Regreso a las sombras (2004)

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INVITADOS A DEGUSTAR ESTE INTENTO LITERARIO ESCRITO CON MÁS SENTIMIENTOS QUE OTRA COSA, HACE YA UNOS AÑOS. Víctor Chaves R.

Todo. Aunque la ciudad ha cambiado: luce más moderna y tiene muchos parques y zonas verdes para que los niños corran, los jóvenes se traben y los perros se caguen, la verdad es que nada impide que todo, cada palmo de césped gris o de cemento color negro empolvado, evoque absolutamente cada uno de los recuerdos grises y oscuros que cuando pueden, se vuelcan sobre  mi cabeza y se reviven en aquellas pesadillas que me hicieron salir corriendo de Bogotá, la ciudad fría, la capital de la inmundicia (para mi), hace ya, más de quince años.

Ahora estoy otra vez aquí. Regresé sin temores, lo confieso. O por lo menos eso era lo que creía cuando Milla,  me reiteró por enésima ocasión la necesidad de que yo volviera para hacerme cargo de lo que quedaba de la adolescencia de Pocho, mi hijo. Apenas volví a verlo, lo primero que pude percibir es la evidencia de una pubertad que ya voló lejos; hace rato que afloraron los pelitos de un insípido bigotillo, y todos los que habitan a su lado ya se habituaron a la ronquera amargosa de su voz y a su inmenso, que a veces luce desproporcionado, tamaño; de inmediato pude palpar la comprensión que me hoy me invade, no sé, de que dentro de muy poco, él podrá hacer de verdad lo que le dé la gana con su vida y la de todos los que lo rodean y que mandará  a su mamita, quien a estas alturas le saca el culo a los cambios que está evidenciando “el niño” a punta de regalitos inoportunos, y a su recién llegado padre, una figura que sólo veía de vez en cuando, por lo general en temporadas de vacaciones, y ahora le tocaba aguantárselo todo el día en la casa,  “mientras consigo un camellito”, a la puta mierda, y sólo convocar a uno de ellos cuando lo necesita para algo que “es importante, de verdad” (plata, dinero, es decir billete, para hablar en términos sencillos).

Hoy sin embargo, más de tres meses después del retorno, los miedos permanecen aquí, en mi cerebro: plenos, totales, acelerando a veces mi respiración y en otras ocasiones reprimiéndola casi hasta el ahogo. ¿Será voluntario ese acto? No lo sé, a veces casi estoy seguro de que sí, que en efecto, me quiero ir ya  de este planeta o de esta vida, por “incompetencia  en el manejo de su cargo”, como diría un jefe de personal recién egresado de la “U”, e ingresado, casi a la fuerza, a mandar en una empresa gracias a “mi papi”, el accionista principal, qué coincidencia, despachando de paso al trabajador que se quebró el culo durante años por esa empresa, y a quien de un momento a otro, comienzan a describir como un mal empleado, que es malo por naturaleza, por aquellos designios del Señor, es decir que no sirve para lo que ha venido haciendo en todo este tiempo y que le dejó al único dueño utilidades por miles de millones; es decir plata a la lata.

No lo niego, de Bogotá salí corriendo, ustedes lo recordarán cada vez que les provoque sentir lástima de mi vida, tratando de huir de las sombras infinitas de los miedos y los vicios. Ya era tarde. No lo niego, fui incapaz de dejarlas atrás. Éstas, las muy malditas, se fueron detrás de mí. Me persiguieron y se metieron de nuevo por la nariz y los pulmones hasta adentrase en las partes vitales de mi ser: la cabeza, el corazón y el alma en últimas, quitándome las razones para vivir aunque sea un momento más.

No lo niego, fue mi propia cobardía la que impidió muchas veces mi suicidio. Aquí, en esta ciudad y en las decenas de sitios donde fui a parar en mi fuga sin rumbo y fracasada de antemano. Fue el mismo miedo a seguir viviendo el que me quitó el valor que se necesita para pegarse un tiro en la cabeza o utilizar el método que quiera para largarse de una vez por todas de aquí.

No lo niego, estoy aquí porque quisiera escribir una historia de amor, algo más bacano, de pronto más interesante, así suene  muy romántico, que le diga a todos, pero para mí en especial a mi hijo, que de verdad esta vida es para vivirla, para gozarla, para aprovecharla a cada palmo, para viajar, para conocer el mundo, otras ciudades, los monumentos, los museos, los bares, las playas, los parques y lo que se quiera conocer; para enamorarse una y mil veces; para entregarse con el alma a los demás seres vivos del mundo, sin importar compensaciones o esperar gratificaciones en metálico; para adorar a tu familia sin reglas ni juicios; para adorar a los amigos que siempre estarán contigo… pero no, nada de todo eso es verdad y ustedes lo saben, sin excepción, y así quieran dibujar en sus propias existencias supuestos paraísos, serán concientes siempre de que todo está soportado sobre un mar de mierda, lleno de miseria y de ambición de poder. Es lo mismo para todos, para cualquiera de nosotros, cuando se abre el alma y el cerebro a sentimientos como éstos.

Sí, de eso sí que puedo hablar. Tengo para decir inicialmente que la vida es todavía una mierda, que si formas parte de los desposeídos del planeta, los mejores y los peores años debes dejarlos convertidos en sudor y sangre, depositando cada gota en los servicios regalados a patrones que, inexpertos o duchos, igual son gángsteres que asaltan a diario el catálogo de derechos mínimos de la gente; que a veces es más humillante el papel que tienes que jugar con quienes son designados por arte de la lambonería más profunda y pertinaz que se conozca, como gerentes, directores, jefes de oficina, administradores o lo que sean, quienes, en últimas no buscan si no salvar su propio  pellejo y hacerse a porciones más grandes de la tajada que les corresponde de la torta del poder, es decir la posibilidad de humillar más y como consecuencia inmediata, hacerse a unos billetes adicionales. Dinero, peor que las drogas más enviciadoras: te mata si no lo tienes o igual si lo tienes por montones. Ese que despierta todas las emociones y los más negros sentimientos, odios, envidias, deseos de acabar con la vida del que te lo escatimó o ganó,  así sea de manera legal o lógica, por las buenas o como sea. Cuando lo tuve, se me corrió la teja de una: enloquecí, como siempre por fuera de todo límite (¿acaso la locura tiene límites?) y cuando lo perdí y me quedé  sin una moneda, enloquecí otra vez y comencé a pagar las consecuencias. Cuando abundaron la moneda y los pesos en la casa mayor, es decir donde los cuchos, todos, sin excepción, gastábamos como desesperados: más de uno vivió una buena época por estar pegados de alguna de las tetillas de esta familia, la mía. Y es que la verdad sea nuevamente dicha, nadie controlaba nada. Mi madre, por la época en que nos acercábamos a la adolescencia, tenía una duda muy profunda a esas alturas: no sabía si ir a consultar a un brujo adivino, de esos que pululan en Pereira, muy cerca de donde vivíamos;  como se lo recomendaban algunas de las vecinas más chismosas del edificio, esas que aseguraban que esos magos del rebusque eran muy acertados y que a más de una les había recitado la lista de mozas, de todas las edades, culturas y carteras, que se habían gozado en camas, catres, cojines y asientos traseros de los vehículos, sus respectivos consortes conyugales, o en definitiva, pagarle “a un tipo” para que resolviera el enigma de las supuesta infidelidades del viejo, que a esas alturas no era tan viejo y por el contrario bullía en la excitación que producen los fajos en el bolsillo; algo así como una piquiña,  y por consiguiente las ganas de unas buenas hembras, acompañadas de un buen güisqui, sin importar el costo de la inversión rumbera y el número de lagartos que se peguen al programa.

Hay que decir que al final mi madre tomó las dos alternativas, gracias a lo cual se enteró de que, en efecto, su marido era un perro de tiempo completo y que éste no cambiaría sino dentro varias décadas, cuando ya de verdad era viejo y no tenía más que una pingüe pensión para sobrevivir. El viejo, en esos años hizo de todo: compró cosas que nunca había pensado poseer: desde revólveres y escopetas para cacería, radios de onda corta, muy sofisticados para esa época, que no los utilizó más que en las exposiciones que por chicanear preparó en varias ocasiones para vecinos, familiares y supuestos amigos.

En alguna oportunidad intentó inflar su pecho con una buena dosis de orgullo ante unos compañeros ocasionales de rasca, pero lo único que obtuvo fue un tremendo baño de electricidad que le quitó la borrachera en un instante, sin que esto le importara ni siquiera a él mismo, pues de inmediato reemprendió la bebeta para ponerse a tono con aquellos.

La actitud botarate del viejo lo llevó en más de una ocasión a pasarse de generoso con todos, incluyéndonos, por supuesto. Mis hermanos y yo, y también la cucha, para qué negarlo, y esto más que un mal recuerdo se convirtió de pronto como en la parte buena del cuento, increíble ¿no?, pero en fin, decía que gozamos de lo mejor y lo más moderno de la época: todos los lujos posibles: la ropa de moda que nos provocara, que era todo un lujo incluyendo camisetas de marca, zapatos para andar por la calle, o deportivos para divertirnos en los parques, o especiales para paseos al campo,  no era nada en comparación con los modelos y marcas de automóviles que llenaban los garajes de cada una de las cuatro o cinco enormes y lujosas viviendas que él alcanzó a poseer. Nada faltaba para nosotros. Había televisores para cada habitación y el cucho se atrevió en esa época a comprar un modelo experimental de computadora casera, cuando éstas apenas eran un cuento de ficción. Recuerdo que ninguno pudo usarla pero todos alardeamos sin cesas frente a los compañeros del colegio, que a propósito era uno de los más reconocidos de la ciudad. Allí los profesores eran bilingües y muy honestos y disciplinados, aunque sea en apariencia, porque el final, uno de ellos resultó timando a los alumnos con la recolección de cuotas para paseos que nunca se hicieron y rifas que jamás conocieron un ganador. Otro se voló con la secretaria, a pesar de ser casado y padre de familia, luego de un largo y clandestino romance descubierto finalmente por un alumno que los pilló en medio de un apasionado beso (“…con tocadita de teta y todo”), detrás de la puerta de rectoría. También fue motivo de escándalo en dicha institución la noticia sobre las tendencias homosexuales seriamente desviadas hacia el gusto por los más jóvenes, evidenciado por otro de los docentes. La verdad es que antes de que se conociera una versión certera de lo que había acontecido, ese profe ya había salido volando del colegio para nunca más volverse a tener noticias suyas. Entonces todo lo que quedó fue una sumatoria de versiones tendenciosas, una mamadera de gallo permanente, pues a todo aquel que se le quería endilgar algún motivo para embromarlo, se le acusaba de haber sido amante del mencionado profe.

Tremendo paraíso en consecuencia para aquél que lo tiene todo a la mano y no busca sino nuevas cosas para aprender y experimentar. En un momento dado, el cucho llegó hasta tener tres carros para uso exclusivo de la familia, además de los que destinaba para otro tipo de misiones (trabajos, movilización de  viejas, en fin, para lo que le ocurriera). Uno lo tomaba él para sus desplazamientos de trabajo y también para cumplir algunas de sus citas personales. Los otros dos los disputábamos entre mi hermano mayor, la vieja y yo. A veces había algún tropel porque los tres teníamos programada alguna cosa al mismo tiempo. La Vieja, quería llevar a sus amigas al gimnasio y al sauna; mi hermano tenía un paseo a la finca de un amigo con unas peladitas y yo tenía programado ir a recoger a un montón de vagos para dedicarnos a molestar a la gente, perseguir a las peladas bonitas, escuchar música a todo taco y, por supuesto para fumarnos un tabaco de marihuana. La disputa siempre se dirimió tras varios momentos de mutuos insultos y restriegues de acontecimientos pasados. Casi siempre fue mi madre la que cedió en procura de evitar una guerra y alguno de los dos, mi hermano o yo, terminábamos llevando a todas las cuchas al club o a donde quiera que fueran. En las noches no había problemas, pues la vieja casi nunca salía y si lo hacía era en el carro del Duro. Por eso los gatos fuimos nosotros mi hermano mayor y yo, cada uno por su propio rumbo, que  a veces se cruzaban, evidenciándose en simples saludos con la mano alzada, el ti ti ti  del pito del carro o algo por el estilo. Nada más durante muchos años, aunque no para siempre.

Un  volkswagen, bonito pero muy pequeño y un campero Ford automático, con cojinería forrada en telas Lee y muchos otros detalles que atraían miradas envidiosas y vaginas sudorosas. Esas fueron las dos opciones motorizadas que durante la mayor parte de nuestras adolescencias dejó el viejo en nuestras manos. Y a fe que las aprovechamos, para bien, para mal  y para todas las intermedias que nos encontráramos en el camino. Gracias a este par de vehículos pudimos deshacernos de las “estorbantes” virginidades que agobian a todo adolescente, pero comenzar también a sumergirnos en los abismos oscuros e infinitos de la maldad, de una maldad no suprema, pero sí suficiente para acabar con ese dejo de inocencia que en medio de tanto lujo y desproporción alcanzaron a dejarnos los viejos.

Cada paseo con los amigos tenía fines determinados: demostrarle con el pene a nuestras novias quién mandaba; probarle a otras mujeres, y a nosotros mismos, que nuestro cetro no tenía una sola dueña; fumarnos el primer bareto y todos los que se pudieran y pudieron a partir de ese instante; acabar con la tranquilidad de la ciudad, o por lo menos de una parte de ella. Las salidas nocturnas para aventurar bombas de agua contra vitrinas, puertas e individuos mal parados mientras esperaban el bus que los llevaría a no sé dónde, se convirtió en poco tiempo en una demostración de poder. Sin darnos cuenta de nada aparecieron otros hijos de papi en sus propios carros que hacían lo mismo que nosotros e inclusive se atrevieron a desafiarnos en batallas con agua que luego pasaron a choques más fuertes, hasta terminar reventándonos la cara a punta de golpes inauditos propiciados con piedras que se lanzaban con hondas buscando reventar el parabrisas del carro enemigo. La cosa se puso verraca cuando la excelente puntería de Darío casi acaba con el primer piso de la casa de un político importante, que le había dado por colocar adornos de porcelana muy cerca de la ventana principal, en la sala. Junto a ésta, en el comedor, cenaba la familia completa; Padre, madre, hijo e hijas saltaron como pelotas de caucho cuando sintieron el estruendo del vidrio quebrado: pensaron que alguien disparaba desde afuera. Bien gorditos que eran los cinco, fue obvio que al intentar movimientos bruscos, mandarían con sus cuerpazos al carajo todo lo que estuviera cerca y mal agarrado de alguna parte. Lo primero que voló fue la vajilla: Platos soperos, ensaladeras, tazas y vasos acompañaron al escuadrón de cubiertos en su inusitado periplo por el resto del comedor. El hijo mayor de esa connotada familia, compañero nuestro en el colegio, se llevó por delante el armario que albergaba al resto de la vajilla y otros elementos que por supuesto contribuyeron a matizar esta desventurada y casi trágica aventura. En su caída arrastró a Anita, el tamal con patas, como le decíamos en aquella época a la súper regordeta hermana menor, quienes la  conocíamos, porque después se mandó a aplicar todas las novedades estéticas disponibles y quedó convertido en un verdadero (increíble) bombón; ésta se prendió del mantel para evitar un descenso muy brusco pero lo único que logró fue terminar de armar el concierto de finas lozas volviéndose trizas contra el esmaltado parquet del piso. No más de cinco segundos (tal vez menos) tardó esta escena. Sin embargo, el político y los suyos permanecieron unos tres minutos debajo de la mesa y de donde pudieron, siempre esperando lo peor. Cuando por fin, el hombre de la casa se atrevió a asomar su cabeza, sin dejar de notar y por supuesto ocultar la humedad que ahora habitaba  entre sus piernas; comprendió de inmediato lo que había sucedido. El temor de ser asaltado o sacrificado se transformó de inmediato en cólera y furia. La esposa y los tres hijos del político no comprendían por qué su padre vociferaba y maldecía mientras  recogía algunas piezas destrozadas y observaba un charco de agua no muy grande que se apreciaba confundido con los pedazos de la vidriera. “¿Quiénes eran los que trataron de matarnos, papá?”, le preguntó con la respiración a punto de reventarle los pulmones alguno de ellos mientras los sollozos y el desconcierto seguían reinando en el lugar. “Quién, hijue puta nos hizo esto?. No fue un atentado ni nada de eso”, dijo de pronto el político. “Tampoco es un asalto ni nada por el estilo. Se trata de la obra de algún mocoso maldito. De esos malparidos gamines que andan lanzando bombas de agua contra la gente honesta y sus casas”, aseguraba y repetía casi a los gritos mientras recogía ahora el cauchito de la bomba del globo que acababa de cumplir su letal misión. “Yo ya había escuchado de esos malditos, pero no pensé que fueran tan hijue… madres…”. Así estuvo un par de minutos más. Varios golpes en la puerta principal terminaron de aterrizar a la familia del estado casi hipnótico que hasta ese momento los había invadido. De la cocina, que quedaba al fondo, la sirviente, que creo que se llamaba Teresa, corrió a abrir con una palidez que en ese momento la hacía parecer de la misma genética que regulaba la sangre de esa blanca y pura familia.

Era Tomás, más conocido en el colegio con el alias de Pájaro, después de que un profesor le bromeó cantándole en público aquello del “Pájaro que tomás, tomás”. Pues bien, este bicho no dudó en sapearnos: “Yo los conozco Senador”, vociferó con tono servil, aparentando un sano heroísmo. Luego agregó: “en el  campero de los Rojas, que lo iba manejando uno de ellos, iba el Gordo Darío, uno de los tipos más caga… perdonen, más indisciplinados del colegio. Él fue el que lanzó la bomba con agua”, y luego insistió: “El tal Darío es ese tipo grandote del Granada que también estudia con nosotros. Es un vago que no tiene ni padre y como es bueno para mamar gallo, recochar, echar cuentos y levantar sardinas se le han pegado varios de los más ahuevados del grupo, a ver si saca de su empendejada, será”. Cerró su breve pero detallada explicación, pero el político y su familia, apenas si alcanzaron a entender o a interpretar algo de lo que Pájaro les dijo. Pero fue suficiente: Por orden de su padre, el hijo mayor tomó el teléfono y llamó a la policía. Apenas supo quién era la víctima, el comandante de turno envió un par de sus motorizados. Cuando llegaron, el viejo ya tenía una versión muy completa de los hechos sucedidos, además del teléfono de mi casa y mi nombre junto al de Darío como los directos responsables del insuceso. Para qué contarles que el gordo y yo terminamos pasando un par de noches en uno de los calabozos de la comisaría de la ciudad.

Al principio estábamos como asustados, viendo las caritas de los malhechores que nos acompañaban: atracadores de medio pelo y ladronzuelos de ocasión que no desperdiciaría chico alguno para tratar de quedarse con mis finos zapatos, mi pantalón de marca o lo que fuera. Pero una vez que entramos en confianza, las cosas cambiaron de color: un tombo nos consiguió barítica y bien entrada la primera noche llegó un mancito con una media de ron entre sus pantalones. En conclusión la pasamos bacanísimo e hicimos nuevas amistades, sobre todo pensando en el futuro que esas alturas lucía más emocionante y atractivo que nuca. El tiempo nos daría la razón, pero también nos la quitaría con una especie de raponazo.

Quién diría en ese momento que apenas un par de años después, estando ya en Bogotá, a donde nos habíamos trasladado dizque para estudiar y trabajar, mi hermano y una gran parte de mis amigos, incluyendo al Gordo, la vida nos hubiera puesto a casi todos de cabeza contra el suelo y nos impulsaría contra éste hasta reventarnos, a algunos para siempre. Aquí, adonde yo estoy ahora de regreso, tras muchos años de huirle al momento de los balances y las reflexiones, es el  imperecedero escenario de los perdidos; aquí es donde el que se resbale se jode: las opciones se escurren como la espuma del jabón del cuerpo, y se le van por la alcantarilla hasta los desagües más pestilentes que cualquiera se pueda imaginar.

Aquí, en la inmensa ciudad, el amor y los odios van de la mano y no te debes sorprender si terminas en la cama con la mujer de tu enemigo y luego tener que salir corriendo cuando descubres que casi, si terminar de ajustarse el cuco o de ponerse la blusa, ésta ya te estaba sapiando, indicándoles a todos tu guarida y esperando a que te vuelen la cabeza para ver qué recoges de las sobras. Aquí matas o te mueres, pero también te puedes morir solo: soplando, metiéndote todo el vicio  que aguante tu puta cerebro. Aquí puedes soplar basuco dos o tres semanas seguidas, sin que se dejen de erizar los pelitos de los brazos, el cuello y las piernas, cada vez que una sonrisa amarillenta, fracturada en mil esquirlas y quemada se te acerca a pedirte un ploncito y tú tienes que refutar alegando que es el último cosito y si se lo paso parcero, después qué hago con este embale tan hijue puta.

Después de la tercera o de la cuarta noche, ya no caminas: flotas y el ritmo del corazón a mil y culo tamborileando en tus oídos es tan insoportable como un taladro en las güevas; la excitación es tan grande que a duras penas logras armar el siguiente pistolo, la intensidad de la luz te acribilla y cualquier ruido en el piso, en el techo, o en la calle a través de las ventanas, te hace pensar en lo peor: que ya vienen los tombos y que nos van a llevar a quién sabe donde a darte todo el palo que te mereces, y más.

Más adelante, unos tres o cuatro días después, sientes lo mismo, pero ya no te importa, lo que pase contigo será, de todas maneras lo peor; la angustia está prendida en tu estómago y quiere salirse en forma de mierda con todo y las tripas. Nada pasa, un embale más, una embarrada más: Tu familia ya ni siquiera te odia: ahora siente lástima por ti y eso es lo peor que te puede acontecer. Ahora eres la basura que siempre supiste que llegarías a ser.

Sí, es verdad, la ciudad no ha cambiado sino para empeorar, sólo que, para mi, ahora la rondan los fantasmas de quienes parecían estar vivos cuando yo andaba por ahí, por cualquier lugar en busca de algo que te caliente la cabeza.

Ahora estoy otra vez acá y ya comenzaron a aparecer los que aún no han muerto. Quihubo mijo, hace años que no le veía. Como no volvió a aparecer por allá por Freíd, desde que la cagó con Pedrito. Lo sapeó, ¿no?, fresco que cuando toca abrir la boca, pues toca. O ¿qué quieren? ¿Que sólo nos quiebren el culo a los más huevones? No hermanito, ni por el putas. Fresco hermanito que yo tampoco ando más por allá. Y ¿sabe qué?, le tengo de la buena, de la perica que usted pueda imaginarse. Está durita, si es pura roca. Sabe ¿qué?, anote mi celular para que me llame y si es harta, yo se la llevo hasta su casa. Domicily service, como le llaman ¿no? También tengo yerbita, puro moño, mango biche, punto rojo, de la de Caicedonia, que es la mejor que llega acá a la capital. Usted sabe de lo que le estoy hablando ¿no?, no se me vaya a hacer el marica ahora.

– Fresco negrito, yo lo llamo apenas lo necesite. Deme por ahora un moñito de unos 3 mil pesos, para ver cómo está la vaina…


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Un comentario en “Regreso a las sombras (2004)

  • el julio 23, 2020 a las 2:27 pm
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    Además del español… ¿Entiendes otro idioma
    como el inglés?

    Porque si es así, entonces tienes a tu disposición
    toda una MINA DE ORO y un mar de oportunidades.

    Es cierto: Cientos de compañías alrededor del
    mundo te están buscando en este momento
    para que les ayudes a traducir documentos sencillos
    desde casa.

    Más información aquí:

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    Y lo mejor de todo es que NO necesitas experiencia.

    Basta con que entiendas otro idioma para que
    comiences a rentabilizar ese conocimiento que YA
    tienes.

    Te recomiendo que visites el enlace cuanto antes
    para que te enteres de que se trata.

    Un saludo. Paco

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