Sin ciencia no hay futuro

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Por: José Arteaga
(Twitter: @jdjarteaga)

En el año 2006 China dio inicio a la etapa 11 de su ya habitual Plan Quinquenal de desarrollo, sólo que este buscaba ser revolucionario pues estaba centrado en las prioridades económicas de la llamada cuarta generación de líderes chinos. De esta forma le ofreció a todos los científicos chinos en todo el mundo, unas atractivas condiciones económicas para que volvieran al país.

Durante años el sistema social chino había funcionado en pro de la industria, lo que había llevado a convertirlo en el principal fabricante y ensamblador de casi todo en el mundo. Para ello había incorporado un modelo de fomento educativo de captación. Si se encontraba a alguien con talento, se le daba educación especializada y se lo ponía en puestos de liderazgo en la industria. En China no importan las «palancas». La jerarquía empresarial la determina la experiencia y el talento, nunca el tráfico de influencias.

Pero claro, una cosa es la industria y esa lucha feroz por apoderarse del mundo (mediada en parte con su ingreso a la OMC en 2011 y la aplicación de unas tarifas estándar), y otra cosa es la ciencia. Ante el deseo voraz de hacer dinero y los incentivos para especialistas en producción, los científicos no encontraron lugar en China y emigraron a Europa y Estados Unidos en busca de oportunidades.

Ahora los están recuperando porque se han dado cuenta que sin ciencia no hay futuro. Cada nueva fábrica instalada en China supuso cientos de árboles talados, enormes áreas de terreno desvastadas y el aniquilamiento de la fauna silvestre. Todo eso sin contar la polución de las ciudades. La contaminación atmosférica llegó a matar un millón de personas en un año. De las diez ciudades más contaminadas del mundo, seis están en China, donde en algún momento se llegó a usar mascarilla para moverse dentro y fuera de sus casas. Es lo que se dio en llamar airepocalipsis.

¿Cómo se combate eso? Con una política de medio ambiente a largo plazo y con un trabajo científico que ayude a encontrar alternativas menos contaminantes en todo ese proceso industrial, y soluciones a la crisis sanitaria que viene padeciendo hace años. Por eso no es de extrañar que allí esté el caldo de cultivo de nuevas cepas y nuevos virus, como este que estamos sufriendo todos.

Sin ciencia no hay futuro, vuelvo a repetir. Y eso es algo que con el Covid-19 sufre España también y sufre Colombia con sobrada razón. Los incentivos gubernamentales para la ciencia en nuestros países son infames, y sólo esta crisis ha puesto sus ojos en la necesidad de incrementarlos. La letra con sangre entra, decían los abuelos. Pero no sólo allí está en asunto.

Hace poco me llamó la atención un artículo de «contenido patrocinado» en el diario El Tiempo. Hablaba del desarrollo de atributos diferenciales como imperativo para las compañías de todos los sectores para retener el talento mejor calificado. Y citaba las estadísticas de Merco Talento 2020, el monitor empresarial de reputación corporativa, para saber que empresas fomentaban un equilibrio entre la vida personal y laboral de sus trabajadores.

Es verdad que hace falta desarrollo sustancial en lo técnico y lo tecnológico, pero también es verdad que si no hay satisfacciones personales, el trabajo se convierte en una losa y si hay una mejor oportunidad, se lo deja por otro donde sea. En el exterior, por ejemplo. Guardadas las proporciones, es lo que ha sucedido con la ciencia. Tanto talento que se ha ido a buscar la vida en otros países, porque aquí no ha habido como.

Y hay un dato significativo: ¿cuales son los países que van en cabeza en la búsqueda de una vacuna para el Covid-19? Aquellos que mantienen una conexión entre empresas y universidades, y que fomentan la ciencia. China entre ellas, gracias a ese plan de 2006.


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