Reflexiones sobre lo que no tiene nombre y ni las palabras podrían explicar con suficiencia

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Dice el escritor nariñense Mauricio Bravo Cerón: "Desde mi época de colegial, vengo escuchando sobre una escritora colombiana llamada Piedad Bonnett. Para ser sincero jamás me había dado el impulso de leerla..."

“La vida debe vivirse hasta que no pueda vivirse más”. Salman Rushdie

Por: Mauricio Bravo Cerón

Hace mucho tiempo, creo que desde mi época de colegial, vengo escuchando sobre una escritora colombiana llamada Piedad Bonnett. Para ser sincero jamás me había dado el impulso de leerla. Confieso también que si me encontrara en el programa “Quien quiere ser millonario” y la pregunta decisiva fuese “Diga dos de sus libros”, yo saldría de ahí tal como entré, sin nada en los bolsillos. Para ser aún más sincero, hasta hace poco tiempo, no tenía presente su aspecto físico como, de tanta difusión creo yo, si lo tiene cualquier colombiano de un Gabriel García Márquez, un Santiago Gamboa o un Fernando Vallejo.

Sin querer decir por eso que ella sea menos que ellos.

Cierto día, paseando por los estantes de la Biblioteca Pública Municipal Monseñor José Antonio Bolaños de San Pablo Nariño, como suelo hacerlo antes de decidirme por el siguiente libro a leer, me crucé con uno de ella que lleva por título “Lo que no tiene nombre”. Me causó una cierta curiosidad ese título, pero no me decidí a tomarlo prestado y a leerlo si no hasta unas cuantas horas después, cuando casi por accidente, como suelen ocurrir las mejores cosas de la vida, supe que en ese libro ella habla sobre el suicidio de su hijo Daniel Segura Bonnett.

Sólo hasta entonces asocié el nombre del libro con ese no sé si llamarlo adagio, refrán o dicho popular (o si estas tres palabras son simplemente sinónimos) que a la letra reza que cuando una hija pierde a su padre se le llama huérfana de padre o que a un hijo que pierde a su madre se le llama huérfano de madre; pero ¿Cómo llamar a una madre que pierde a su hijo? Sólo hasta entonces recordé que hace mucho tiempo, y más de una vez y en más de un sitio, yo tuve ese impulso suicida aunque, a diferencia de él, a mí no me alcanzaron las agallas para hacerlo así, para saltar al vacío.

Daniel Segura Bonnett, cuenta su madre, fue un artista, un pintor, que sí había contemplado en vida la posibilidad de un suicidio, que en su momento le manifestó a su novia de entonces que este era “una alternativa posible, pero siempre que fuera dulce, sin sangre, mero alivio” (pág. 29). Sin embargo, cómo es de contradictoria la vida, optó por acabar con su vida de una de las maneras más dolorosas y crudas, pero a la vez más efectivas a la hora de intentarlo: el sábado 14 de mayo del año 2011 subió corriendo a la terraza del edificio de seis pisos en que vivía en Nueva York y saltó al vacío a estrellarse contra el pavimento.

 (Sospecho que este dato, que para otras madres habría ahondado mucho más la tristeza, para Piedad Bonnett, una mujer por lo leído poco dada a las cuestiones religiosas, para quien no fue tan difícil aceptar que del cadáver de su hijo fuesen tomados los órganos que aún sirvieran para salvar otras vidas y posteriormente cremarlo, pero el punto es que Daniel escogió para suicidarse una fecha no sabría decir si anterior o posterior, pero eso sí muy cercana a la fecha (el segundo domingo de mayo) en que Colombia suele hacer un homenaje más simbólico que real a sus madres).

“Muchachos, olvídense de la pintura. La pintura está muerta”, escuchó él cierto día de uno de sus profesores, tal vez el de historia del arte. Estaba recién ingresado a la facultad de Artes. Esta sería una aseveración que escucharía esa y muchas veces después en su vida y que dejaría una honda huella en su vida. Tan honda que con el tiempo, y a pesar de los consejos de gente muy cercana, incluida su madre, terminaría estudiando Administración Artística.

“Ya nadie compra pinturas”, recuerda su madre que le argüía, “¿De qué voy a vivir?”.

Dice el escritor nariñense Mauricio Bravo Cerón: "Desde mi época de colegial, vengo escuchando sobre una escritora colombiana llamada Piedad Bonnett. Para ser sincero jamás me había dado el impulso de leerla..."

 Poco después de su muerte, ella manifiesta “en el fondo de mi corazón suplico porque aparezca un diario, una nota de carácter personal. Pero sólo hay trabajos críticos o notas de clase escritas con letra pequeña, apretada, minuciosa” (Pág. 17). Y se pregunta (ha de ser inevitable hacerlo en su situación), “¿Había subido antes hasta el techo a preparar el terreno? ¿En qué pensaba cuando saltó? ¿Qué se siente al caer? ¿Se pierde la conciencia? ¿En las últimas horas pasamos los que lo queríamos por su cabeza? Las preguntas se alzan y mueren al instante, vencidas, derrotadas, concluye”.

A diferencia del mío, el caso y la vida de Daniel encierran un elemento especial, un secreto que la familia Segura Bonnett, a petición de él, decidió guardar y del que muchos se vinieron a enterar en un acto solemne de despedida que se le hizo en la Universidad de Los Andes: “que ese muchacho que tuvo amigos y fue amado y se enamoró y estudió con ahínco y pintó y dibujó con pasión, ese que a veces se veía alegre y bailaba (…), cargó durante ocho años con una aterradora enfermedad mental que convirtió sus días en una batalla dolorosa y sin tregua” (Pág. 41).

“A la que él le sumó el esfuerzo desmesurado de parecer un ser corriente, sano como cualquiera de nosotros”. Cosa que a juzgar, por las reacciones de quienes en su momento recibieron la noticia de labios de su madre, lo venía logrando hasta el día de su muerte. Era tal su apariencia de normalidad que “del 2006 al 2010 Daniel asistió cada semana, con disciplina rigurosa y fe absoluta, al consultorio de su psiquiatra. Mientras tanto se graduó en Artes Plásticas, hizo una especialización en Arquitectura, ingresó como profesor de Artes a un colegio, viajó a París a hacer un curso de vacaciones”, etc.

Ese adulto en miniatura que alguna vez fue Daniel, ese monstruo perfeccionista que causaba admiración y risa casi que a un mismo tiempo, como su madre lo describe, de repente se había convertido en un manojo de fragilidad y emotividad. Fue su madre quien, una vez se confirmó años más tarde que su caso era un trastorno esquizo-afectivo, se atrevió a ser clara con él sobre lo que ningún médico quiso llamar por su nombre frente a él. “Me pregunta, con los ojos muy abiertos, si eso es para siempre. Y yo, tragándome las lágrimas, le contesto: Sí, Dani, para siempre” (Pág. 62)

Mientras escribo, me recuerdo a mí mismo cuando todo en mi vida, desde lo académico, pasando por algunas proyecciones mentales, mi autoestima y hasta el mismísimo amor iba, como se dice coloquialmente, de Guatemala a Guatepeor, en el quinto piso de un edificio de Armenia, con una cerveza en una mano y sintiendo al vacío tomarme de la otra, la ventana abierta, yo mirándolo cara a cara e interrogando en él la posibilidad de saltar y de fondo una de esas tristes canciones que he amado toda la vida. Trato de recordar en qué pensaba o que otras cosas me preguntaba, pero nada viene a mi mente en estos precisos momentos.

En eso era un poco similar al caso de Daniel “una parte suya parece estar presente en nuestros recorridos por iglesias y museos, otra está lejos, en su propio cielo o infierno”, dice Piedad Bonnett. Una parte de mí parecía estar atenta a las pocas clases de Diseño Industrial que alcancé a recibir en la ciudad de Pasto, cuando el impulso suicida visitome por vez primera; y trataba de hacer bien las planillas que dejaban de tarea las distintas materias; mientras la otra, supremamente incómoda se preguntaba “¿Yo qué hago aquí?” Y no hallaba ni el valor ni las palabras, igual que Daniel cuando se metió en Administración Artística, para ponerle fin al suplicio que era sentirse en el lugar equivocado.

Sólo recuerdo que me odiaba a mí mismo, y a mis circunstancias, por no tener las agallas, ese valor que pocos tienen, y saltar a aquella calle, aún sabiendo que era una muerte segura y el final de mis dilemas mentales lo que abajo me esperaba, y así acabar de una vez por todas con todo ese sufrimiento y zozobra que en mi interior se acumulaban; sólo recuerdo que quería llorar y, como suele sucederme cuando ese impulso llega a mis ojos, no podía, no me salían las lágrimas; sólo recuerdo que, puestos en una balanza, siempre pudo más el dolor que hubiera causado a mi familia y amigos.

¡Que dilema!

A veces ese amor, esa comprensión que por ejemplo solía sentir en la voz de mi madre y hermanos cuando, por vía telefónica, yo les contaba y ellos trataban de darme aliento en las peores situaciones que la vida ha puesto en mi camino no suele ser suficiente y así lo entiende Piedad Bonnett: “Pero ningún amor es útil para aquel que ha decidido matarse. En el momento definitivo, el suicida sólo debe pensar en sí mismo para no perder la fuerza. Incluso, una de las razones para escoger ese final es que nuestro cariño le pese demasiado” (Pág. 119).

En pocas palabras, sentirse indigno de merecerlo.

Ante todo sé que si ese impulso que lleva a alguien a querer quitarse la vida, (en menor grado a intentarlo y en menor grado aún a lograrlo) ya estuvo una y más veces en mi cabeza, en cualquier momento y lugar, podría volver a estarlo. De mi parte quisiera ya no volver a sentir esa inmensa tristeza que te lleva a contemplarlo, y por encima de otras, como una posibilidad real. Sin embargo, uno nunca sabe. La buena noticia para mí y los míos es que en el remoto caso de volver a mí esa idea, ha de tener que enfrentarse, además de a los amores y afectos ya mencionados, al de una mujer y una hija que, desde que existen en mi vida, me han enseñado a verla de una manera distinta:

Menos limitada, menos absurda y, en fin, menos trágica…


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