“Le gustaba ver reflejado su arte en sus estudiantes”: Diego Julián Rosada

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Diego Julián dibujando a James Hetfield, cantante de la agrupación Metállica.

A Diego Julián Rosada y a mí nos pasaron dos situaciones similares frente a la muerte del maestro Miguel Ángel Muñoz Parra: aquella mañana de miércoles 27 de mayo de 2020, él desde su casa y yo desde mi oficina en la Alcaldía Municipal de San Pablo Nariño, escuchamos el vivo tañir de las campanas de la iglesia y nos preguntamos por quién doblarán en esta ocasión. Ante la ausencia de respuesta alguna a aquel interrogante, el tema se nos olvidó.

Por: Mauricio Bravo Cerón.

No volvimos a saber del mismo sino hasta bien entrada la tarde.

En su caso, fue su hermano Roger quien llegó a la casa con la noticia de que el maestro Miguel Ángel había muerto, sin saber ampliar la triste noticia con datos sobre cómo, dónde o cuándo o por qué había sido el deceso de su amigo y maestro de infancia y juventud en el arte de la pintura y el dibujo. En mi caso fue una llamada de una de mis jefes la que me enteró de aquella muerte tan repentina, tan inesperada; y me pidió además hacer una nota de pésame a la familia del maestro.

Cuenta Diego Julián que fue precisamente su hermano Roger quien, un día cualquiera, años atrás, cuando él cursaba ya la educación básica secundaria, le dio a conocer la novedad de que un maestro sampableño había iniciado un curso gratuito de dibujo y pintura, al que varios de sus colegas y amigos pintores ya estaban asistiendo. Fue así, en medio de un ambiente académico, como maestro y estudiante se conocieron e inició esa gran amistad.

Poco después de ese curso grupal, ya los encuentros empezaron a darse a solas, en la casa del primero, durante un promedio de tres horas en la tarde de los sábados cada ocho y a veces cada quince días. Los sábados durante la mañana el maestro Miguel Ángel y su esposa, doña Rosita Arboleda, atendían juntos su negocio del parque Simón Bolívar, donde había para la venta una variedad de medicamentos, pero también otros productos como hilo y agujas.

“Las clases del maestro Muñoz Parra”, cuenta Diego Julián “eran tranquilas y agradables”.

“Era para mí una emoción ir allá”, continúa “sobre todo por la amabilidad, el gusto y la motivación que ponía el maestro Miguel Ángel para que uno aprendiera”. Habiendo nacido en San Pablo Nariño el 29 de abril de 1925 y realizado sus estudios iniciales entre la escuela del municipio y el Colegio Caldas, a los 20 años el maestro Miguel Ángel viajó y se radicó en Popayán Cauca. Es entre esta ciudad y la ciudad de Cali, donde, gracias a las enseñanzas del maestro Luis Carlos Valencia, egresado de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en España, perfecciona su arte con variadas técnicas.

Aprende desde la pintura natural, el carboncillo o los retratos hasta las pinturas al óleo.

Posteriormente regresa a San Pablo, donde vuelve a radicarse hasta su muerte.

La primera pintura de Diego Julián, un bodegón

“Era tan amable, tan sencillo, tan comprometido, que no quería quedarse con todo aquello que él sabía”, recuerda Diego Julián y mientras trata de evocar aquella época, al saberlo ahora muerto, se le va formando un nudo en la garganta. “Quería verlo reflejado en sus estudiantes, en todo aquel que de él quisiera aprender”. Esos son detalles que hacen que uno, como aprendiz, se anime y se motive más y más cada día para estar en aquellas clases, señala el joven pintor y dibujante empírico.

“Uno llegaba a las clases del maestro Muñoz Parra sabiendo de antemano que iba a pintar, pero lo que no dejaba de sorprender de parte de él era el qué y el cómo”, cuenta Diego Julián. “A veces tomaba todo tipo de elementos que encontraba  al alcance de la mano en su casa y, en unos pocos segundos, reunidos en una mesa, armaba sus bodegones en vivo. Tras dar una breve explicación sobre cómo bosquejar la imagen de turno, dejaba a sus estudiantes solos para dibujar”.

Pasado algún tiempo prudencial, el maestro regresaba, observaba lo dibujado por sus pupilos e iba dando indicaciones básicas sobre en qué aspectos habían ellos fallado, de qué manera se podían corregir esos errores y el por qué de cada situación en el dibujo. Todos estos procesos de aprendizaje del dibujo, pero también de la pintura, si mal no está la memoria de Diego Julián, ocurrieron  en su caso particular entre los años de 1994 y 1995.

Hablando ya del aprendizaje del dibujo en colores, cierto día llegó el maestro Muñoz Parra y puso frente a Diego Julián un dibujo de una señora ya anciana, hecho por él. La indicación dada aquella ocasión era hacer una versión propia del dibujo, primero en bosquejo para después pasarlo a colores. Al terminar el trabajo, el estudiante interrogó a su maestro sobre la identidad de la señora retratada. A lo que el maestro respondió que el papá de Diego Julián, don Gilfredo Rosada, le daría esa respuesta.

Así que él, de regreso en casa aquella lejana tarde de sábado, dejó su dibujo, hoy uno de sus tesoros perdidos, encima de una mesa a la vista. Al verlo ahí en la mesa y levantarlo, don Gilfredo, que siempre se interesaba por lo que su hijo había pintado en casa del maestro Miguel, exclamó: “Ve, doña Concha (nombre ficticio), igualitica a la viejita de arrugada”. “Que mi padre haya reconocido el dibujo que hice aquella vez fue para mí una experiencia agradable y satisfactoria”, señala Diego Julián.

A modo de paréntesis, cuenta, uno de los momentos más esperados por él durante esas sesiones de los sábados de dibujo y pintura era cuando, bandeja en mano, aparecía por la puerta doña Rosita Arboleda con el refrigerio: café con pan de achira, hecho de sus propias manos. “Era tan rico y tan bien hecho ese pan”, cuenta el joven, “que un día decidí tomarme sólo el café y meterme el pan al bolsillo y llevarlo de regreso a casa, para que mi papá y mi mamá también lo probaran”.

Al verlo ahí hablarme de esa forma sobre su maestro de juventud, entiendo que tanto él como yo hubiéramos querido poder asistir al entierro del maestro Muñoz Parra, sin embargo si eso es posible, él escogió una mala época para decirnos adiós, pues las restricciones por la cuarentena del Covid 19 hoy impiden las aglomeraciones y esa despedida, en otro momento de la vida, sí que lo hubiera sido. “Con esta muerte se pierde una de las personas ilustres de San Pablo”, lo resume él.

Enterarse de su muerte y saber que no podría acompañarlo hasta su última morada, confiesa, lo dejó con un nudo en la garganta, pensativo, con los ojos nubados, llorosos. Pero es más triste lo que confiesa acto seguido.

“Habiendo sido introducido al óleo, al arte de entamborar en cuadro, al cómo transmitir el dibujo al lienzo y la aplicación de los óleos, un día cualquiera yo, en medio de mi ignorancia, decidí que ya era suficiente mi conocimiento para defenderme en el mundo del arte”, afirma. Desde ese momento decidió hacer más espaciadas sus visitas a la casa del maestro Muñoz Parra. “Iba una vez por mes, una vez cada dos meses o cuando necesitaba de él una aclaración sobre el arte. Hasta que un día dejé de ir”.

Y se queda ahí como preguntándose en silencio qué tanto más habría podido aprender sobre arte y pintura de haber continuado al lado de aquel maestro, al que la vida no permitió ni a él, ni a mí, ni a la comunidad de San Pablo, Nariño despedir como hubiéramos querido, como un personaje de sus alcances y arte se lo merecía.

Foto principal: El maestro Muñoz Parra y su esposa doña Rosita Arboleda (Fotografía: Toña Gallardo)


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