San Pablo y su Semana Santa frustrada

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“Todavía tengo la expectativa de decir cómo será esa Semana Santa de San Pablo”. Entrevista con el padre Harold Castro.

Por: Mauricio Bravo Cerón.

Mas o menos mediado el mes de febrero del año 2020, cuando el padre Harold ya había pasado en San Pablo Nariño una navidad y unos carnavales normales en la medida de lo posible, ese Coronavirus que hoy se conoce como Covid19 empezó a hacer estragos, primero en China y luego en algunos países de Europa. Un día el obispo le habló a él y a otros sacerdotes nariñenses acerca de que, más pronto o más tarde, en un momento dado, la Iglesia Católica iba a tener que hacer un pronunciamiento oficial y tomar decisiones puntuales con relación a eso.

Mientras tanto el padre Harold, la Junta Central de Semana Santa y todo San Pablo se preparaban para vivir lo que sería la Semana Mayor, entre los domingos 5 y 12 de abril. En esos preparativos había algo de expectativas y algo de choques del padre, la Junta Central y las Asociaciones de los pasos; pero nunca temor, pues el padre venía de Cartago donde estaba acostumbrado a este tipo de celebraciones. Otra de las cosas que había, en medio de esa incertidumbre, eran aseveraciones un poco temerarias del estilo de la del alcalde de la ciudad de Popayán: “Aquí la Semana Santa se hace porque se hace”.

En la última reunión presencial con el obispo, cuenta el padre Harold, faltando aproximadamente dos semanas para el Domingo de Ramos, él les anunció que en Nariño, como en toda Colombia y el mundo, la Semana Santa no se realizaría. Y fueron inevitables las protestas de algunos sacerdotes: “Pero es que acá la Semana Santa nunca se ha dejado de celebrar”. Al padre Harold, por su parte, que nunca lo había vivido en San Pablo, no le dio tan duro la esperada noticia del obispo, lo tomó por el lado de la fe, como una gran lección que nos da la vida, porque: “Uno no sabe lo que tiene hasta que no lo pierde”.

Y rogó a Dios que hiciera a la gente entender.

La gente sin embargo no daba crédito a sus palabras cuando él anunció la triste noticia del obispo en San Pablo: “Padre, pero es que aquí nunca se ha suspendido”, le decían. Y, efectivamente, ni aquí ni en el mundo, ni siquiera cuando las guerras mundiales, la Semana Santa se había dejado de celebrar al mismo nivel que como sucedió en este 2020 tan fuera de lo normal. “En su momento Hitler mandó a parar las celebraciones religiosas en algunos lugares, pero en los países donde no había guerra las celebraciones religiosas se continuaban haciendo”, señala el padre Harold.

Fue la cantidad de muertes que a diario se anunciaban alrededor del mundo por la televisión e Internet lo que finalmente logró convencer a la gente de las verdaderas dimensiones del asunto de salud y dejar de insistir en algo que, ante la realidad, era insensato. “Más duro sería desobedecer la normativa general y que el siguiente año (2021) ya no estemos”, les decía el padre a sus fieles. “El hecho de que no salgan las imágenes a la calle no quiere decir que no habrá Semana Santa. La Semana Santa la celebraremos a puerta cerrada”, remataba.

De cómo decidió hacerse sacerdote

Jamás estuvo entre los proyectos de vida de un joven consaqueño llamado Harold Castro, nacido en una zona rural cultivadora de caña de azúcar, llegar a ser sacerdote, sin embargo, cuenta, han pasado ya siete años desde su ordenación sacerdotal en la iglesia La Merced de Pasto; jamás estuvo entre sus proyectos regentar a la comunidad católica de un pequeño municipio llamado San Pedro de Cartago, sin embargo, cuenta, allá vivió e hizo esta tarea pastoral durante seis años de su vida; jamás estuvo entre sus proyectos que un día llegaría a hacerlo aquí, en San Pablo, sin embargo aquí está.

Aquí está, dice y, por su juventud y lo reciente de su sacerdocio, aún parece no creérselo, desde finales del año 2019, porque como recuerda él mismo, evocando las Sagradas Escrituras: “Mis proyectos no son tus proyectos; ni mis planes son tus planes”. Su padre, cuenta, se marchó de casa, al parecer siendo él aún un bebé y por cosas de la vida reapareció hace sólo dos años, pero él, a pesar de todo, no le guarda rencor. Dice que ha contado con la suerte de tener una valiosa madre que ha sabido ser padre y madre al tiempo; y un abuelo que, con su ejemplo de vida, fue una excelente figura paterna.

El abuelo se puede contar entre los pocos que se recorrió Nariño de este a oeste de norte a sur, como dice la canción, elaborando hornos, parrillas y trapiches, cosa que le aprendió de una manera increíble a un señor, de cuyo nombre el padre no logra acordarse.

Y qué decir de la guerrera que es su abuela: con casi cien años, hasta hace poco enhebraba ella su hilo para posteriormente dedicarse a coser. Fueron ellos y sus hermanos con su presencia desde la infancia quienes siempre fortalecieron y apoyaron, desde que la descubrió en sí mismo, su vocación sacerdotal. Al principio proyectaba para él la vida militar, que algunos de sus hermanos siguieron, después quiso optar por la vida académica. Había alistado papeles para estudiar en la Universidad de Nariño. Pero fue conocer al padre José Félix Jiménez lo que determinó que terminara escogiendo la vida sacerdotal.

Cierto día vio en una ventana cualquiera un letrero que decía: “encuentro vocacional”, tras preguntarle al padre Jiménez de qué se trataba, él le aconsejó asistir a este encuentro de jóvenes. Estando allá, para terminar, le es entregada a cada uno una hoja de papel con un semáforo dibujado, donde ellos mismos deberían escoger uno de tres colores: el color rojo significaba que no les interesaba la vocación sacerdotal; el color amarillo, que les interesó un poco, que lo iban a pensar; y, finalmente, con el color verde decían que querían ingresar al seminario. Difícil elección para él con sus dudas.

El rojo ya lo había descartado del todo porque sabía que habían despertado su interés.

Hubiera querido tener una moneda para echarlo a la suerte, pero, en ese momento, no la tenía.

El amarillo después de pensarlo decidió rechazarlo porque “esperar qué, pensar qué”.

Así que optó por marcar el verde y dejar en las manos de Dios su destino. Hasta este momento su familia no sabía de su presencia en este encuentro, ni de su inquietud por el sacerdocio. Sólo quedaba esperar. Con el pasar del tiempo la carta esperada finalmente llegó y, con todo el nerviosismo que implicaba esta decisión, fue abierta: había sido aceptado para ingresar al Seminario Mayor y allá se le esperaba en el mes de agosto. Sólo entonces se decidió a enterar a su familia de estos últimos acontecimientos en su vida.

Ellos dejaron en sus manos la decisión, ante todo sabían que lo que hiciera lo haría bien.

Así fue que se decidió a ingresar al Seminario los Sagrados Corazones en el barrio Toro Bajo de Pasto.

De Pasto a Cartago y a San Pablo

Como era inquieto y extrovertido (y tenía otras actitudes propias de la crianza familiar) esto se le fue aplacando a medida que avanzaba el tiempo en el seminario. De igual manera que pasó con la atracción por el billar, los juegos de azar y las discotecas, a medida que su vocación crecía. Se ordenó diácono en la parroquia San Andrés de la ciudad de Pasto. Aún después de haber recorrido todo este camino seguía teniendo dudas, pero continuaba en su peregrinar formativo hacia adelante.

Este proceso resultó un colador de tal magnitud que, de un total de 22 candidatos jóvenes a ser sacerdotes, que iniciaron este aprendizaje de filosofía, teología entre otros ciclos para ordenarse sacerdotes, sólo terminaron dos.

Su ordenación como sacerdote la hizo en la iglesia La Merced y no en la Iglesia Catedral donde se hacía normalmente. E hizo el diaconado en la curia. Su primera experiencia sacerdotal al fue en la parroquia de Las Lajas en Pasto. Después pasó tres meses en San José Obrero y dos más en la parroquia de La Resurrección.

Cuando ya el obispo lo sintió suficientemente preparado, le manifestó su deseo de enviarlo como párroco a un pueblo nariñense: San Pedro de Cartago. Un pueblo que, cuando hacía su pastoral vocacional, había conocido de pasada, pero de verlo tan pequeño se preguntaba a sí mismo, y se lo decía a un compañero, que podría hacer un sacerdote ahí. El tiempo, que suele ser sabio en sus decisiones, lo puso a su debido momento en la tarea de averiguar la respuesta a su pregunta por sus propios medios.

El anterior párroco de este municipio había salido de un momento a otro por orden del obispo sin que esta decisión fuera del total agrado de sus pobladores. Monseñor se enteró y les castigo dejándoles sin párroco por tres largos meses. Así que ellos estaban a la expectativa de quien finalmente llegaría.

Como al llegar al terminal de Pasto no encontró una Aerován, a Cartago llegó el padre Harold cierto día en un bus viejo de Transandoná, tan viejo y lento que se echó tres horas en este recorrido. Se bajó sin clerimán (distintivo que los sacerdotes llevan al cuello) y en camiseta.

Al parecer, cuenta, la gente esperaba aquel día a alguien en un carro lujoso y con una larga caravana acompañándole. Por eso no tuvieron la certeza de que era a él a quien esperaban hasta que él mismo se instaló en el presbiterio y, micrófono en mano, se presentó. Ese día empezó para él y sus feligreses un proceso muy bonito y esto a pesar de que encontró una parroquia en la que había que “empezar de cero en todo”; con unas ofrendas muy reducidas y donde la primera de sus muchas noches no pudo dormir por cosas de un fuerte aguacero y goteras por todos lados.

Decidió visitar y conocer casa a casa a los habitantes de Cartago. A las veredas llegaba solo en su carro, cuando la gente lo esperaba en compañía de un coro, así como solía llegar el anterior párroco. Así las cosas les tocó desempolvar sus instrumentos y ayudarle en la organización de las distintas misas: cantando en coro, porque el padre Harold decía no cantar; ejecutando sus propios instrumentos y, cómo no, también leyendo. Ante la ausencia de críticas por parte del padre a los errores a la hora de cantar y tocar instrumentos, la gente fue llegando, fue llegando, fue llegando.

Y así se le fue cambiando la imagen al pueblo.

Aunque el alcalde del momento le decía que no había presupuesto para obras que él proponía, como cambiarle la fachada a la casa cural, fue capaz de convencer a la gente de que había que hacerlo.

Y así se hizo.

Recién llegado recibió el anuncio, a través de una carta desde el Instituto Departamental de Salud, de que el cementerio municipal sería cerrado: que a este sitio le hacían falta muchas cosas básicas, decía la misiva institucional, como la morgue, como la fosa común, los osarios como la capilla; que “lo único que tiene son muertos”. Sabido esto, el padre Harold organizó mingas comunitarias para construir poco a poco estos elementos faltantes. Y, aunque hoy en día, al cementerio le faltan unas pocas cosas, ha mejorado y ya es un sitio digno de su población.

En un retiro en Popayán se enteró de que, después de seis años, sería trasladado de parroquia.

Este retiro espiritual tuvo por sede el hogar de las Hermanas Lauritas. Ahí el obispo se le acercó y le dijo casi que al oído “tenemos que hablar”. De ver que no se le acercaba otra vez, fue el padre Harold quien se le acercó y fue directo al grano. Le habló de un cambio de parroquia, pero por el momento no era seguro el nuevo destino. La única recomendación que se le escapó al sacerdote consaqueño fue que en lo posible se tratara, por cuestiones de salud, de un lugar de clima cálido.

Cierto día recibió una llamada del obispo diciéndole que saliera hasta Pasto. Allá se encontraron los dos con el padre Jose Luis Ortiz, quien, a diferencia de él, ya sabía que el padre Harold sería su reemplazo en San Pablo. Ahí quedó pactado el empalme entre los dos sacerdotes. Al ser interrogado el obispo sobre quién iría a hacer sus veces a Cartago la respuesta fue que no sabía. De regreso en Cartago el padre Harold empezó a anunciar su pronta partida y la gente no lo creía. Cosa que no se dio a la gente la oportunidad ni de despedirlo, ni de acompañarlo en caravana hasta su nuevo destino.

“Aquí llegué solo y quisiera irme solo”, les manifestaba el padre Castro.

Y esta idea le viene de que “es más bonito llegar por la puerta de atrás y salir por la de adelante que entrar por la puerta de adelante y salir por la de atrás”.

“Primera parroquia que me recibe llorando”

El día que llegó a San Pablo, notificado como cura, efectivamente llegó solo.

Al municipio de San Pablo el padre Harold había venido varias veces en su vida, la primera de ellas cuando cursaba el grado once, no recuerda a qué. Otra cuando el padre Edmundo Gonzalo España y otra más a acompañar al padre Luis Ojeda en unas confirmaciones. Sobre la posibilidad de regentar esta parroquia, más grande que la de San Pedro de Cartago, por su juventud y su ordenación sacerdotal relativamente reciente, la veía como una posibilidad lejana y se decía con sinceridad: “uno no se antoja de lo que no va a tener”.

Sin embargo aquí está hoy en día.

Una de las primeras misas a las que asistió en este municipio del norte de Nariño fue la de la despedida del sacerdote buesaqueño José Luis Ortiz López, invitado por el mismo homenajeado. Cuenta que, en aquella misa, que de cierta forma era su recibimiento extraoficial, y ante la inminente partida del padre, era mucha la gente lloraba. Y a él, que antes de ser padre solía ser dicharachero, extrovertido y a veces incluso hasta malhablado, de una manera espontánea se le escapó una frase que nunca olvida: “Primera parroquia donde la gente me recibe llorando”, dijo.

A pesar de que, ante la partida del padre Jose Luis, ya había dado no una sino varias misas tanto en el Templo San Pablo Apóstol como en el Santuario de Nuestra Señora del Rosario la Virgen de La Playa, el obispo vino una semana después e hizo la presentación del sacerdote al pueblo por decreto oficial.

En San Pablo Nariño, cuenta el padre Harold, encontró tres cosas: un pueblo muy bullicioso, después de haber estado en un Cartago tranquilo, con sólo una discoteca y un billar; como le tocó llegar en plena época de campaña electoral, también se encontró un pueblo muy dado a las cuestiones políticas, donde, a veces, yendo a dar una misa a una vereda cualquiera, se encontraba siendo parado en la carretera e interrogado sobre hacia dónde se dirigía, al presentarse la gente se tranquilizaba y, al contrapreguntar él, la respuesta que recibía de la gente era: “No, aquí, cuidando los votos”.

Pero, sobre todo, encontró una fe muy grande hacia Dios, la Virgen de La Playa… y su santuario. En Cartago le tocaba ir a las casas de las personas y celebrar las misas. O decir “A tal vereda voy yo, salgan al colegio, salgan a la escuela” Ya en San Pablo fue todo lo contrario, era la gente la que le pedía misas: “Padre, acá en el sector; Padre, acá en la vereda”, etc. Eso le gustó en el sentido de que se puede y lo dejan trabajar.

Última misa con el Templo San Pablo Apóstol lleno

Así como recuerda el padre Harold que el miércoles de ceniza fue una celebración normal que él hizo en el templo, en el santuario y en algunas instituciones, así también recuerda la última vez que celebró misa con el Templo San Pablo Apóstol lleno: “fue un domingo de cuaresma”, recuerda. Pues cierra los ojos un instante y se mira con su indumentaria morada. Había una noticia que dar, pero sabía que ni él quería darla, ni el pueblo, al que tenía enfrente, recibirla. Pero tenía que contar que desde el siguiente lunes, y hasta una fecha incierta, el templo cerraría sus puertas.

Y así lo hizo.

“Desde que empezó esto (la cuarentena, el aislamiento preventivo por Coronavirus y las misas con el templo vacío)”, señala, “siempre le he hablado a la gente desde la fe, desde la esperanza, desde el optimismo; pero es algo inevitable sentir uno un vacío grande en el pecho. Es como contarle a alguien que se le murió la mamá”.

La primera vez que vivió algo parecido a la soledad de un templo mientras él ofrecía una misa, cuenta, fue en Pasto. Había un funeral al que sólo asistieron el representante de la funeraria, el del coro y él. El de la funeraria le contaba, recuerda, que los familiares del difunto eran gente de plata (y hacía el consabido gesto con dos dedos), estaban todos fuera del país y por eso no habían podido asistir a despedir a su pariente. El día que por primera vez lo vivió en San Pablo recuerda la presencia del diácono Jairo Botina, el profesor de guitarra Elvio Delgado Lasso y, si mal no estaba, doña Yoli. Y él.

La primera vez que sucede uno lo pasa, señala.

Pero volvió a suceder el martes, el miércoles y luego el fin de semana y la semana siguiente.

El Templo se vuelve a llenar… pero de fotografías

Un día cualquiera, el diácono Botina le propuso al padre Harold implementar en el Templo San Pablo Apóstol algo que él había visto en Internet: la idea era poner, en los lugares donde normalmente se ubicaban, fotografías de personas asiduas en la celebración de las misas, como por ejemplo los monaguillos. Pero, al escucharlo exponer su interesante idea, el padre quiso ir más allá: “¿Y qué tal si invitamos a la gente a enviarnos sus fotos?”, preguntó.

Y la gente se enloqueció mandando fotos, fotos y más fotos.

“Uno se alegra al ver las fotografías pegadas en todas las bancas del templo”, afirma el padre. “Eso en algo ayuda a mitigar la tristeza que llevo aquí desde hace alrededor de dos meses; pero el vacío no desaparece, sigue aquí”. Por eso cuando celebra las misas suele tratar de cerrar los ojos, concentrarse e imaginar ahí sentada en aquellas bancas a la gente que normalmente asistía al templo. Hay, para él, dos momentos que le son especialmente duros cuando de celebrar una misa se trata: por un lado, el inicio; por el otro, el momento de la consagración.

Una de las curiosidades con las que venía desde Cartago a San Pablo era vivir por vez primera en su vida la Semana Santa patoja. “Una cosa son los buenos comentarios de la gente y las fotografías y videos que le han sido mostrados; y otra muy distinta ha de ser vivirlo en persona”. Sin embargo en este, su primer año, por cosas de la vida, no pudo ver cumplido ese deseo. “Todavía tengo la expectativa de decir cómo será esa Semana Santa en San Pablo”, concluye con un no sé que de tristeza en la voz.


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