Perdón. me siento avergonzado

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Graciela Sánchez Narváez -IDEAS CIRCULANTES-

“No porque exista la palabra “Perdón” la gente puede agredirme las veces que quiera.” Esta es la frase que alguien colocó en la voz de la genial Mafalda, para referirse a la histórica forma que tenemos los seres humanos de agredir al otro y encontrar la tranquilidad de conciencia pidiéndole perdón, más como un formalismo que demuestra buena educación, que como manifestación de verdadero arrepentimiento, basado en la verdad, la justicia, la reparación del daño causado y la consecuente decisión de no volver a cometer el mismo error; sin embargo, en nuestro país, por una especial comprensión equivocada y por el sentido desvirtuado que a todo nivel ha tomado esta palabra, fue  perdiendo su importancia y muchas veces, ha dado lugar a la impunidad y a la frecuente repetición del hecho victimizante.  

El Perdón es un tema de actualidad política y social, especialmente en Colombia, debido al proceso y a la firma del acuerdo de paz. Lingüísticamente ha tenido distintas connotaciones desde el punto de vista con que se lo trate, pero universalmente el perdón se encuentra estrechamente ligado a un hecho de transgresión. Para las diferentes concepciones religiosas el perdón es parte fundamental de la teoría comportamental de las almas nobles y de buen corazón; perdonar es un imperativo para salvar el alma. Desde el psicoanálisis, el perdón tiene que ver con la comprensión de la culpa y su dimensión está ubicada en el mismo ser que la sufre, propiciando una conducta melancólica y depresiva a quien comete el error. Sociológicamente es un sentimiento fundamental para la convivencia pacífica y para crear ambientes armónicos que se orienten a hacer del mundo un lugar habitable y más amable.

Nos interesa el concepto de “perdón” como un acto social de convivencia ahora que Colombia entera quedó sorprendida con lo que ocurrió en Barranquilla el viernes pasado. Pensamos que nuestro país está avergonzado ante el mundo, por estas personas, por estas circunstancias y estas acciones que, siendo desde ya adversas a todo sentido humano, se vuelven reprochables porque ocurren en plena pandemia y cuando en nuestro país crece cada día más el nivel de contagio.    

A estas alturas del problema y con las experiencias dolorosas que hemos vivido por la presencia del Covid 19, ya deberíamos tener comprendida a plenitud la agresividad con la que nos ataca este virus y, por lo tanto, ya no deberíamos necesitar de advertencias diarias, ni leyes, ni multas, ni comparendos, para comportarnos como personas responsables del cuidado de nuestra salud y de la de los demás.

En este sentido, volver a la normalidad en tiempo de Pandemia fue un riesgo que había que afrontar, pues los problemas económicos por un lado y el encierro prolongado por otro, fueron minando la estabilidad de las personas que ya no aguantaban más, pues tenían que pensar en su manutención diaria y en el deseo de respirar aires de libertad. Sin embargo, se habló de redoblar el autocuidado especialmente con el distanciamiento, porque esta es la mejor medida para prevenir el contagio. El estado colombiano prohibió las fiestas y, mucho más, la ingesta de bebidas alcohólicas o substancias sicoactivas, pues es sabido que, bajo sus efectos, una persona nunca podrá responder adecuadamente por sus actuaciones.

Lo que ocurrió en Barranquilla es muestra de la falta de juicio de algunas personas que, carecen totalmente de sentido común y de respeto por la salud de sí mismos, de la de su familia y de la de los demás.

El comportamiento de estas personas nos ha avergonzado a todos los colombianos ante el mundo entero, es imposible admitir cómo el agresor se presenta públicamente ante el país de manera desenfadada y campante a pedir perdón por la brutal golpiza y la humillación que propiciaron a dos mujeres indefensas, quienes terminaron en centros hospitalarios. Pero lo que realmente se ha constituido en un rechazo unánime mundial, es la manera como lo hizo. Su presencia en televisión, junto con su pareja y sus dos pequeños hijos, que nada tienen que ver con sus irresponsabilidades, parecía una estrategia manipuladora que raya en otro abuso público más y se constituye en un hecho bochornoso que maltrata la dignidad de la mujer. Se evidencia que esta persona no piensa en sus hijos y nos duele que esos pequeños, que seguramente no entienden en el momento la gravedad de la situación, puedan quedar marcados para siempre por estos hechos. Duele también pensar en qué condiciones la madre de los niños da la cara, pero calla.  

¿Qué pensó esta persona para actuar de esta manera? ¿Creyó que con esa actitud iba a conseguir el abrazo de sus víctimas y de las mujeres del mundo, que nos sentimos también agredidas por esta irresponsabilidad machista y descontrolada? Pues No. El concepto de perdón hay que entenderlo en su justa medida. El perdón no es igual a impunidad, ni tampoco es un sentimiento que llega de manera inmediata, cuando el victimario lo solicita, tal vez puede aparecer después de un largo proceso de verdad, reparación y justa sanción al victimario, de acuerdo con el dimensionamiento de las culpas y del perdón que las sociedades modernas han establecido mediante los sistemas de justicia.

Lamentablemente, en nuestros estados y gobiernos, algunas instituciones acomodan e interpretan las leyes para aplicarlas de acuerdo a quien comete el delito. Son múltiples los casos de graves delitos que quedan en la impunidad por deficiencias del sistema o porque, por circunstancias oscuras, los jueces dejan en libertad a sus autores.

Las acciones de la persona en mención y del grupo de acompañantes de aquella fiesta, que se ensañaron en golpear y atropellar la dignidad de dos valientes mujeres, una profesional médica y su respetable empleada, no pueden quedar como un simple comparendo de indisciplina social porque pidieron público perdón. Lo que cometieron en un flagrante delito de abuso, maltrato y lesiones personales a dos mujeres en estado de indefensión.


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