La primera vez que Jaime Garzón hizo llorar a Colombia

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Ningún humorista político en Colombia ha llegado a hacer lo que Garzón hacía y de la forma cómo él lo hacía.

“La boca de Jaime era una llave abierta. Su lengua estaba conectada a su cerebro. No tenía freno de mano”. Gustavo Gómez

“Corporación muerte”, que así se llama el segundo capítulo de la primera temporada de la serie web “Matarife, un genocida innombrable”, nos permitió ver hace poco una imagen triste entre muchas de esas que cada nuevo viernes nos muestra: el cadáver del abogado y humorista Jaime Garzón, caído de lado, muerto, dentro de su carro, segundos después de ser asesinado cuando llegaba a Radionet, la emisora donde a la sazón trabajaba. Una imagen conmovedora, que no recuerdo haber visto 21 años atrás.

Ningún humorista político en Colombia ha llegado a hacer lo que Garzón hacía y de la forma cómo él lo hacía.

Por: Mauricio Bravo Cerón

Aunque no lo tengo muy claro, creo no equivocarme al decir que antes de Garzón Forero hubo humor político en Colombia, no creo que, con la clase de políticos con que ha contado este país históricamente hablando, él en su momento haya sido el pionero en esta materia. Después de su muerte también lo siguió habiendo. Ejemplos de ello son El siguiente programa, Los reencauchados, La Luciérnaga, Vox Populi TV, Matador, Vladdo, Wally Opina o Daniel Samper Ospina.

Pero ninguno ha llegado a hacer lo que Garzón hacía y de la forma cómo él lo hacía.

Juntar a Jaime Castro y Antonio Navarro en una de esas reuniones que solía hacer los jueves, después de que el M19 había perpetrado un atentado contra el ex alcalde de Bogotá y hacer que terminaran borrachos y riéndose juntos, la donación que consiguió para el Sumapaz haciéndose pasar por Andrés Pastrana o hacerse pasar por César Gaviria en una llamada a Gabo sonando muy creíble, son sólo tres de las tantas proezas logradas por este abogado titulado de manera póstuma y narradas en las palabras de Germán Izquierdo, un escritor bogotano, en su libro “Jaime Garzón, el genial impertinente”.

Su fama, cuenta el libro de Izquierdo, le duró una década: desde aquel día de 1990 en que salió por vez primera en Zoociedad, hasta aquel día de 1999 en que se volvió tan incómodo para ciertos personajes que las balas silenciaron su humor y frenaron en seco esa labor humanitaria que venía realizando al interceder ante el ELN para que soltaran algunos de los secuestrados en su poder. Pero esa década, y todo lo que en ella hizo, fue más que suficiente para que se convirtiera en uno de los muertos que Colombia extraña… y nunca olvida.

Volver a revisar la vida de Jaime a través de las palabras del escritor Izquierdo y ese genial impertinente al que él describe a lo largo y ancho de sus 180 páginas, aunque la figura esté muy usada, es algo muy parecido a subirse en una montaña rusa: hay momentos en que mueres de risa ante sus ocurrencias y el recuerdo del momento exacto en que lo viste hacerlas dentro de su primer programa Zoociedad, en Quac el noticero o a través de la voz de Heriberto de la Calle. Y hay también momentos que te bajan el ánimo en cuestión de segundos.

Datos del inicio del libro, como que aprendió a leer y escribir guiado por su madre a la edad de tres años, que era lector voraz de Estanislao Zuleta y Sigmund Freud, que heredó la capacidad de imitar voces de su padre, don Félix María Garzón, a quien perdió de treinta y ocho años, a la temprana edad de siete, o que gracias a esa pérdida se le metió la absurda idea de no querer vivir más allá de los cuarenta, por parecerle inmoral e irrespetuoso vivir más que él, son cosas que asombran y nos van introduciendo hacia lo que fue su compleja personalidad.

Después de un breve paso por su juventud, los colegios en los que estuvo, aquel del que finalmente se graduó, su fugaz paso por la guerrilla del ELN, su llegada a la campaña de Pastrana presidente, y su posterior paso por la alcaldía del Sumapaz, el segundo capítulo del libro nos condensa lo que fue su salto a la fama nacional: el programa Zoociedad, al que llegó gracias a que Eduardo Arias lo conocía y en el que se sostuvo por tres años, gracias a su compañera de presentación, Elvia Lucía Dávila, quien se convertiría en su polo a tierra en los momentos más críticos de esta producción.

Entre otras muchas cosas, cuenta Izquierdo que Zoociedad fue para quienes en él participaron una especie de difícil parto del que nadie, a excepción de Francisco Ortiz, su director, estuvo convencido sino hasta después del primer capítulo. Fue al día siguiente, en pleno concierto de Juan Luis Guerra, y al verse reconocido por la gente a su alrededor que Garzón dimensionó un poco el poder que tendría en sus manos desde su nueva tribuna en la televisión. “El flaco tenía razón”, le dijo aquella noche a Elvia Lucía en aquel concierto ¿Si así era la reacción al primer capítulo que podría venir después?

“El barrio que no tiene esquinas”, la muerte de Rafael Chaparro Madiedo, uno de los libretistas de Zoociedad, y lo duro que le dio a Jaime, la traducción de la Constitución Nacional a lenguas indígenas, un pastor alemán muy original y “La última palabra”, son otros de los asuntos que entran en este capítulo. Incluso la maquilladora Mery Garzón fue parte fundamental del éxito de Zoociedad, al hacerle transformaciones en vivo a Jaime Garzón, dependiendo del personaje invitado al noticiero; transformaciones que la gente veía en cámara rápida y de las cuales ella, una vez hecho su trabajo, se despedía con un beso en la mejilla y una mano en alto diciendo adiós a los televidentes.

“¿De qué te sirvió iluminar barrios enteros si ahora siembras el terror en los hogares más humildes?”, le preguntó Jaime Garzón desde Zoociedad y enfundado en una túnica de monje a un Pablo Escobar Gaviria,al que mucha gente, en esos mismos barrios pobres del Medellín de la época, idolatraba.

Ningún humorista político en Colombia ha llegado a hacer lo que Garzón hacía y de la forma cómo él lo hacía.

En medio del escándalo por la entrada de dineros del narcotráfico a la campaña del entonces presidente Ernesto Samper Pizano, el 12 de febrero de 1995 sale al aire Quac, el noticero, una parodia del Noticiero QAP. Sus presentadores, Garzón siendo él mismo, pero teatralizado y el actor Diego León Hoyos personificando a la recordada María Leona Santo Domingo. “Las reinas de belleza son una belleza, pero no siempre entienden lo que están diciendo”, explicaba el actor Hoyos al referirse al porqué de su presencia ahí en lugar de una bella presentadora, como era costumbre.

Quac, ese noticero que daba un garrote parejo hacia todos los sectores políticos, fue Dioselina Tibana, desde su cocina en la Casa de Nariño, cuyos dichos Garzón tomó prestados de su madre, doña Daisy; fue Néstor Elí, el chismoso portero del edificio Colombia; fue los tocayos William, Garra y Narra; fue un Frankenstein Fonseca siempre de negro; fue Inti De la Hoz, informando sobre lo que le contaba su papi; fue el Quemando Central, que tan incómodo se volvió para ciertos sectores militares, el único gremio colombiano con el que a Garzón le costó entablar amistad. Fue Godofredo Cínico Caspa.

El de a continuación es un capítulo dedicado al más recordado de todos sus personajes Heriberto de la Calle, un singular embolador al que Garzón no le caía bien. Un personaje que nació en un programa llamado Lechuza, hablándole a una cámara, pero que fue al entrar al noticiero CM& cuando pasó de la ficción a la realidad. La primera víctima de sus incómodas preguntas fue Yamid Amat y de aquel día en adelante desfilaron cualquier cantidad de políticos, deportistas y gente de la farándula de los que ninguno salió bien librado después de ese breve paso por el banquillo.

Sobre aquel divertido personaje que todos hemos de recordar muy bien y al que, según él mismo, Garzón le debía como cuatro lustradas, no diré mucho. Sólo trataré de cerrar los ojos un instante e imaginar que si Garzón no hubiese sido vilmente asesinado un día como hoy, 13 de agosto, hace exactamente 21 años, andaría detrás de llevar a su banquillo a personajes de la actualidad como Sergio Fajardo, Alberto Carrasquilla, María Fernanda Cabal, Roberto Gerlein, Paloma Valencia, Rodrigo Lara Rivera, Simón Gaviria, Aída Merlano, Germán Vargas Lleras, (y un largo etcétera).

Y haciéndonos reír con sus ocurrencias en lugar de llorar por su inesperada partida.

Así como hay momentos de alegría y asombro ante la manera como va evolucionando la vida de Jaime, también hay en estas páginas momentos en que la tristeza te invade al recordar que un día cualquiera del año 1999, el humor fue herido de muerte y las balas callaron para siempre a esa especie de “bufón de la corte” que era él, que nos acercaba demasiado a todo lo que ocurría de puertas para adentro en el Palacio Presidencial de la época. (Lo dice el mismo César Gaviria en un aparte del libro: “De lunes a jueves cumplía con sus horarios y sus tareas en la Casa de Nariño y los viernes en las grabaciones de Zoociedad se dedicaba a darles palo al gobierno y sus ministros”) (Pág. 69).

El capítulo final y el epílogo son algo estremecedor de principio a fin, y al leerlos se me fueron entre suspiros, entre desamarrar, uno tras otro, nudos en mi garganta, por la descripción del asesinato en un primer momento, la narración de cómo cada una de las personas importantes en la vida de Garzón se van enterando del hecho en un segundo momento y por la forma cómo los directos implicados van enredando poco a poco el caso y hasta personas que podrían haber esclarecido los hechos que originaron su muerte van apareciendo muertos también en extrañas circunstancias.

Para no dejarlos con esa gran tristeza que me dejó ver el capítulo aquel de Matarife y llegar hasta el punto final de este libro, transcribo el que para mí fue el mejor de todos los párrafos que lo conforman (ustedes ya adivinarán por qué): “En 2013, el Canal History Chanel hizo un concurso que buscaba elegir, mediante votos de la gente, al gran colombiano de todos los tiempos. Garzón ocupó el segundo puesto, superando a personalidades tan importantes como Gabriel García Márquez, Luis Carlos Galán, Jorge Eliécer Gaitán, Policarpa Salavarrieta y Francisco de Paula Santander” (Pág. 12).

No me queda más que agradecer por un lado a mi mujer y a mi hija, por regalarme este libro en uno más de mis cumpleaños; y por el otro lado al escritor Germán izquierdo, por llevarme a través de su investigación y posterior escritura, más allá de lo que los colombianos vimos durante la década de los noventas y recordamos vagamente, a conocer tantos aspectos de la vida personal y profesional de este personaje entrañable que, muy al estilo de Woody Allen, bromeaba con la verdad. “La mejor forma de bromear”, afirma Allen.

Referencias:


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