Éxodo Venezolano en tiempo de Pandemia.

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Por: Graciela Sánchez Narváez
Ideas circulantes

Nada más triste que encontrar aún, en la Carretera Panamericana de nuestro Departamento de Nariño, a un sinnúmero de personas y familias que caminan hacia el norte, cargando en sus mochilas el cansancio, el hambre y el deseo de regresar a sus lugares de origen.

Con atención intencionada, pude observar que se trata generalmente de gente joven, algunos casi niños, de piel canela y muy delgados. Muchas de las mujeres que viajan en los grupos están embarazadas o llevan de la mano a niños de corta edad. El carrito paseador del bebé está ocupado por toda serie de objetos, como platos, pan, agua, linternas y mantas plásticas. Algunos grupos ya descansan a la orilla, levantando siempre la mano a todo carro que pasa.

Estoy segura de que quien pueda observar este doloroso cuadro sentirá un frio en el corazón y el deseo de ayudar de alguna manera a estas personas, pero también sé que lo pensarán dos veces antes de hacerlo, por dos aspectos fundamentalmente; uno, por la infinidad de comentarios sobre la inseguridad que en estas circunstancias es previsible y dos, porque el nivel de contagio por la pandemia en nuestro país toca los índices más altos, por lo que se han reforzado las medidas de previsión y autocuidado, basadas en el distanciamiento social, y se han establecido otras medidas como la ley seca, el pico y cédula, el cierre del  comercio y el toque de queda. Las dos circunstancias nos ubican ante una terrible realidad: “No podemos ayudarlos”.

En estos días de Julio, cuando ha avanzado el verano y el sol calienta más de lo acostumbrado, los vientos arrancan plantas y tierra amarilla de las lomas, cubriendo la piel de los caminantes y agudizando su sed, no hay casas cercanas y tampoco puede esperarse mucho de las pocas a la vera del camino. Pienso que a estas personas no puede juzgárselas ni atribuirles la responsabilidad completa de lo que ocurre pues, tal vez, la mayoría de ellos se vieron obligados a salir de sus hogares por las lamentables condiciones en que gobernantes incompetentes colocaron a su país, pues, cuando vieron a su pueblo comenzar a desfilar para pedir ayuda en otros lugares, no hicieron mayor esfuerzo por impedirlo.  Es más, parecería que con esta manifestación de incapacidad consideraron que disminuiría su responsabilidad, pues la cargaban, sin ninguna vergüenza ni dignidad, a otros estados.

Por su parte, el desesperado pueblo venezolano, que camina desesperado por las carreteras de otros países pidiendo ayuda y buscando mejores posibilidades, jamás imaginó que su ya lamentable tragedia se complicaría al extremo, con la crisis que asola al mundo y nos coloca a todos en un estado de incertidumbre y vulnerabilidad: la pandemia Covid 19.        

El deterioro institucional, la corrupción, el narcotráfico, la recesión económica y la descomposición social de Venezuela, han generado serios trastornos en los últimos años a los países vecinos, pues sus gobiernos se ven obligados a velar por las condiciones de salud, alimentación, alojamiento y otras medidas para propiciar la educación y el trabajo para los cerca de 4.000.000 de migrantes que deambulan en países americanos. Surge entonces la pregunta: ¿En qué condiciones se encuentra el país que recibe a tanta gente en medio de esta calamidad? Sabemos que en muchos de nuestros países latinoamericanos aún no se han resuelto los mínimos requerimientos de salud, empleo, educación y bienestar integral de muchos de sus propios habitantes. ¿Cómo pueden hacerlo con los migrantes?

Como el imaginario social en torno al migrante venezolano en Colombia no tiene muy buen recibo por las circunstancias anotadas, la crisis es mayor para esta población que humanamente precisa de nuestra ayuda.

Pero el éxodo venezolano parece aumentar sin las medidas mínimas de atención por parte de su gobierno. El flujo descontrolado de migrantes legales e ilegales a Colombia y a otros países ha venido creciendo desde hace ya muchos años, huyen de la falta de alimentos, medicinas y servicios esenciales, pero también de la violencia, la inseguridad y las amenazas. Es el éxodo más grande de la historia en países de América

“Dejamos todo en Venezuela y no tenemos un lugar para vivir”, dicen los caminantes observados. Llama mucho la atención que, después de que las noticias que alertaban sobre el regreso de los venezolanos a su país y sobre los “tacos de gente” que se formaron en las fronteras, debido a que su patria presenta muchos problemas para recibirlos, se han llenado las carreteras, los parques y caminos de ciudades como Ipiales y Bucaramanga, entre otras, a tal punto que los alcaldes han planteado que este es otro problema mayúsculo que no tienen capacidad para afrontar.

Algunos estudios han investigado cómo esta población se hace vulnerable a la explotación laboral y sexual, el tráfico de personas, la violencia la discriminación y la xenofobia.

Hace falta, con urgencia, incrementar en las fronteras un mayor apoyo a los mecanismos de ayuda humanitaria en las carreteras del país y en las fronteras, para complementar los esfuerzos de los gobiernos locales y garantizar que estas comunidades desesperadas tengan un regreso seguro a su país. Considero que esta ayuda ya nos es acción de un solo país, la Organización de las Naciones Unidas y las organizaciones de derechos humanos del mundo entero, deben buscar un plan estratégico internacional para resolver estas situaciones críticas, con la exigencia de recordar las responsabilidades que tiene cada país por encima de las tragedias inesperadas como la que actualmente atravesamos. El auxilio humanitario, más allá de las normatividades gubernamentales y estatales, es un acto ético universal que tiene que ver con la vida y la existencia.


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