Dos más dos son cinco

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Por Daniel Olarte Mutiz.

En el eterno fluir tan solo asumirse como palabra escueta, sencillo, no con el pretendido aroma de nihilismo en el que caemos por no encontrar la sensación precisa que arrope una palabra o viceversa. 

Caminar con tapabocas y tapamentes para no hablar y tampoco te espíen quienes se antojan telépatas en medio de su delirio.

En cada paso devolvemos la memoria a quien nos entregó desde la historia las dos caras de la verdad y la mentira copulando como una pareja de perros callejeros, los de ojos insurrectos que evidencian lo poco importante  de una inconsulta pandemia canina, si a fin de cuentas viven su vida de perros y talvez en sus lenguas sudorosas definen el placer universal.

Talvez el miedo, desmoronado en las calles de Mineapolis y en otros sitios, sea ese inquilino incómodo, que por vergüenza terminará marchándose.

En ese momento y al intentar trascender, arrodillamos el orgullo falso y erguimos la liviandad guerrera del espíritu  pudiendo brillar y encandilar como el único sable liberador de la ignominia.

La historia, si es que algún sobreviviente exista aún para contarla, nos dará la sin razón de nuestro pandémico espíritu o en su agonía grabará en piedras enormes que la inconmensurable farsa nos aniquiló mientras debatíamos sobre la cobardía o la insurrección general.

Pero los pasos pausados dan esa clarividencia para oler distintos miedos bajo la carne en la interminable muchedumbre de mudos, a quienes les han brotado orzuelos como castigo ancestral para cualquier voyerista en digestión dinámica.

Así van los odios de la mano guardando la distancia en los andenes marchitos, así van arrasando y condenando al fantasma del azar que los condena, quien les niega el libre respiro y el añorado suspiro de los normales, los que nacen, crecen, si acaso se reproducen y luego son números estadísticos en aquella bitácora del aburrido anciano que decide el corte en el espiral del cosmos.

¿ Quién entonces descifra las gotas de sangre asustada que se bombean desde este cursi corazón de transeunte?. Apuesto mi silencio a las gotas de lluvia que vienen, ya no sé si a limpiar o ser tosidas en el agobio de la tarde. ¿Seré un ganador para poder años más tarde reinterpretar los acertijos llegados de Wu han o del lugar donde los vampiros se rehusaron a morir con una estaca?

En todos mis cuadernos no hay olvido, por el contrario, dejo esa impotente evidencia de ser testigo atento, me queda ese placer aunque al fin y al cabo no valga para derrotar el abuso soterrado y subrepticio de los poderosos.

Tengo esa sensación de ver mejor con los ojos cansados, talvez porque desarrollan esa mirada por dentro librando sus propias cruzadas, limando las palabras necesarias por si acaso un interlocutor siamés aparezca por ahí deambulando paralelo a tus propios absurdos.

Todos parecen preocuparse por el hambre de las vacas tóxicas pero a su vez sagradas, al tanto que su divina carne terminará reciclándose en nuestra propia gula resignada.

Hoy no duelen los muertos, contados día a día en el ábaco de los avaros ocultos, despistados en su misma codicia y vestidos cual samaritanos que esconden la llave de otra caja de pandora.

Hoy camino con libertad, respiro ese aire que concibo como palabra «aire» y me autoconsuelo entre los pasos que aún creo certeros, mirando con agudeza los bosques en los ojos del rebaño, aunque sé que puedo ser pisoteado por algún soldado extranjero, que talvez no se moleste en mirar mi último gesto de asco.


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