Alfonsina y el Mar: Semblanza de una despedida

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Por: Graciela Sánchez Narváez -IDEAS CIRCULANTES-

La intención de esta columna es hacer circular ciertas ideas, no sólo para emitir una opinión sobre ellas, sino para interactuar y despertar entre los lectores comentarios y polémicas, especialmente en este tiempo de pandemia. Se espera además que, tal vez, se conviertan en un motivo de conversación en el seno familiar.

Muchas personas tomamos la música como esa agradable acompañante, no solo de nuestros momentos de ocio, sino de nuestras actividades diarias, cuando se estudia, cuando se trabaja o, sencillamente, cuando se charla con los amigos. Esta manera de oír la música, en nuestra consideración, pese a ser un deleite, no es la forma más enriquecedora de aprovechar sus bondades y virtudes, pues a pesar de que elegimos la que más nos gusta, la oímos sin mucha atención a su verdadera esencia. El ejercicio que proponemos, está orientado a hacer de la música un componente más relevante del universo de nuestro conocimiento, para lo cual, al escucharla debe existir la intención de aprehender sus sentidos, concentrándonos en cada nota, en cada variante y en cada silencio, poniendo mucha atención al sentido de cada palabra, de cada verso y de cada entonación. Muy interesante es ubicar las melodías en el tiempo y en el espacio, conocer las historias que se anidan en ellas, saber de sus intérpretes y sus compositores o autores

De esta manera, la música llega a asumir una dimensión especial y un lugar protagónico en nuestro manejo del tiempo y del entretenimiento, especialmente como parte de los largos momentos de aislamiento a que hemos debido someternos por razón del confinamiento y el distanciamiento social. Además, por la misma circunstancia, muchas familias han encontrado en la música un refugio que manejan de muy variadas y creativas formas, lo que constituye a la vez un calmante para el estrés y un aliciente para retomar el ritmo de las actividades diarias. Al principio, puede parecer una tarea muy laboriosa, pero muy rápidamente muestra ser una actividad completamente satisfactoria, libre e interesante, ya que, hacer una apreciación musical en grupo, por pequeño e inexperto que este sea, genera una dinámica colectiva que la convierte en una actividad agradable y de mucho provecho cultural.

Vamos a referirnos en esta oportunidad y a manera de ejemplo, a una pieza musical que ha sido considerada entre las diez mejores en habla hispana: Alfonsina y el Mar.  Desde una perspectiva impresionista, o sea por la simple sensación que una obra de arte puede causar a quien se acerca a ella, cuando la escuchamos en la voz de Mercedes Sosa o de otros intérpretes de gran sensibilidad, sentimos una conmoción en las fibras más profundas de nuestro ser. Sabemos que es una triste despedida, sabemos que su inspiración se encuentra en el infortunio, en la mala suerte, por eso la sentimos enormemente humana, enormemente triste, profundamente tierna. 

Su historia es también dolorosa. Fue creada por Ariel Ramírez en homenaje a Alfonsina Storni, una talentosa y sensible poeta que nació en 1892, en la embajada argentina en Suiza. La canción relata simbólicamente, como una despedida trágica, su suicidio en las playas el Mar de Plata, como fue su deseo, después de padecer largamente las dolencias de una enfermedad que la mantenía sometida al dolor y al sufrimiento y sentir su impotencia frente a las adversidades.

La historia nos cuenta que la noche anterior en que decide suicidarse en la playa La Perla, internándose lentamente en el mar, deja una carta que algunos interpretan como una despedida para su hijo. Es un poema que se publicó en el diario argentino La Nación, con el título: Voy a dormir. Alguien podría sospecharlo como un poema gemelo del que posteriormente le dedicarían a su verdadera despedida. Ambos son tiernos y trágicos. Aquí lo transcribimos para su consideración.

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación, la que te guste;

todas son buenas: bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…


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