Dannier Hurtado, de médico a paciente por Covid – 19

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Su regreso a San Pablo. Nunca a sus 27 años de vida el médico tumaqueño, Dannier Mauricio Hurtado Correa, del Hospital San Carlos, había sido hospitalizado, menos en las condiciones en que lo fue al contraer el Covid 19.

Por: Mauricio Bravo Cerón.

Esta triste historia que acaba de sufrir y vivir para contarla, la considera a la misma vez una experiencia enriquecedora que lo ha hecho crecer personal y profesionalmente, al punto que ahora lo que más quiere es regresar a su trabajo para seguir contribuyendo desde su profesión a sacar adelante a San Pablo Nariño, municipio del que hoy, tres años después de su llegada, se siente un hijo adoptivo.

“Cómo no sentirme así después de las muestras de cariño que me ha brindado la gente de este municipio (del que tiempo atrás solo tenía la noción de fuertes tomas guerrilleras), antes, durante y después de mi experiencia con el Covid 19, señala Hurtado Correa, quien, al regresar a San Pablo, esperaba ver a unas pocas personas de confianza. Y sin embargo, fue lo contrario, al llegar al Santuario de La Playa, hallose a una ambulancia del Hospital San Carlos y algunos carros de colegas y conocidos suyos, queriendo hacer de su llegada una caravana.

Esto y ver a la gente de la comunidad sampableña y a sus compañeros del Hospital San Carlos agitando banderas y aplaudiendo su regreso al entrar al pueblo logró hacer brotar de sus ojos unas cuantas lágrimas. Por eso hoy más que nunca su principal deseo es que la segunda muestra le salga negativa para Covid 19, para así poder volver por un lado a ver, después de más de veinte días, a su hija Lía Martina, de unos pocos meses, y reintegrarse a sus labores médicas.

La niñez, la juventud el fútbol y la medicina

Su niñez fue una época bonita y la vivió, recuerda, en el barrio Avenida La Playa, uno de los sectores principales y más tranquilos de su natal Tumaco, rodeado de amigos, jugando al fútbol y soñando en principio con llegar a ser un futbolista profesional. Para ello se inscribió a una escuela que entrenaba y fue aceptado, pero al ver que su mamá no quería eso para su vida y que no lo apoyaría con la compra de implementos deportivos, decidió retirarse.

El segundo camino, lo sabía desde un principio: si no era el fútbol habría de ser algo relacionado con la salud. Habiendo hecho un Técnico en Enfermería, doña Rina Correa, su madre era muy buena en este oficio y muy solicitada para hacer curaciones, aplicación de inyecciones o canalizaciones entre otros procesos. A esas visitas siempre la acompañaba el joven Dannier Mauricio, que desde entonces le fue cogiendo cariño a la medicina. Quiso entrar a estudiarla en la Universidad de Nariño, pero, habiéndose presentado por comunidades negras, su puntaje sólo le alcanzó para el segundo puesto.

Así que debió optar por una privada: la Fundación Universitaria San Martín, sede Pasto.

La experiencia vivida ahí la recuerda como una de las más bonitas de su vida, porque estaba en la vida universitaria, de la que le habían hablado maravillas, y porque estaba estudiando lo que él quería. A pesar de que, al ser costosa la carrera en esta institución le generaba limitaciones, escases de salidas con amigos y el deber de ahorrar para su manutención en una ciudad cara como Pasto, esta realidad no impidió que se gozara su época universitaria de principio a fin y que hoy recuerde gratamente a sus profesores y compañeros, como también a sus experiencias en las rotaciones, con mucho cariño.

Terminado su periodo de materias y rotaciones, quiso que su mamá, quien se encargaba del 100% de su crianza desde que su padre los abandonara para formar otra familia, dejara de cubrir sus gastos.

Había llegado la hora de que un sorteo, definiera su año rural. No obstante él quiso hacerlo de otra manera: en ausencia de tarjeta profesional, se buscó un lugar donde poder trabajar como independiente, con un contrato por prestación de servicios, para ganarse algo de dinero y experiencia laboral. Gracias a Lizeth Benavides, una médica amiga, que se convertiría en su primera profesora post-universidad, logró ubicarse en Iles, a media hora de Ipiales. Ahí trabajo durante seis meses, hasta sentir que ya estaba listo para hacer su año rural.

Ahora sí se presenta al sorteo y le toca en suerte el municipio de San Pablo Nariño.

Llegada del Covid 19 a San Pablo y a su vida

En principio, el médico, al ver al Covid 19 por allá tan lejano, como se diría coloquialmente “al otro lado del charco”, a pesar de su conocimiento profesional que le ampliaba el panorama frente a esta realidad comparado con una persona del común, se confiesa un escéptico de que un día este virus llegara a Colombia, a Nariño, a San Pablo y a su joven vida. Con total sorpresa en el rostro lo vio arribar por el aire a Bogotá Colombia y esparcirse lento a otros departamentos y ciudades, hasta que poco después estaba entrando a Nariño por la frontera con el Ecuador.

De hecho, fue a él a quien le tocó recibir, en un par de llamadas, el domingo 24 de mayo, la noticia de la llegada del Coronavirus a tierra sampableña. Fue a través de un paciente remitido ocho días antes, el domingo 17, a la ciudad de Pasto. El miércoles 27 es él mismo quien se ve siendo aislado por presentar síntomas como malestar general y alzas térmicas de hasta 38 grados. Síntomas que él asociaba con una cuestión bacteriana y a los que no prestó mucha atención.

Ocho días después de iniciado el aislamiento y tratamiento, no presentaba mejoría alguna, cosa que ya empezó a preocuparle. Penicilina benzatínica de 2.400.000 unidades, para empezar; luego pasó a azitromicina de 500 mg una diaria durante tres días; después, amoxicilina más ácido clavulánico y nada de eso le producía el efecto esperado. Gracias al gerente del Hospital San Carlos, Álvaro Hernán Guampe, que siempre estuvo pendiente de él y su situación, su caso fue revisado por un especialista y un internista que recomendaron un tratamiento distinto con el cual empezó a presentar mejoría.

Sin embargo, en la primera semana de junio, quienes presentaron algunas molestias por su presencia ahí fueron los otros inquilinos del hotel donde él, junto a dos funcionarias del Hospital San Carlos, había sido aislado

. En su condición, no podían ser vistos en la calle, así que los tres debieron usar las horas de la noche del martes 2 de junio para trasladarse a un lugar cercano. Exponerse a ese sereno hizo que él, que ya estaba dando alguna mejoría, volviera a recaer.

Remitido al Hospital Eduardo Santos

en la mañana del 3 vuelve a presentar fiebre y una gran molestia al tragar.

Mirándose al espejo con la boca abierta observa en sus amígdalas una situación distinta a la que había observado antes. Toma medicamentos, pues su fiebre ha vuelto a subir hasta 38 grados. El efecto del acetaminofén le dura cuatro horas y luego su fiebre vuelve y se sube hasta los 40 grados.

El jueves 4 de junio no aguanta más y decide consultar al médico internista del Hospital Eduardo Santos, Walter González. Su recomendación tras escuchar sobre esta amigdalitis, ya larga fue que esta debía ser por algo muy fuerte, que debiera hacerse ingresar al Hospital San Carlos y desde ahí hacerse remitir a La Unión, donde sería bien recibido.

Así lo hizo y, hacia la una de la tarde, entrando al Hospital Eduardo Santos, se entera accidentalmente, por boca del encargado de remisiones que “el paciente (él) acaba de dar positivo para Covid 19”. Por haberse hecho inyectar antes de viajar, durante la mañana y la tarde de aquel día se sintió bien, a pesar de la noticia. Una nueva recaída vino en horas de la noche.

Le es tomada una radiografía de tórax y esta, junto a los exámenes de sangre, revela que tiene una infección en sus pulmones, posiblemente bacteriana, conocida como linfopenia (una baja cantidad de linfocitos o glóbulos blancos) en la sangre, debida producto de alteraciones en su sistema inmune, debidas a la infección por Covid 19.

La medicación fuerte que se le suministró aquella noche, tratando de mejorar su situación de salud, le alborotó la gastritis. Además, en este estado de cosas, en esa montaña rusa en que se encontraba, el paso de médico a paciente le hizo entender algo más, un secreto médico que no cualquier trabajador de la salud entiende: que la forma como alguien mira a un paciente influye en su estado anímico. En este caso puntual el observado era él y la mirada diciente era la de la especialista.

En medio de la mejoría que por momentos presentaba seguía sintiéndose mal.

“El segundo y tercer día en La Unión, al ver que mi cuerpo no reaccionaba para bien, fueron los peores de todo este proceso: Pensé en el momento en que empezaría a respirar mal, sentía opresión, ardor y quemazón en pecho y espalda, faltaba por ciertos momentos el aire. Pero era más por la ansiedad”, señala el médico. El rumor de que una remisión a Pasto ocurriría en cualquier momento contribuyó para mal a su estado de salud. “¿Será que voy a requerir de una cama en UCI? ¿Será que voy a requerir un ventilador? ¿O será que ya me voy a morir?”, cuenta que se preguntaba. “¿Será que no voy a poder ver crecer a mi nena? ¿Será que me voy a perder esa experiencia de ser papá?”.

Al tercer día, cuando se sintió desganado, sacó fuerzas de donde no las tenía, tomó su celular, llamó a Mónica y le dijo que le mostrara a su hija, que tenía que motivarse como fuera. Ella le mostró a la niña y, aunque la niña lo veía borroso, a él le pareció que en ese breve instante lo reconoció y le regaló una sonrisa. Una sonrisa a la que decidió aferrarse. De la nada también reapareció un viejo amigo de su Tumaco de la infancia, que, al enterarse de su padecimiento, quiso recordarle que eso no es nada comparado con lo que ellos dos tuvieron que pasar para llegar hasta donde hoy están.

Esas palabras, venidas de un amigo de esos con quienes puedes abrir tu corazón, cuenta, le llegaron en un muy buen momento.

Siendo él parte del personal de salud, tiene un conocimiento más amplio comparado con una persona del común. Este conocimiento extra, que antes le había servido para salvar vidas humanas, en este caso se le fue convirtiendo en una especie de arma con doble filo. En La Unión, en medio del aislamiento, se le vinieron a la cabeza una serie de ideas acerca de las fallas respiratorias, de la intubación, de los ventiladores; ideas que unidas a las miradas inoportunas de la gente, de repente le hicieron derrumbarse y él, que insiste no es de lágrima fácil, rompió en un llanto inconsolable.

Sabiendo sobre esta triste situación que afrontaba un médico, el personal de salud del Hospital Eduardo Santos se volcó sobre él para darle ánimos, para ayudarlo a sobrellevar su realidad. “No te preocupes, que de esta salimos”; “No te sientas solo entre esas cuatro paredes, porque nosotros desde acá afuera estamos y estaremos muy pendientes de vos”, eran las voces de aliento que le llegaban a su celular en forma de mensajes. Así que, viendo lo acompañado que estaba a pesar de la soledad física, decidió aferrarse a Dios y a su hija. Después de cuatro o cinco días, aislado en La Unión, su cuerpo empezó a reaccionar de forma positiva a la medicación. Hasta que la fiebre finalmente cesó.

Ya podía moverse, caminar y hasta intentó bañarse con agua fría.

“Cuando se está aislado como lo está un paciente positivo para Covid 19, como lo estuve yo, eres tú sólo encerrado entre cuatro paredes luchando contra el virus; se sabe del cariño de la gente hacia ti a través de mensajes y llamadas” afirma. “Pero al mismo tiempo se extraña el hecho de tener a alguien al lado, que te agarre de las manos cuando lo necesitas, que te limpie las lágrimas si lloras, que te pida que no te rindas cuando pareces flaquear, que te diga, mirándote a los ojos, esas palabras que hasta entonces sólo lees en los mensajes”.

En esos momentos, solamente te tienes a ti y a lo que piensas; porque dependiendo de lo buenos o malos que sean esos pensamientos te marcarán el estado de ánimo y harán que el tratamiento tenga éxito o no lo tenga. Para ser esta mi primera hospitalización fue una experiencia dura, difícil, pero que me ayudó para ser más fuerte y para saber con quiénes cuento. Yo sí sabía que contaba con el cariño de ciertas personas en San Pablo, pero no sabía que era tan importante para la comunidad en general, esa misma que se volcó el domingo 14 de junio a recibirme. Ese apoyo te ayuda, te hace más fuerte.

Cuando ya estaban por darle de alta y enviarlo de regreso a San Pablo, una bacteria que le apareció en un hemocultivo generó dudas sobre si de verdad la tenía en su organismo o fue que la muestra se contaminó, e hizo que su estadía en el Hospital Eduardo Santos se prolongara por tres días más. Fueron días de mayor tranquilidad en los que se dedicó a revisar al detalle los mensajes que en todo ese tiempo habían llegado a su celular desde Tumaco y San Pablo, así como a hablar más calmado con su señora madre.

El Covid 19 llegó para quedarse

Dados los buenos resultados de los posteriores exámenes, se determinó que ya era hora de regresar a casa. “Lo menos que puedo hacer ante las muestras de cariño de San Pablo es seguir contribuyendo como médico para sacar esto adelante”, afirma. A estas alturas falta aún la segunda prueba, y un resultado negativo en la misma, para dar por superado el Coronavirus, pero con todo y eso en este momento de su vida se siente muy bien y enriquecido con esta experiencia que acaba de vivir.

Como médico que es, considera que más pronto o más tarde el Coronavirus ha de pasar de la pandemia que hoy es a una endemia, a un mal con el que nuestro país ha de tener que acostumbrarse a convivir.

Reconoce que la vida después del Coronavirus no volverá a ser la misma que llevábamos antes y que ha llegado un punto en que la responsabilidad de cuidarse empieza a depender no de las autoridades, que en muchos casos han hecho su tarea, sino de cada quien: eso que llaman el autocuidado. Sobre sus planes personales a futuro afirma, a corto plazo quisiera volver a ver a su hija (a quien lleva 20 días sin ver) y reintegrarse al Hospital San Carlos; y a largo plazo también sueña con especializarse en dos temas de su interés: la anestesiología y la cirugía general.

Esta enfermedad, dice refiriéndose al Covid 19, es algo nuevo, algo raro que llegó para cambiarnos la vida. Algo que no da muchas complicaciones cuando toca a una persona menor de 40 años y que por sí solo no va a matarte y es eso lo que la gente no ha entendido; pero cuando ataca a mayores de 50 o 60 años (un gran porcentaje de los sampableños), que por lo general tienen morbilidades asociadas como diabetes o hipertensión, o cuando a veces presentan casos de obesidad o son fumadores, puede complicar a una persona hasta el punto de matarla.

Eso de “quédate en casa” es algo difícil después de tres meses de aislamiento.

“La gente tiene que salir a trabajar porque si no la mata el virus, la va a matar el hambre”.

“Por eso lo importante es adoptar como parte de nuestras vidas una serie de recomendaciones”. Esas recomendaciones van desde conservar y acatar el quédate en casa, cuando esto sea posible;  pasando por el Distanciamiento social (mínimo dos metros entre persona y persona); hablar con nuestros amigos, familia, vecinos y conocidos sólo lo estrictamente necesario (máximo 15 minutos); y el uso correcto del tapabocas (cubriendo boca y nariz); hasta el lavado constante de manos, cuando se está en la casa y llevar a la mano desinfectante o antibacterial cuando se tiene que salir.


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