Matrimonio Cerón – Rosada, historia de amor en San Pablo

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Las historias de amor, nunca pasan de moda. Esta vez, la pluma del periodista y escritor nariñense nos cuenta, lo que sucedió con  Levi y Aura Edilma, en el norte de nuestro territorio.

Las historias de amor, nunca pasan de moda. Esta vez, la pluma del periodista y escritor nariñense nos cuenta, lo que sucedió con Levi y Aura Edilma, en el norte de nuestro territorio.

Por: Mauricio Bravo Cerón

Soñaba con tener una novia sampableña

Una vez radicado en San Pablo Nariño, donde realizó sus estudios secundarios, el joven Leví Cerón Díaz quiso sentir lo que era tener una novia sampableña, cosa que él, en su joven humildad, veía como un privilegio. Dada su timidez, su método de conquista eran los papelitos. De estos mandó más de uno a varias jóvenes sampableñas. Pero como suele pasar, unas simplemente no le respondían, otras lo ignoraban y otras tantas aceleraban el paso al verlo acercarse.

Sin embargo, con Aura Edilma Rosada Bravo fue distinto.

Eran muy jóvenes cuando se conocieron, por allá en los años setenta del siglo pasado. Él, había nacido en el municipio de Florencia, Cauca y la vida lo trajo a San Pablo. Ella era sampableña, y en ausencia de don Luis Alfonso Rosada y doña Margarita Bravo, sus padres que, tramados por una conocida, se habían ido del pueblo tras el engañoso sueño bogotano, vivía con sus abuelos doña Dolores Álvarez y su esposo, a quien el vicio del trago lo llevó tiempo después a morir de cirrosis.

Al llegar a Bogotá, cuenta Leví, la pareja Rosada Bravo, llevada con engaños y artimañas hasta la capital en busca de unos ingresos que les permitieran sobrevivir y sostener a su hija, fue literalmente tirada por aquella vecina y sus “buenas intenciones” en el seno de una familia compuesta por gente mala que los cogió prácticamente de esclavos.

La niña Aura Edilma quiso ir con sus padres, ya se estaba subiendo al carro, pero doña Dolores no lo permitió. Se quedó en San Pablo para estudiar en la Normal Sagrado Corazón de Jesús, acompañar a su abuela y ayudarle con la venta del pan que la señora hacía. Madrugaba para ayudarla a dejar el pan listo, se arreglaba para irse a la escuela, volvía a medio día, almorzaba, hacía sus tareas y salía, al principio con Adiela, otra nieta de doña Dolores, y, con el paso del tiempo, sola, a vender el pan.

Las historias de amor, nunca pasan de moda. Esta vez, la pluma del periodista y escritor nariñense nos cuenta, lo que sucedió con  Levi y Aura Edilma, en el norte de nuestro territorio.

Así se conocieron e hicieron novios

Fue en el teatro donde por fin pudo llegar a ella, recuerda Leví. Un amigo suyo, Euclides Martínez se llamaba, al que no dejaban salir con su novia a solas, le pidió el favor de que los acompañara aquella noche. Y hasta les gastó la entrada a los dos, pues Leví solo tenía cinco pesos para toda una semana y eso justamente costaba la entrada al teatro. Era una película mejicana, que traía un señor Plinio del municipio de La Cruz, la que proyectaban. Una vez en el teatro, Leví se separó de la pareja y se dedicó a buscar dónde sentarse, con tal suerte que el único sitio libre, la única silla disponible en todo el lugar estaba ubicada junto a aquella bonita y sufrida muchacha de nombre Aura Edilma.

Los hombres de la época, cuenta Leví, eran tímidos. Y su método de llegar a las mujeres y de alguna manera conquistarlas, más que la labia, eran los pequeños detalles. Una guayaba arrancada, pelada y regalada era uno de tantos mecanismos propios para romper el hielo, mientras se caminaba hacia la escuela o el colegio, e iniciar una tímida conversación.

Así tuvo algunas novias.

Sin embargo, esa noche, esa oportunidad y ante aquella muchacha, no la podía desaprovechar.

Que cómo se llamaba, que qué hacía, comenzó a preguntarle, y así fue soltándole más y más preguntas a ella; preguntas que ella, a pesar de la película y de la molestia que de repente podría surgir en la gente alrededor por la inoportuna conversación, le fue respondiendo. Así los jóvenes comenzaron a conocerse. Y así, tal vez, ambos se olvidaron del lugar en el que estaban. Al final de la película vino la inevitable pregunta del millón. “¿Será que puedo ir a visitarla?”, soltó un ya más relajado Leví.

De la nada a ella la invadió un repentino susto y, por toda respuesta, le dijo que eso iba a estar muy difícil; que doña Dolores, su abuela, era muy brava con quienes la pretendieran. Él, por su parte, supo que ella no mentía al recordar un incidente que tuvo un muchacho con el abuelo de ella por pretender a Adiela en ese mismo sentido. “Si quiere visitarme y hablar conmigo”, le dijo a manera de una conclusión también inevitable, “primero tiene que acercarse y hacerse amigo de mi abuela”.

Ni corto ni perezoso, pero eso sí muy enamorado, Leví se dio a la tarea.

Cierto día salía doña Dolores de una casa ubicada en lo que hoy es la avenida Los Estudiantes con un pesado guango de leña al hombro. Al ver esta escena, se le acercó y le preguntó si podía ayudarla. Recibió la leña y se fue caminando al ritmo de doña Dolores y conversando de la vida. Al llegar a la casa, ella, como buena anfitriona y como muestra de gratitud, le ofreció una taza de café. Así poco a poco abuela y joven se fueron conociendo y efectivamente entablaron una amistad.

Pasado un tiempo y cuando ya se sintió en plena confianza, Leví se sinceró con doña Dolores: “Es que a mí me gusta mucho su nieta. Estoy enamorado de ella”, le dijo. “Y me gustaría saber si usted nos permite tener una relación, un noviazgo”. Ante esta inesperada confesión e igual que Aura Edilma a la salida del teatro, doña Dolores en un primer momento se sobresaltó y dijo que todo lo que ellos dos pudieran tener habría de ser de puertas para adentro de aquella casa: que la gente afuera no se podía enterar de nada.

La gente se entera de esta relación… y se opone

Sin embargo, con el tiempo todo, hasta lo más oculto, se sabe. Y los vecinos empezaron a sospechar que algo pasaba entre ellos dos. Y empezó una campaña de desprestigio contra el joven Leví: que era una mala persona, que andaba en malas juntas, que incluso vendía y hasta consumía marihuana, le empezaron a contar a doña Dolores y ella a creer en lo que la gente, quién sabe con qué exactas intenciones, tal vez sin la menor prueba y sin saberlo a ciencia cierta, decía.

Fue la primera vez, pero no la única.

A modo de contraveneno, los primeros en ir a hablar con doña Dolores y convencerla de que la gente mentía, de que Leví era un buen muchacho, fueron los compañeros de él. La visita tuvo buen resultado y la señora volvió a confiar en él. Todo pareció volver al cauce normal. Hasta que nuevamente vinieron los chismes a querer separar a la joven pareja. Los siguientes en visitar la casa de doña Dolores fueron los profesores de Leví. Y vuelve y juega: otra vez la señora cedió y otra vez la gente volvió a insistir.

Dice un refrán popular que la tercera es la vencida y en la historia de amor de Leví y Aura Edilma esto no fue la excepción. El tercero en visitar a la señora Dolores, previa visita de Leví, fue el padre Quintero, un antioqueño y amigo suyo que por aquella época se encontraba en el municipio de San Pablo. Fue él quien terminó por convencer a la abuela de Aura Edilma de que en el amor de su nieta y Leví ella no se podía entrometer, sino por el contrario ayudarlos y apoyarlos.

“Ayudarlos y apoyarlos”, enfatiza Leví.

Finalmente, el amor triunfó

El primer arreglo entre Leví y el padre Quintero, quien le había propuesto que la única solución a este romántico dilema era casarse con Aura Edilma, fue que a él le faltaban unos pocos meses para graduarse de sexto (hoy undécimo u once) en el Colegio Antonio Nariño, que una vez graduado se casarían, pero que mientras tanto lo acompañara él y tratara de hablar con la señora Dolores y alivianar su rigidez frente a la amorosa relación.

Así lo hicieron.

Una vez graduado Leví, el padre invitó a la pareja a hacerse apuntar en el libro de registros de la iglesia. Pero otra vez el azar entró a jugar unas raras cartas en este asunto: al padre Quintero lo trasladaron y el cura que lo remplazó era reacio a casarlos. Se negaba aun viendo que sus nombres ya estaban registrados para unirse en sagrado matrimonio. La única forma de que yo los case, dijo el cura, es que venga alguien a cargo de ustedes y lo autorice.

Poco después, doña Dolores lo certificó.

Así las cosas, el matrimonio Cerón Rosada, en el que profesor Dagoberto Lasso y la señora Sonia Espinosa, encontrados de carrera en la calle, hicieron las veces de padrinos, quedó programado para el siguiente domingo a las ocho de la noche, para que nadie en contra de la boda se enterara. Ese día temprano Leví fue hasta Florencia Cauca y volvió caminando con su partida de bautismo. Pero da la casualidad de que llegado el momento, terminada la misa de siete de la noche, al padre se le olvidó el arreglo.

“A ver los que se van a casar”, dijo desde el púlpito, cuando la gente aún no terminaba de salir de la iglesia. Más de un curioso se hizo el que se iba, pero en realidad se quedó a enterarse, para sorpresa y fastidio de más de uno, de que quienes se casaban eran aquellos jóvenes a quienes tanto habían impedido la relación. Una vez bendecida su unión por aquel olvidadizo padre, Aura Edilma volvió con su abuela y Leví volvió caminando en medio de la noche y la alegría a su natal Florencia.

De cómo se enteró don Isaac Cerón

El sábado siguiente don Isaac, padre de Leví, se encontraba, como todos los sábados, en San Pablo. Llegó a casa de las hermanas Ceballos a tomarse un café y de paso venderles frutas. Se encontró ahí con alguien que lo felicitó por haber conseguido nueva nuera. Cómo así, le preguntó, algo asustado, don Isaac. Así es, su hijo se casó el domingo, respondió esa persona. Cómo me va a decir eso, dijo él. Sí, don Isaac, respondió, nosotros los vimos.

“Vos que te casaste”, dijo don Isaac a Leví una vez de regreso en Florencia a manera de reclamo y preocupación. “¿Con qué vas a mantener mujer?” “Tranquilo, papá, yo acá le ayudo a lo que haya que hacer”, fue la respuesta de Leví que en ese momento se encontraba trabajando. “Ahora que ya estoy graduado del colegio algún trabajito me ha de llegar, pero el caso es que de alguna manera hemos de salir adelante”, señaló a manera de conclusión.

“Usted pregunte por Ruales, el que arregla zapatos, y a él le pregunta dónde vive doña Dolores”, le indicó alguien a don Isaac el día que volvió a San Pablo con el ánimo de conocer a su nueva nuera y sobre todo hablar con la abuela de ella. Al llegar, vio a una joven muchacha barriendo la entrada de la casa. A ella le preguntó por la señora Dolores. “Ella vive aquí”, dijo Aura Edilma. “Ella qué es para usted”, preguntó don Isaac. “Ella es mi abuela”, dijo la muchacha.

“Ahhh, entonces usted ha de ser mi nuera”, exclamó con una voz entre alegre y preocupada don Isaac. “Pues yo soy el papá de Leví”, dijo, “ese tonto que vino a casarse con usted sin tener con que mantenerla”. Tras hablar con la abuela de su nuera y con ella, tras conocerlas, don Isaac Cerón se fue, dejándoles una pequeña remesa, el mayor de los afectos y la certeza de que contarían con el total apoyo de él y de su familia.

De esta historia de amor, resumida en unas pocas páginas hoy quedan cinco hijos: dos mujeres y tres hombres. De ellos, la mayor, Aura Elena, ya estaba con ellos cuando su madre se graduó de la Normal Superior Sagrado Corazón de Jesús. Luego vinieron en su orden Orlando, Óscar, Fernando y, finalmente la menor de todos, Diana Cristina. Todos, cuenta Leví, bien centrados en la vida y siempre proyectándose metas por cumplir.


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