Confesiones sobre María Cano y la plazoleta con su nombre en Armenia, Quindío

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Crónica personal del escritor sanpableño, Mauricio Bravo Cerón, en la que reflexiona sobre el poder de María Cano, lideresa social y popular.

“Soy mujer y en mis entrañas tiembla,
el dolor al pensar que pudiera concebir
un hijo que sería esclavo”.
María de los Ángeles Cano Márquez

Por: Mauricio Bravo Cerón.

Un antes de…

Cuando me encontré con su libro en la Biblioteca Monseñor José Antonio Bolaños, no sólo revivió ella como dice la contraportada, también revivió en mí la época en que viví en Armenia y estudié en la Universidad del Quindío. Hay ahí una plazoleta que lleva su nombre; lugar por el que, recuerdo haber pasado cinco días a la semana, de camino a tres sitios en los que algunos estudiantes nos volvíamos asiduos: el Centro Audiovisual, el Auditorio Euclides Jaramillo Arango y la Biblioteca.

A veces incluso me quedaba ahí, en la Plazoleta María Cano (1), a disfrutar de algún evento social y, mientras disfrutaba de un canelazo, observaba y me sorprendía con muestras artísticas que incluían baile, música, teatro o cuentería.

Había acabado de leer Historia mínima de Colombia de Jorge Orlando Melo, así que ese día quería y buscaba un tema distinto y alejado de la historia política de colombiana. Sin embargo, al ver ese rostro de mujer aparentemente débil, y hacer la remembranza ya referida, no pude resistir la tentación de leerlo.

Fue inevitable un debate en mi cabeza cuando, ya teniendo en mi mano izquierda aquel libro, a mi mano derecha llegó uno de poesía escogida de Alejandra Pizarnik que buscaba hace algún tiempo. El duelo lo ganó María Cano, sobre todo por el hecho de que el libro de la poetisa argentina estaría ahí, en los estantes, entre otros libros, esperando a que terminara con el paseo por esas páginas.  

Lo raro, ahora que lo pienso con el libro “María Cano, La Virgen Roja”, de la escritora manizalita Beatriz Helena Robledo en mis manos, y después de haber leído algunas de sus reveladoras páginas, es que jamás, mientras estuve o pasé por ahí, me pregunté por qué o cuándo esta plazoleta fue bautizada así o quién fue María Cano.

Confieso también que al escuchar aquel nombre, sin la menor información previa, lo relacionaba con la época de Policarpa Salavarrieta y las dos Manuelas, Sáenz y Beltrán. En cierta forma no es tan errónea esta apreciación. Pero leyendo me di cuenta de qué estaba equivocado en cuanto al tiempo, pues, mientras las heroínas mencionadas son de la época independentista, La Virgen Roja, como se le conoció a María Cano a nivel nacional, vivió entre los años 1887 y 1967.

Y murió de casi 80 años.

Crónica personal del escritor sanpableño, Mauricio Bravo Cerón, en la que reflexiona sobre el poder de María Cano, lideresa social y popular.
María Eugenia Dávila, actriz colombiana, encarnó a María Cano en el cine.

Un durante…

Una vez sumergido en las páginas del libro, empecé a descubrir que María perdió a don Rodolfo Cano y doña Amelia Márquez Obregón, sus padres a la joven edad de 23 años, y de allí vino la decisión de ella y sus hermanas María Antonia y Carmen Luisa de que se quedarían a vivir juntas las tres, a pesar del triste vacío que habían dejado sus padres y, sobre todo, de los comentarios que ya la gente desde hace tiempo hacía acerca de la familia Cano Márquez.

Sin embargo cuenta la escritora manizalita y cabe como dato atípico, María no nació en aquella casa, sino en otra ubicada justo en frente de la que recibió la vida del prócer Atanasio Girardot, de quien, solía expresar ella, sentía el influjo. Aunque creció con comodidades era consciente de que afuera el mundo era distinto y de que algo había que hacer para cambiar esa realidad. Entre conversaciones, música, imágenes e intercambio de ideas fue descubriendo y repudiando que afuera lo que pululaba era intolerancia, fanatismo, represión y sobre todo injusticias.

Rodeada de personajes como su primo Tomás Uribe Márquez (primo hermano del general Rafael Uribe), su sobrino Luis Tejada o Melitón Rodríguez, por sólo nombrar a tres de los que por su vida pasaron dejando una huella imborrable, María creció y con ella su conocimiento de la situación de Colombia y del mundo y junto con ello su conciencia social y su espíritu revolucionario.

Esa preocupación por lo más necesitados, por los más desfavorecidos y por la clase obrera pudo pasar por encima de otras situaciones adversas, como enterarse de que Pierre-Joseph Proudhon, el hombre que había puesto las bases del socialismo y a quien conoció de conversaciones con Tomás, no era más que un machista. Todo lo contrario, saber esto hizo que María sumara a sus deberes sociales la lucha por los derechos de la mujer y su reivindicación.

Entre otras cosas, el cambio de la Medellín de la época de una vocación agrícola y minera hacia el terreno industrial y de 54.093 habitantes a 120.044 en un periodo poco mayor a dos décadas fue algo que marcó de manera contundente el espíritu de María Cano. Sobre todo porque estas simultáneas transformaciones fueron dejando rezagos: esa aldea de árboles y recuas de mulas que ella conoció de niña se pobló poco a poco “de mendigos durmiendo en la calle, de niños semidesnudos trabajando y pidiendo limosna, de borrachos dormidos sobre las mesas y de ancianas con la mano extendida y el estómago vacío”.

Todo esto, unido a lecturas, escritos y tertulias, hace que María razone y piense que es hora ya de dejar de escribir y hablar para empezar a hacer. Se pregunta entonces qué es lo mejor que ella puede hacer y su respuesta es leer, educar a través de la lectura. Para esto solicita y recibe diversos apoyos. Una vez metida en este cuento, visita los hogares de las gentes para quienes lee, y así conoce por dentro inquilinatos y tugurios y su situación.

Convoca en este momento a sus amistades más cercanas y, tras comentarles lo observado, las invita a emprender acciones como reunir paquetes de ropa y llevarlos a casas previamente escogidas. Acciones que con el tiempo le valen la gratitud de los favorecidos y la postulación de ella a ser “La Flor del Trabajo” en su versión 1925, un reconocimiento de la gente a quienes trabajan en pro de las causas nobles y justas.

Premio que finalmente gana y que le cambia la vida.

El nombramiento de María como “La Flor del Trabajo, 1925” viene para ella como una nueva etapa en la que luchará y abogará, a través de la palabra hablada, por los derechos de la clase obrera colombiana. Relee a su sobrino Luis Tejada, recientemente fallecido, y se da cuenta de la falta que él le hará, pues era el preciso para efectuar ese cambio de palabras escritas o habladas hacia acciones.

También porque ella y Luis estaban de acuerdo, entre otras cosas, en que para actuar de manera efectiva a favor de los más necesitados hacen falta estudios sobre cuál es la real situación de estos a nivel nacional, regional y local, porque así se lograría desde un discurso que hable sobre verdaderas necesidades de la población que los mueva a las acciones y que eviten al orador caer en la demagogia, hasta acciones contundentes que cambien realidades.

Esa primera era su verdadera vocación: la de agitadora de ideas entre las masas aún dormidas.

La elocuencia que antes la hacía muy leída, ahora la hace muy escuchada, pues siempre hablaba con argumentos cosas como: “El obrerismo colombiano es un ejército que ha estado esperando y aún espera anhelante el momento en que sus jefes, sus verdaderos jefes, lo lleven al combate, a esa revolución social por la cual lucho a brazo partido y sin que nada me arredre, porque es causa justa, la causa de los oprimidos, de los desheredados y de los que sirven de peldaño para que los “otros” puedan ascender” (Pág. 178).

De la misma manera no veía límites cuando tenía que dirigirse por ejemplo a soldados escondidos detrás de sus armas y amenazando con dispararle si continuaba su discurso. “Hijos virtuosos de campesinos y abnegados obreros”, les decía. “¿Cómo podríais disparar al pecho de vuestros hermanos? Un día entregareis los fusiles, volveréis al trabajo, y seréis vosotros, aquí o en otro sitio de Colombia, quienes estaréis unidos, de pie valerosamente, oyendo el mensaje de las ideas que os harán libres” (Pág. 206).

Haciendo que, como en este caso, los soldados bajaran sus fusiles.

No se amilanaba ni tan siquiera cuando tenía que dirigirse, frente a multitudes, al político que acababa de lisonjear a Estados Unidos o Yanquilandia como alguna vez lo llamó. “¡El doctor Libardo López está dispuesto a recibir, en el lugar indicado, puntapié a dólar! Pero el pueblo colombiano ¡no! Los mismos próceres y mártires que dieron su vida por la independencia de la patria saldrán de sus sepulcros a defender su soberanía, a volver a morir por su dignidad” (Pág. 248).

Esa era en pocas palabras la María Cano agitadora de masas y de tal forma lograba llegar al corazón de la gente que después de pocas giras, lugares visitados y personas arengadas, se vio convertida en una piedra en el zapato para los gobiernos de turno. Al grado que sufre la expulsión de Boyacá, la amenaza de una multa de 500 pesos si hablaba sobre ciertos temas e incluso la cárcel, a la que es condenada a tres años, de los cuales, gracias al ágil y efectivo discurso argumentativo, de un joven abogado llamado Jorge Eliécer Gaitán, sólo pasa ahí siete meses.

Una vez fuera de la cárcel comienza para María Cano una etapa lenta de declive: convencida a medias por Ignacio Torres de que se vayan a Bogotá comienza a hacer unos trabajos que ella consideraba inocuos para un partido, el comunista, en el que no creía. Siente el rechazo de la gente de su clase: unos la insultan directamente, diciendo a su paso “ahí va Mariacano, la comunista”; otros de forma indirecta diciendo a sus hijas “Cuidado con parecerte a Mariacano” o “Pareces una Mariacano”.

Más adelante suceden episodios recurrentes de alucinaciones que devienen en lagunas mentales.

Suceden también discusiones entre su hermana Carmen Luisa e Ignacio sobre qué es lo mejor para ella. Muere Carmen Luisa y viene para María Cano una etapa de ir y venir entre las casas de algunos familiares, hasta su muerte el 26 de abril de 1967.

Un después de…

Por un tiempo creí haber somatizado el triste final de su historia, después de haber sido quien fue y de haber logrado lo que logró. Pocos minutos después de llegar al punto final me empezó un inesperado dolor de cabeza. Por ese extraño suceso me tocó posponer algo que sabía que haría desde muchas páginas atrás. Como no se pudo hacerlo en seguida, traté de distraerme con temas distintos a los del libro o simplemente mirando hacia la calle la gente pasar.

Una cosa que sí pude hacer, pese al dolor de cabeza y a mí mismo, fue prometerme que si algún día vuelvo a Armenia y a la Universidad del Quindío, averiguaré que pasó en esta ciudad y en este centro del saber para que haya ahí una plazoleta con su nombre, pues la escritora manizalita sí menciona una visita de la Virgen Roja a la Ciudad Milagro, pero lo hace de una manera extrañamente breve.

En la página 211, dice: “Las dos últimas ciudades que visitaron antes de llegar a Medellín fueron Armenia y Calarcá. Aunque esta última no estaba en el programa, tuvieron que permanecer allí, debido a la densa multitud que los acogió y no los dejó partir”. Pocas páginas después menciona el libro que Ignacio Torres Giraldo fue arrestado ahí en tierra cuyabra, acusado de planear la revolución comunista en el suroccidente colombiano.

Sólo hasta la mañana siguiente, después de algo de ejercicio y un buen baño, volví a tomar “María Cano, la Virgen Roja” entre mis manos y, aún sorprendido por el reciente descubrimiento de su vida y obra, hice lo que confiesa haber hecho el escritor e intelectual español Juan Goytisolo cuando llegó al final de “El libro negro” del novelista turco Orhan Pamuk: Regresé a la primera página y leí una vez más desde el principio la historia de esta noble y guerrera mujer colombiana.

  1. Fotos de la plazoleta María Cano: Robinson Castañeda.


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