Vergüenza: Un ejército violador

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El país no sale de su asombro con las noticias recibidas recientemente en las que aparecen involucrados miembros activos de nuestro Ejército Nacional acusados de violar a menores de edad pertenecientes a poblaciones vulnerables, en sitios alejados de las grandes ciudades.

Por. Edwin Mejía Ch.  frankymejiach@yahoo.es

Veníamos acostumbrados a que eran los representantes de las Iglesias (sacerdotes católicos y pastores evangélicos, entre otros) quienes cometían estos delitos, y los delincuentes “normales” de nuestra sociedad quienes ultrajaban a los menores y a las mujeres. Aquí no se pueden diferenciar entre los abusos sexuales de sacerdotes, pastores, civiles, soldados, policías y guerrilleros, estos siempre serán abominables.

Recientemente, el investigador y analista Ariel Ávila, quien publica una columna en la Revista Semana denunció que otra niña de 15 años de la etnia Nukak Makuk del departamento de Guaviare fue secuestrada por dos soldados, según la menor ella violada; ella fue ultrajada durante dos días sin comida ni bebida; los hechos habrían ocurrido en septiembre del 2019, después del vejamen fue abandonada en una de las carreteras de la zona.

Aquí lo extraño es que, a pesar de que los hechos sucedieron el año pasado, las “ias” que ya conocían el caso todavía no se han pronunciado.

Cuando estaba más joven, tanto en el colegio como en la universidad, me enseñaron que los malos eran los de la guerrilla, pero que para defendernos de esa maldad estaban nuestras Fuerzas Armadas, especialmente la Policía y el Ejército, ¿hoy me echarían el mismo cuento?

Tenemos dos sectores, una guerrilla y unas Fuerzas Armadas; los primeros, hasta hace poco, ilegales, (hoy legales con el Proceso de Paz), los otros, Ejército,  completamente legales; los del Ejército con un sueldo mensual fijo  -así sea bajito- los subversivos no tienen salario; los guerrilleros  son analfabetas, los del Ejercito son preparado académicamente; los subversivos sin oportunidades de progreso ni de estudio, los soldados con muchas alternativas; los soldados duermen en camas, en los batallones,  los revolucionarios en el monte, en la tierra; son muy claras las diferencias, o sea que si nos asombramos de los vejámenes de la guerrilla, qué no podremos decir de los ataques sexuales del Ejército contra las menores en condición de desfavorabilidad. Como ya lo dije, con este argumento no pretendo defender ni justificar los ataques de la guerrilla contra los humildes colombianos, ni más faltaba.

Se queda a la espera de los pronunciamientos de las “ias”; esto no puede quedar impune.


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