Poesía y Declamación

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Por: Graciela Sánchez Narváez

El acto de crear textos literarios, o sea de dar vida a lo que no existe aún, es una labor de mucha responsabilidad, sobre todo cuando de producción de versos se trata. Por mucho tiempo la versificación fue la única manera de hacer literatura. La “poiesis” o poesía estaba unida a la declamación, que también era un arte complementario. Se escribió teatro y novela de manera versificada, como en los clásicos ejemplos de La Ilíada, La Odisea, El Mio Cid, Hamlet, etc., así que la “poiesis” no comprendía solamente la lectura sencilla o agradable, sino la interpretación de los textos creados, ya fueran poema, drama, o épica. 

Además, quien interpretaba un poema lo declamaba o lo recitaba, prácticamente lo reescribía, porque con sus gestos, con su entonación, representaba la polifonía de las voces que, por lo general, eran las de los personajes que el autor había incluido en su texto; de modo que el declamador les imprimía el sentido que, según su criterio, les había dado el autor. Esta actividad era un acto artístico obligatorio en las tertulias literarias o en las reuniones sociales nocturnas, que hasta recientemente se realizaban, sin embargo, poco a poco se fue perdiendo esta costumbre, especialmente porque la poesía moderna no es rimada, para dar paso a la lectura de los poemas por el mismo autor o por lectores que desempeñan un papel crítico.

  En la declamación, el lenguaje corporal, que se unía al contenido de la obra literaria, se acompañaba del movimiento de las manos y de la tonalidad en la voz, para transmitir las emociones, de tal manera que se despertaba en el escucha una conmoción enorme y necesaria para hace vivir en carne propia la experiencia evocada.

 Bajtín, entre muchos otros lingüistas, habla de la importancia de la entonación y de la gesticulación, argumentando que, por esta causa, un mismo enunciado puede expresar cosas completamente diferentes.  Para este autor es tan importante la polifonía del texto que, es solamente ella la que puede dar el sentido propio a los sentimientos del autor. A veces, en este trayecto, el intérprete se vuelve escritor porque cambia, con sus gestos y tonalidad, el sentido original de las palabras del autor.  Esta presencia activa de la voz del autor, mezclada con el protagonismo del declamador, instauran en el escucha el sentido emotivo del texto.

La poesía moderna, sin embargo, se caracteriza por su capacidad de síntesis y de asociación. Su principal herramienta es la metáfora, aunque en la actualidad, se escucha mucho una poesía un poco más declarativa, es decir que está elaborada con un lenguaje más directo, ya no considera esenciales las figuras y formas literarias, de modo que su estilo libre lleva al poeta a no preocuparse por la métrica y la rima, y más bien se dedica al contenido y al mensaje.  Se ha afirmado que detrás de cada obra artística hay una historia, lo que parece más evidente con las creaciones elaboradas en verso libre, que han dado campo para narrar más directamente, por lo que hay una oleada de gente joven escribiendo poesía de esta manera, tanto, que a veces estos textos se confunden con la prosa.

 Es por esto que, Jakobson habla del lenguaje poético en términos del mensaje. Es el contenido y no la forma lo que caracteriza al poema moderno, que trata también de liberar al verso de las restricciones de la métrica y de la rima.  Es al final del siglo XIX cuando la poesía empieza a liberarse de las formas y se compromete con la rigurosidad y la pulcritud del contenido; se contribuye así con el nacimiento de una nueva y propia forma rítmica, que es como un canto interno, a veces imperceptible, pero que le da musicalidad a la poesía en general.  Asistimos entonces a una muestra de poesía que es libre de mil maneras y que toda se encamina aún a liberarse de toda la normatividad exigente que la había marcado, generando nuevos universos que llevan a hablar de metapoesía, ecopoesía, biopoesía etc.

Con el establecimiento del día de la poesía, por parte de la UNESCO, se dio paso a una corriente de poesía joven caracterizada por este sello de libertad, al punto que a algunos poetas de la vieja guardia les molesta el hecho de que sea tan fácil escribir poesía, cuando consideran que, tal vez, esta debe requerir de un poco más de rigurosidad. Con estas mismas concepciones, no han faltado quienes, confundiendo la libertad poética con el facilismo, hayan producido irresponsablemente obras que nada tienen que ver con la literatura y menos con la poesía.  En este tiempo de pandemia, se han constituido un sin fin de grupos de poetas de todas las edades, creando textos de distintas calidades, algunos, experimentando sus habilidades.

Es razonable opinar que la distancia de los seres queridos, la imposibilidad de  expresar nuestros sentimientos, pone a flor de piel los afectos y emociones, algunos cantando a la esperanza de saber que algún día se terminarán estos momentos de incertidumbre, para luego  abrazarnos y renacer nuevamente, otros, con el desaliento del hambre,  el desempleo, la incertidumbre de la soledad, la amenaza de la corrupción aún en tiempos de tragedia, el  amor frustrado, el desconcierto de la vida y de la muerte, el valor de las cosas, la igualdad y la diferencia en las clases sociales, la amenaza de la enfermedad desconocida, la incapacidad de los gobiernos, etc. Nos queda el deseo de vernos, de estar sanos, de cuidarnos entre todos para algún momento compartir nuestros poemas. 

Por lo pronto, comparto con ustedes, mis amigos lectores, un poema de mi autoría, a propósito de la Pandemia.

Pandemia

Sólo mi ventana es ojo abierto

a las calles vacías,

silenciosas,

serpientes cansadas,

inquiriendo al cielo su condena.

¿Dónde está la gente que amaba,

que corría,

cargando su propio afán y su contienda?

¿Dónde están los viajeros de paso

que observaban la insidiosa fuga

de inocentes mariposas?

Tal vez, esperan la magia del espejo

que refleja su cara limpia,

su boca ardiente,

sus ojos enamorados,

transparentes

y la angustia desvelada.

Mi ventana libera un ave sin alas,

me acerca

al rio que recibe cuerpos sin aliento,

al miedo que cambia de nombre en las esquinas,

a la tristeza que saborea los adioses,

hasta nunca,

hasta siempre,

de quienes no vencieron la cascada,

de las gaviotas que volaron contra el viento

y quedaron sin aire en el descenso.


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