EL CORREO POSTAL

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Por: José Arteaga
(Twitter: @jdjarteaga)

Hay un dato de la última estadística del Ministerio TIC correspondiente al cuarto trimestre de 2019 que llama la atención. En Colombia se enviaron 23,683 millones de cartas. De esos 23, 20 fueron correos masivos (publicidad, facturas, comunicados, en fin), pero 3 millones eran cartas personales. Una cifra altísima, cuando pensábamos que el correo postal había muerto. Pero tiene su explicación.

Es lógico suponer que el Covid-19 ha acelerado la agonía de la correspondencia postal personal, en la que antes brillaban la carta por su contenido, la postal por su belleza y el telegrama por su inmediatez. Los niños de hoy mantienen viva la llama, por aquello de la carta al Niño Dios, a los Reyes Magos o a Papá Noel, según el lugar donde vivan, pero es un factor de comunicación que ha caído en picado.

No es de extrañar. El e-mail primero, las redes sociales después y la mensajería telefónica tipo WhatsApp más tarde, golpearon el sector, aunque también los altos costes. Hace pocos años enviar una carta de Colombia a España podía llegar a costar 100.000 pesos, ¡una cifra escandalosa! con todo y la devaluación. Ya entonces para una persona mayor, sin conocimientos del mundo digital, era preferible aprender a manejar un computador que gastarse la plata en un envío postal.

Eso en cuanto a lo personal, pero ¿y los correos comerciales? Bueno, dice la vieja regla de la publicidad que del papel algo queda. Flyers, volantes, impresos y propaganda sigue existiendo en la medida en que esa regla funciona. O sea, aunque sigue existiendo demanda. Como se ha incrementado la demanda de paquetería y envío de mercancía. Amazon ha sido la empresa que más prospera durante la cuarentena, llegando a vender 10.000 dólares por segundo. ¡Otra cifra de escándalo! A las empresas locales de envío no les ha ido tampoco mal, aunque han tenido que bajar los costos para competir con el gigante global.

Y mientras todo eso sucede, el mundo de las postales, contra todo pronóstico se ha reactivado. El año pasado Deutsche Post, empresa estatal alemana de correos llevó 147 millones de tarjetas postales. Una cifra inferior a los 210 millones de diez años atrás, pero una cifra tremenda al fin y al cabo. Sus directivos dicen que este año, durante el Covid-19,  la mayoría de las postales enviadas fueron de solidaridad y consuelo. En suma, la postal se mantiene viva.

Todo el mundo sabe que las postales se guardan y sirven tanto de decoración como de recuerdo, y por, y también por la sensación de ser un producto proveniente del pasado, hay cientos de apps que ayudan a escogerlas, redactarlas y enviarlas. En webs como Mypostcard se pueden, incluso, montar fotografías propias en plantillas y enviarlas desde cualquier teléfono para que lleguen físicamente a su destino. Y contraria a la idea que las redes sociales atentan contra la postal, hay una herramienta en Facebook e Instagram llamada Postagram, que realiza el mismo servicio que Mypostcard.

Al fin y al cabo, cuentan los Community Managers, la idea de una postal es la misma que la de Twitter: decir lo que sentimos en pocas palabras.

¿Pero qué pasa con las cartas? Pues que al rescate de las cartas han aparecido las webs de contactos. Por ejemplo Penpal World, la más antigua de todas, tiene una nivel plus para enviar carta de amor de puño y letra. Eso ha relanzado las amistades por correspondencia, porque tanto esta web como Postcrossing o Wanderful, están en Instagram y Pinterest, y hay alguna que te ofrece una redactora con una letra muy bonita para que escriba lo que le dictes.

Todo esto no significa que esas tres millones de cartas enviadas en Colombia entre octubre y diciembre de 2019, sean a causa de estas webs, pero la idea que tienen las empresas estatales de correo de nuestro país y de otros es aumentar esa cifra proponiendo apps para hacerlo desde casa. Y, fíjense como es la vida, son las escuelas de idiomas las que más utilizan ese servicio. En Inglaterra enviar correo postal a otros países se utiliza desde hace décadas como una herramienta eficaz para aprender otra lengua.

En el colegio de mis hijas eso ya se hace y el efecto es maravilloso, y no tanto por aprender otro idioma, sino por la posibilidad de ponerse en contacto con chicos de colegios distantes más allá de una videollamada o un chat. Es la versión romántica del futuro.


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