En San Pablo se marchó por la vida y contra la violencia

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Era ya la noche del domingo 13 de septiembre de 2020 cuando en el municipio de San Pablo Nariño el normal silencio de los tiempos de cuarentena por Covid19 se vio intempestivamente interrumpido por voces jóvenes que, entre otras cosas, invitaban al pueblo mirón a unirse al montón y voceaban otras arengas para que la comunidad local dejara el silencio frente a esa injusta situación de violencia que ha vivido Colombia desde que así se llama, recrudecida en ciertas épocas, como ahora durante los dos años del gobierno Duque Márquez.

En San Pablo se marchó por la vida y contra la violencia

Por: Mauricio Bravo Cerón.

Quienes convocaban en esta ocasión a la gente a ponerse la mano en el corazón y solidarizarse a su vez con las tristes familias que han perdido a sus hijos, a sus sobrinos, a sus hermanos, a sus primos, a sus amigos etc. eran jóvenes universitarios; sí, universitarios como usted y yo alguna vez lo fuimos o lo seremos; universitarios como los nueve que hace poco asesinaron en el cercano municipio de Samaniego; universitarios como a los que, alguna vez en Cali, el abogado y humorista Jaime Garzón Forero les dijo: “Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvárselo. ¡Nadie!”.

Sí, eso eran: jóvenes tratando de tomar en sus manos la decisión de no callar ante los abusos continuos de una ley que se supone está hecha para defenderlos y velar por su bienestar, entre otros muchos fines. No para golpearlos, no para amenazarlos, no para humillarlos, no para desaparecerlos, no para asesinarlos.  “Cuando se lee poco, se dispara mucho”; “Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”; “La juventud de Colombia nos necesitamos vivos. No nos asesinen”; entre otras cosas, rezaban las carteleras que ellos llevaban en su periplo por las principales calles de la cabecera municipal. Mensajes mezclados con el “Nos han quitado tanto, que nos quitaron hasta el miedo”.

 Cada una de esas velas que posteriormente se encendieron en el atrio del Templo San Pablo Apóstol era una luz de esperanza; sí, una luz de esperanza encendida por niños, jóvenes y adultos; pero a la vez representaba a cada uno de esos sampableños marchando por la paz, esa misma paz por la que voto San Pablo en su momento de forma masiva y por la que también votaron de forma masiva muchos pueblos que han sido los que más han sufrido el dolor, el vacío, la tristeza, la desolación y la desesperanza que deja la guerra.

 Se encendían también esas luces como una forma de rechazo a tantos hechos de violencia que se han venido presentando últimamente y que hoy enlutan departamentos algunos departamentos de la geografía colombiana, como Cauca, Valle del Cauca, Nariño, Chocó, por sólo nombrar cuatro, pero, en fin, también enlutan a Colombia entera. Y la entristecen a tal punto que hoy en día la bandera de nuestra amada Colombia parece haber cambiado y la franja roja de nuestra bandera, parece haberle quite ese protagonismo que, al menos en teoría, ha tenido, y por más de dos siglos, la franja amarilla.

Y en este punto y hora es momento de que callen las palabras y hablen las imágenes.


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