Crónica: Así recuerda Mauricio Bravo a su padre

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En este nuevo artículo del periodista y escritor nacido en San Pablo, norte de Nariño, se hace una evocación paternal que a muchos nos hace evocar nuestra propia historia. Entre el Nicomedes Bravo que me han contado y el que alcancé a conocer.

Por: Mauricio Bravo Cerón

La vida me dio muy poco tiempo para conocerte, papá. Yo hubiera querido al menos un poco más. Conocer tu historia contada de tus labios, así como ahora y a retazos voy conociendo la de mi madre. Crecer a tu lado y no que, en lugar de eso, tu partida definitiva terminara por confundir en mi infantil cabeza el concepto de la palabra “muerte”.

Y es que justo el día de tu entierro cumplía yo escasos ocho años. Veía caras tristes a mi alrededor, y esas caras tristes intentaban convertirse un instante en alegres para felicitarme, y darme algún regalo, por mi cumpleaños.

Ahora, mientras te escribo, hago recuento y me quedan las escasas ideas que de ti algunas personas, sobre todo mi familia, me han contado, y unos vagos recuerdos, de la escasa época en que convivimos.

Para empezar, la historia aquella del dolor de hígado de mi mamá que resultó siendo este hígado parlante que hoy, por el día del padre, te escribe, al que pusieron por nombre Mauricio y alguien muy especial para esta familia rebautizó con el tiempo Charlie Brown.

También me cuentan que, siendo aún bebé, me cargabas en tus brazos y conmigo por la casa caminabas, y parecíamos como la imagen de ese santo conocido como San Antonio. Me hubiera gustado conservar una fotografía de esos días. Hasta ahora no ha sido posible.

Supe que fuiste cadenero por mi madre que cierta noche lluviosa me explicaba: tiempo atrás la vía de San Pablo hacia lo que hoy es Florencia, Cauca era tan estrecha que sólo cabía un carro. Por eso una persona debía ubicarse a la entrada de San Pablo y otra a la entrada de Florencia y, vía telefónica, notificar que un carro ya había llegado a su destino para así poder despachar el siguiente en sentido contrario y evitar accidentes o trancones innecesarios. Y así sucesivamente.

Uno de esos héroes fuiste tú.

No sé si después o antes de ser cadenero, trabajaste en el resguardo. Eras aquel personaje que iba tras las huellas del licor adulterado para que la juventud de la época ni se intoxicara ni se quedara ciega por culpa de ese veneno líquido. También fuiste personero municipal y de eso me enteré no sólo por voz de ella, también por la revista Huellas de 1999, año de mi grado como bachiller, en la que apareces en una foto por aquella época.

Pero el oficio que más te trae a mi recuerdo es el de la sastrería.

Al llegar a casa, aunque no fueras rey, había un lugar reservado sólo para ti: el asiento de la cocina. Ese era tu trono y todos, esposa e hijos, lo sabían (lo sabíamos) y así lo respetaban (lo respetábamos). Desde ese trono repartías tu bondad en forma de carne, mitad para ti y mitad para tus hijos. Todo a manera de un ritual gastronómico. Ese asiento hoy en día sigue siendo el preferido de nosotros tus hijos.

Hace poco supe que mi mamá y tú se casaron a escondidas de mi abuela Sara. Ella no te aceptaba: pues llevabas más de 25 años de ventaja en la vida a mi madre y, por si eso fuera poco, tenías dos hijos, a quienes mi madre, en su nobleza, supo recibir y criar como propios (mis hermanos Nico y Estela). Que al casarse contigo mi madre se casaría con tres, decía mi abuela. Y tan brava se puso al enterarse del matrimonio (oficiado un día cualquiera alrededor de las siete de la noche, por el recordado Monseñor José Antonio Bolaños y dos testigos: doña Tirsa Maya y su difunto esposo don Elías Bolaños), que duró tres días encerrada.

Eso y más me han contado sobre ti.

Sin embargo dice una frase del maestro García Márquez (QEPD), que “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Por eso, basado en esa frase, hoy no hablaré del Nicomedes Bravo que fuiste. En lugar de eso, y a manera de homenaje, hablaré del que recuerdo. Del que, sin querer o más bien queriendo, dejaste impregnado en mí, quizás a través de un sueño por los días de agosto de 1989 en que falleciste.

Cierro los ojos un instante para recordarte y lo primero que veo es a ti parado frente a un viejo televisor de perilla sobre un armario, más viejo aún, de madera que todavía conservamos en esta tu casa, aunque ahora ya no ocupa el mismo sitio del recuerdo. La pantalla del televisor muestra una pelea de boxeo. A mi corta edad, no sé quiénes eran los peleadores, y creo que saberlo me daría una idea cercana tanto de tu pensamiento como de tu sentimiento de aquellos días.

En fin, lo que importa para este relato y para mi recuerdo eres tú con un pie sobre la cama que está a tu espalda y el otro en el suelo, siempre la misma e invariable posición, concentrado en la pantalla, dando puños al aire con toda la energía que tu ya avanzada edad te permitía, como si fueras el boxeador colombiano de turno; hablándole a gritos, como buen apasionado del deporte, a aquel que se debatía allá en aquel cuadrilátero, como si fueras su entrenador, como si por un remoto arte de magia (posible hoy con ayuda de la tecnología) él te escuchara.

Con tanta pasión recuerdo haberte visto hacerlo que creo que si te hubiera alcanzado a tener a mi lado  dos o tres años más, habrías terminado por cambiar mi actual vida y aficionarme al boxeo en lugar de al fútbol, como empezó a suceder desde que, ya muerto tú, me levantaba muy temprano todos los domingos para ver a uno de los artífices de ese Monumental e inolvidable 5-0 frente a Argentina, el “Tino” Asprilla, correr como gacela entre volantes y defensores en su mayoría italianos en el Parma y marcar tantos históricos goles.

Creías en Dios mas no en los curas, y tus razones de peso tenías. En ellos veías a un humano más tan proclive a cometer pecado como cualquier otro ser humano. Eso quedó evidenciado, poco antes de tu muerte cuando pediste un crucifijo y no un padre para confesarte por última vez. Y a medida que he crecido, aunque bajo otras circunstancias, he venido adquiriendo un pensamiento similar a ese. Ahora entiendo de dónde me viene.

Y he aquí el recuerdo de ti que más me ha marcado y al que quería llegar. Aunque alguien, no recuerdo quién, me dijo alguna vez que es mentira, que no ocurrió así y yo tiendo a creerle. Ocurre esta escena en el Hospital San Carlos de San Pablo, donde te habían  llevado tras sufrir un derrame cerebral, donde pasaste tus últimos días. Como el médico que te atendió recomendó no dejarte solo, mi mamá, mis hermanos y yo nos turnábamos para cuidarte.

No recuerdo quién salía de tu habitación para entrar yo a cuidarte. Sólo recuerdo que al poco tiempo de dejarnos solos, tú despertaste. Creo que hablamos un rato y en un momento dado me dijiste que querías ir al baño. Estabas en una condición tal, que había que ayudarte incluso para eso. En mi recuerdo, saqué fuerzas de donde no tenía, te pusiste las chanclas, te apoyaste en mí y fuimos hasta el baño, orinaste y regresamos hasta tu cama. Poco tiempo después de regresarte a la cama, descansabas en la paz de Dios.

Ese, a grandes rasgos, es mi más inverosímil recuerdo de ti. Por entonces estaba próximo a cumplir mis ocho años, es decir técnicamente es difícil, por no decir imposible, que un niño de mi edad y condición física pudiese llevar y traer a alguien de tu edad y condición física, por más que sólo fuera de la cama a un baño que estaba ubicado en la misma habitación de hospital y viceversa. A pesar de todas las leyes de la física que transgrede, ese recuerdo vive en mí. Y si aquí lo pusiste, en algún lugar entre mi cabeza y mi corazón, sólo puedo llegar a una única conclusión: Lo hiciste porque, más allá de la sorpresa que resulté ser al nacer, de los problemas que hubo entre mi mamá y tú cuando a raíz de la meningitis que sufrí siendo tan sólo un bebé estuve técnicamente muerto y de lo poco que llegaste a conocerme y compartir conmigo, me quisiste mucho.


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