Derribar las estatuas, un intento de reconfigurar el pasado

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Por: Graciela Sánchez Narváez (IDEAS CIRCULANTES)

La costumbre de hacer estatuas o grabados proviene de una intención prehistórica de representar en forma permanente una imagen de la realidad vivida. El arte prehistórico da cuenta de las primeras figuras humanas de piedra, especialmente femeninas, que se remontan a más 30.000 años de antigüedad. Casi todas las culturas registran diversos tipos de elaboraciones con creciente y desigual calidad, que muestran las vivencias e intereses de los pobladores. Los griegos y los egipcios llevaron la escultura a expresiones de gran virtuosidad artística, usando materiales de gran duración, dándole a los monumentos el carácter de perennidad y, por lo tanto, de representatividad.

La escultura es, entonces, una manifestación de la creatividad y el talento, pero como cualquier otro producto de la labor humana, puede ser utilizado de acuerdo con un interés determinado que no siempre es compartido por todos.

Los monumentos se crean de acuerdo con una visión histórica, ideológica y social. Generalmente se corresponden con el ejercicio del poder y representan valores, creencias y juicios, que tienen vigencia en un momento histórico para quienes las erigen.  

Lo más frecuente es encontrar monumentos dedicados a personajes que fueron cruciales en la definición de un destino, en la consolidación de un proceso importante y favorable para un país o una región o, simplemente, en la continuación de un proceso, una dinastía o una institución. 

Pero en muchas circunstancias, un personaje a quien se le erige una estatua, aunque para muchos es merecedor de reconocimiento, para otros puede no tener significación o, peor aún, constituir una afrenta, por lo que se presentan manifestaciones que llevan a la destrucción de muchos monumentos, como símbolos de rechazo colectivo. En muchos momentos de la historia se han registrado movimientos iconoclastas, es decir, enemigos de la representación de personajes en imágenes. Estos criterios no son cosa del pasado. En muchos países se han manifestado de diversas formas: en Afganistán en 2001, los talibanes, por considerar que eran ídolos paganos, demolieron, con dinamita y tanques dos estatuas gigantescas de Buda, construidas entre los siglos V y VI; en 2003 se derrumbó una estatua de Saddam Hussein en Irak; igual ocurrió con la figura de Khadafi en Libia; las estatuas de Stalin han sido destruidas en varios países de la antigua Unión Soviética; hace  muy poco, se sucedieron en Estados Unidos e Inglaterra varias acciones de destrucción de estatuas de los padres fundadores y de personajes relacionados con el esclavismo. Son  numerosos los casos que, desde fines del siglo XX y lo que va del presente, son testimonio de una voluntad colectiva de mostrarse en desacuerdo con la visión oficial sobre los personajes y los procesos históricos y sociales que son conmemorados con monumentos. Básicamente se trata de reclamar el derecho a expresar cómo queremos que se representen nuestra esencia cultural y social, nuestras convicciones y nuestras expectativas.

No es un asunto sencillo. En Colombia la controversia sobre ciertos monumentos ha llegado a niveles candentes en varios casos. Se ha cuestionado la existencia de estatuas en honor a Cristóbal Colón y la reina Isabel de Castilla, a los conquistadores españoles, a muchos de los considerados como héroes o próceres de la independencia o arquitectos del orden actual, incluyendo nombres casi indiscutibles, como el mismo Simón Bolívar. 

No faltan razones. Hay un gran debate mundial sobre la necesidad de reinterpretar el pasado, pero esa necesidad es mucho más trascendental para algunas comunidades, como las indígenas y las negritudes, que se consideran excluidas de los procesos de construcción de la nacionalidad colombiana y sus referentes y, más aún, se sienten ofendidos por tener en los más notorios espacios comunitarios, la presencia de imágenes de personajes que simbolizan la destrucción de sus culturas, el desplazamiento, la esclavización e incluso la desaparición..

En otros casos, como el de Pasto y otras ciudades, un importante sector de la ciudadanía ha manifestado su inconformidad con la presencia de monumentos a personajes históricos que han llegado a ser cuestionados, ya sea por las revelaciones de estudios recientes o por la recuperación de memorias y estudios que muestran otras facetas o versiones históricas que controvierten su representatividad.

Por esto, la reciente acción de las comunidades indígenas del Cauca al derribar la estatua de Sebastián de Belalcázar, debe alejarse de los juicios ligeros y debe enmarcarse en el contexto de la resignificación de los hechos históricos que, para estos grupos étnicos, es de central importancia. No se trata de emprender acciones globales contra los monumentos cuestionados, pero es necesario establecer los escenarios en los que la ciudadanía tenga la oportunidad de discutir y decidir y, posiblemente, iniciar una campaña general para redefinir, contextualizar o rediseñar los espacios en los que se tiene referentes históricos y culturales.

En el caso particular de las poblaciones indígenas, es evidente que en Colombia no se ha tenido un proceso de valoración del pasado precolombino. No hay un reconocimiento significativo de las culturas indígenas y, el pasado, que para ellas no ha dejado de tener vigencia, reclama respeto y consideración. Por esto, para los indígenas del Cauca, derribar la estatua de Belalcázar, además de un reclamo por la reconfiguración de la memoria, es un acto de autoafirmación e identidad.


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