Censura y autocensura en nuestro periodismo

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Es triste ver un periodismo al servicio de una oficialidad corrupta, que lo trata como a un perro hambriento. Los que se salen de este molde sufren la arremetida de un sistema político que hoy como hace mucho tiempo, está en manos deshonestas.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

El periodismo, si es que así se le puede denominar, que desarrollan los medios de comunicación con más trayectoria histórica en nuestro país, sirve como anillo al dedo a un sistema político que vive una profunda crisis de mando y manejo, que se oculta fácilmente porque la gran prensa no está interesada en desnudarla.

Tal vez  porque hoy la gama de ofertas informativas es tan amplia, que el vergonzoso rol de  las cadenas de radio y televisión, sumadas a otras publicaciones que alguna vez fueron independientes, se evidencia para la mayoría de quienes están interesados en estos temas. Algo que podría denominarse como la “Opinión Pública”.

Pero nuestra Opinión Pública, también es sui géneris: Ve, escucha y entiende a la perfección, pero pasa de largo. No cuestiona, prefiere alabar o enfrascarse en estúpidas pugnas que no llevan sino a estados emocionales propios también de nuestra idiosincrasia. Si opina es para congraciarse con alguien (así sea con su propio ego) y si critica, lo mismo. Las ofensas pululan, pero carentes de argumentación. Nada se sostiene.

Y por supuesto, en este mar revuelto de las redes sociales, los medios sustentan su poder informativo en una supuesta tradición informativa, que tampoco es cierta, pues siempre han estado al servicio de los poderosos y en contra de la movilización popular cuando reclama por injusticias o algo por el estilo.

Pero ahora el asunto ha llegado a un nuevo culmen: los periodistas son amedrentados, amenazados, perfilados y hasta obligados a dejar lo suyo para salvaguardar sus vidas. Se aplica toda forma de censura. El estado hace sentir su fuerza para acallar a sus opositores. Pero a los grandes medios eso no les importa. A sus dueños, menos.

Por el contrario, cohonestan todas las acciones  de gobiernos que como el nuestro parecen más organizaciones mafiosas, que asesinan, trafican, persiguen amenazan y sancionan según su libre albedrío de inclusive recurren a formas inusitadas de autocensura para favorecer acciones oscuras, delincuenciales, cochinas y hasta depravadas de parte de quienes  ostentan el poder.

Y la gente lo sabe. Entiende desde hace mucho tiempo que las cosas funcionan en Colombia de esta manera; que todo está en manos de delincuentes de cuellos blanco, que se pintan de funcionarios o de empresarios, cuando en realidad forman parte de organizaciones siniestras y sin ningún tipo de límite para el mal.

Y la gente se lamenta, pero al final no le importa, porque sigue en lo mismo, en su forma de rebusque, en sus sueños económicos, y deja que las cosas sigan de esa manera, que los políticos se roben todo; que los gobernantes acaben hasta con la dignidad de los más pobres. Y nada nuevo pasa.

Así también son muchos periodistas. A la sazón de defender la lonchera, callan, ocultan y son cómplices de un sistema corrupto y mafioso. Pese al origen popular de muchos de ellos, asumen posturas arribistas en contra de sus propios orígenes, de sus antiguos amigos, hermanos y padres. Tapan la corrupción, conviven con muchas formas de delincuencia y todo por un aviso publicitario.

Censura y autocensura, son flagelos evidentes de la crisis del periodismo, que es mundial, pero que en territorios como los nuestros se sienten y se sufren a diario y de las más aberrantes formas. Como ya lo dijimos, quienes se salen de este molde son perseguidos, amenazados y hasta asesinados o desaparecidos. Ese es el complemento de una realidad cruda que por ahora no va a cambiar.


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