¿La pandemia nos hizo iguales a todos?

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Por: Graciela Sánchez Narváez

“En realidad no todo ha sido fatal en estos tiempos de Pandemia”, me dijo un amigo con quien hablé por teléfono. Tenía razón, nunca antes lo había llamado, pues, hasta hace poco, nos encontrábamos con todos los del grupo, cada vez en un sitio diferente, para departir un café y recordar tristezas y alegrías.

Al lado del dolor por nuestros congéneres que sufren la enfermedad y por los muertos que ha cobrado este desconocido virus en el mundo, podemos creer que “no todo ha sido malo”, pues nos queda tiempo en casa para organizar nuestro propio horario de actividades: ver una buena película, leer ese libro que siempre lamentamos desconocer por falta de tiempo y oír la música que en el espacio laboral era inapropiada o estaba prohibida. Quienes han debido seguir desempeñando su trabajo desde la virtualidad lo han podido hacer libremente, sin la presión de llegar a la entidad a la hora indicada, después de la larga espera y el estrés por lo complicado del transporte que implica mínimo una hora de ida y otra de regreso, sobre todo en las ciudades grandes.

 Aunque la casa tiene también sus obligaciones las familias han desarrollado destrezas para la organización de sus tiempos, pues han inventado organigramas, rutas de trabajo y planes de acción, que son una maravilla para todos. En estos modelos de administración de los hogares, queda tiempo para estar enterados del mundo y ahora, con mayor razón, con la pandemiapertenecemos a grupos virtuales, tenemos un sinfín de amigos que nos escriben y hasta nos invitan a tomar un cafecito virtual o a celebrar los cumpleaños con vinito y todo el protocolo incluido. Es maravillosa esta faceta de la tecnología, pues gracias a ella podernos vernos y hablar con las personas que amamos, sin importar las distancias enormes a las que nos encontremos. Todo esto constituye un gran alivio, pese a la cadena de conflictos que afrontamos, cuando pensamos que una gran cantidad de personas, en el mundo entero, afrontan solo circunstancias dolorosas.

 En este entorno surge una pregunta crucial: ¿Desde qué foco miramos esta realidad? Sencillamente desde la mirada que tiene “la clase media en sus distintos niveles”, pues, de una u otra manera, se dispone de un computador, de internet y un celular; pero parecería que desconocemos la enorme cantidad de personas que habitan esta misma tierra y que se encuentran, en pleno siglo XXI, desarraigadas del entorno que les permite su subsistencia, desamparadas, incomunicadas y completamente vulnerables ante la pandemia. De esta manera han quedado más al descubierto las miserias, los desequilibrios, las desigualdades y las injusticias en las que vivimos.

  Las ciudades guardan silencio, mientras los que buscan trabajo día a día o recogen su alimento entre materiales reciclables, se pasean desesperados porque no encuentran absolutamente nada para llevar a sus familias. Y qué decir, sin crear imágenes tremendistas, de quienes ahora dejan escuchar su grito ante ventanas cerradas, clamando por comida; de los encargados de enterrar a los muertos en fosas comunes; del drama de Guayaquil, de Cartagena y Tumaco; de los indígenas del Caquetá, donde siguen aumentando los contagios. En otro ámbito, pero también con dolor, sufren los médicos y las enfermeras que, sin los recursos adecuados, arriesgan cada día su salud, su vida y la de sus familias en los hospitales donde tienen que afrontar, todos los días, las emergencias sanitarias, haciendo lo imposible para salvar vidas en casos desesperantes, por lo complejo del tratamiento y la difícil recuperación de los pacientes.

Entonces no es cierto, desde este punto de vista, que la pandemia nos ha igualado a ricos y a pobres; a profesionales de distintas áreas, a jóvenes y a viejos, Hay una abismal diferencia entre las personas para afrontar este virus. Para algunas personas ha sido mucho más duro y doloroso afrontar la pandemia, por ejemplo, para quienes consiguen su sustento trabajando día a día en las calles de las ciudades populosas, para quienes no tienen ni siquiera certeza de lo que les está pasando porque carecen de los medios para informarse, para quienes duermen en las calles y, tal vez morirán sin saber de qué se trataba su enfermedad.

No somos iguales, no estamos en iguales condiciones todas las personas ni tenemos las mismas ventajas a la hora de hacer frente a una tragedia. La “pandemia” no ha sido niveladora de clases sociales, por el contrario, ha develado su desequilibrio pues las consecuencias de la enfermedad en los ricos y en los pobres es completamente diferente y desproporcionada. Estos últimos mueren en sus casas si se puede llamar así a sus destartaladas viviendas, porque no pueden trasladarse a un hospital, ni tienen las normas adecuadas de higiene, porque carecen de agua y servicios y porque tienen que salir forzadamente a buscar el sustento para sus familias y de esta manera, se contagian y contagian a los demás, porque, aunque existan órdenes y normas sobre cuarentena y toque de queda, pesa mucho más la necesidad de alimentarse y alimentar a su familia.

Finalizamos este articulo con la pregunta: ¿Podemos todavía sostener un sistema social, donde los estados, los gobiernos, los políticos, las religiones, los ideólogos, los líderes, y el tejido social en general, al desnudarse tan flagrantemente con la pandemia, nos muestra lo ilógico y vergonzoso de un abismal desequilibrio como el que vivimos en la actualidad?


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