llovía a cántaros, y de una manera inesperada, aquella mañana de un jueves cualquiera, de un abril cualquiera, de un año cualquiera, en un pueblo cualquiera..

Llovía a cántaros, y de una manera inesperada, aquella mañana de un jueves cualquiera, de un abril cualquiera, de un año cualquiera, en un pueblo cualquiera.

Un cuento de Mauricio Bravo Cerón... Llovía a cántaros, y de una manera inesperada, aquella mañana de un jueves cualquiera, de un abril cualquiera, de un año cualquiera, en un pueblo cualquiera..

Por: Mauricio Bravo Cerón

Sin embargo, más allá de haberse mojado un poco, ahí estaba ella, puntual como todos los jueves, cada quince días, desde hace ya tres largos años. Ahí estaba a sus treinta años recién cumplidos, recién soltera, después de una torturante relación y sin saber, sin imaginarse siquiera, lo que le deparaba aquel día.

-Yo me arre…-quiso empezar a hablar.

-No-la interrumpió él, con una rara expresión de enojo en el rostro-. No digas que te arrepientes de haberme conocido. No digas que te arrepientes del momento y la forma en qué nuestras vidas se cruzaron.

La tuteaba porque a pesar de llevar ahí sólo seis meses ya le tenía cierta confianza.

-No era eso lo que iba a decir…

-En fin, no digas más, ya no es necesario: soy yo quien en esta ocasión va a abrir su corazón-. Hizo carraspear dos, tres veces la garganta, como quien busca en eso la seguridad que necesita para decir lo que tiene que decir, antes de continuar, al fin y al cabo no era un tema fácil de tratar el que traía hace algunos días, con sus largas noches, entre pecho y espalda-.Sospecho que mis palabras te pueden lastimar, pero tengo que decirlas tal cual me vienen a la mente. Sé que sientes mi mirada en tu cuerpo cada vez que pasas frente a mis ojos. Sé también que sientes una a una tus prendas de vestir salir de tu cuerpo, mientras en mi mente lentamente te desnudo.

-¡No siga!-gritó ella algo ofuscada y a punto de llorar al oír esta última palabra.- ¡Por favor, no siga!

-Sé que, una vez esto inicia, y a pesar de ya no verme, continúas sintiendo incluso cómo nos quedamos cada uno en la mente del otro a pesar de ya no vernos. Y cómo te hago el amor mientras te llevo desde mi mente hasta mi corazón y luego te regreso desde mi corazón hasta mi mente, todo en cuestión de segundos.

-¡No siga!-volvió a gritar ella.- ¡Por favor, no siga!

-Ahora bien- continuó él ensimismado y haciendo caso omiso a sus palabras que oía, que inevitablemente oía-, mi pregunta es: Si ambos sentimos lo mismo, si los dos estamos en la misma situación ¿Por qué no hacer a un lado ese tal “qué dirán” y esos comentarios que desde hace unas semanas tanto nos ha limitado? ¿Por qué no dejarnos llevar por lo que sentimos y hacer realidad lo que hasta ahora sólo hemos vivido en sueños?

-¡Porque no, padre, porque no!- gritó ella con una voz convulsionada por lágrimas. Lágrimas que habían brotado de sus ojos mientras él le hablaba casi que al oído.

-Que no ves que…- intentó decirle él. Pero ella, que efectivamente sentía por él lo mismo que él manifestaba sentir por ella, ya no lo escuchaba. Batallando con el peso de esa tristeza mezclada con resquicios de alegría con que le latía el corazón, se había puesto de pie e iba corriendo invadida por esos sentimientos encontrados hacia la puerta de la iglesia.

Sabía ante todo, y se negaba a permitírselo, que de hacer realidad esos sueños de los que él con tanta ilusión en la voz había acabado de hablarle, le estaría quitando a Dios y a su comunidad un buen servidor. Así la cosas, la única salida que vio posible en aquel momento fue huir a pesar de la fuerte lluvia que aún caía fuera.

“Que no ves que en quince días tendré ya cuarenta años y no quiero pasar el resto de mi vida como aquella frase de Cortázar: con la verdadera cara en la nuca y mirando hacia atrás con desesperación”, quiso decirle él y se dijo a sí mismo a modo de consuelo por su repentina huida, mientras la veía correr.“Hacia lo que pude haber sido y no soy, gracias a ese querer ser lo que mis padres querían que fuera”, concluyó con una marcada y rotunda tristeza en la voz.

Ahí se quedó él estupefacto, con el aliento perdido y sin saber qué hacer.

Cuando lo supo, un par de minutos después, cuando cayó en cuenta del peligro que corría al no hacerlo, se paró del confesionario, se dirigió a la sacristía y buscó hasta encontrarla una carta, una carta de renuncia al sacerdocio; una carta que, por si “La Mosca”, así le decían a ella desde niña por sus grandes y hermosos ojos, había escrito la noche anterior. Como no sabía de computadores y tecnología y ante la realidad de ni pizca de sueño hacia las doce de la medianoche anterior, se había pasado dos horas tecleándola en una vieja máquina de escribir. La reciente escena lo impulsó a romperla en mil pedazos como roto tenía él su corazón. En medio segundo, los pedazos yacían esparcidos por el suelo. Y, él, ahí se quedó, ahí parado e indefenso, mirando al horizonte, como quien mira por primera vez a la nada, hacia aquel lugar donde ella ya no estaba. Eran tantas, y de tal calibre, las dudas sobre el futuro que lo embargaban por aquellos días, que, a pesar de haberse decidido a hablarle a ella sobre sus sentimientos con sus torpes y sinceras palabras y a escribir aquella carta, el espacio donde debía ir su firma aún continuaba en blanco.


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