Política y sociedad

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Por Graciela Sánchez Narváez
IDEAS CIRCULANTES

Para Aristóteles, el hombre es un ser esencialmente social. Este filósofo, lo menciona como un “animal político”, comprendiendo con éste término, la capacidad natural de los sujetos, para organizarse y relacionarse en la “polis” o ciudad, con el fin de convivir adecuadamente entre “los otros”.

 Política y Sociedad son entidades que habitan en armonía en todo ser humano.  Desde este punto de vista, los “ciudadanos”, (hombres de bien), bajo la confianza, basada en la virtud y la sabiduría de sus líderes, los eligen y les asignan unos poderes para que los representen. El líder, o gobernante, tendrá en cuenta, el “bien común” de su ciudad o comunidad, de forma justa, honesta y trasparente. Esta es la Ética de estos pueblos antiguos iniciantes.

De acuerdo a lo anterior, nada ha cambiado frente a esta afirmación universal. Para tener un tejido social adecuado es necesario, formar ciudadanos de bien. Sabemos, que los “conflictos” de una sociedad, tienen que ver con las “identidades” y las “diferencias” de los individuos que la conforman.

En alguna intervención anterior, abordaba la pregunta: ¿Cómo formar a estos seres humanos, idénticos y diferentes?  De inmediato y hasta el momento; el estado y los gobiernos han contestado: Con la educación, considerada como el espacio donde los hombres forman sus conciencias para convertirse en “buenos ciudadanos”, y donde además, adquieren  los conocimientos, que lo capacitan para resolver los problemas de la vida desde su profesión, sin embargo, cuántos padres de familia, han sentido que su hijo, aprendió precisamente en la escuela, relaciones que en su familia no las consideraban correctas. -Mi hijo-, decía, una madre de familia, -nunca tenía ese vocabulario soez, porque en mi casa, jamás pronunciamos ninguna “palabra inadecuada”, ahora, mi hijo, tiene un riquísimo repertorio en este sentido.

 Sabemos que “la escuela”, como centro de formación de los seres humanos, no es la única que enseña, el ser humano aprende en su entorno social, en el hogar, con los amigos, con los compañeros o los grupos de la comunidad en los que se incluye progresivamente.

La relación de respeto y transparencia con el otro, está relacionada directamente con el comportamiento ético y estético que, hace que una persona, sea coherente, entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Si en el tejido social, una sola persona, se sale de estos “parámetros éticos”, afecta a la comunidad de la que hace parte.

Todo lo anterior, para aterrizar este argumento en nuestra realidad. Desafortunadamente, con la Pandemia que estamos viviendo, la esencia social y política de los seres humanos, se encuentra en discordia, debido a que, cuando nos referimos al término “social”, lo entendemos perfectamente, pero, el concepto “político”, nos desubica, debido a la pérdida de la confianza en los gobernantes. Se ha trastocado su significado y su verdadero sentido. Cada vez que lo pronunciamos o lo escuchamos, viene a nuestra memoria los actos de corrupción, cometidos por quienes elegimos para que nos representen, sin ir más lejos, ha sido repudiable el abuso que algunos gobernantes han ejercido con la entrega de los auxilios para las personas menos favorecidas, en este difícil momento que estamos atravesando.

 Estos actos, constituyen, un abuso público al más débil. Éste se disfraza en el deseo de ayudar al otro vulnerable. Lo más lamentable es que la sociedad, muchas veces, bajo el escudo del miedo a la denuncia, a una mala comprensión del conflicto y la prudencia; se encarga de encubrir estos hechos reprochables. El abuso y la corrupción, se ha vuelto una “forma de ser,” el más vivo, asoma como “buena persona” o como “el más inteligente”, es por esto que, a pequeña y gran escala, estos hechos, se repiten a diario, y campean públicamente sin la debida sanción. No hay armonía entre política y sociedad. Estos dos conceptos habitan esferas diferentes.

El fenómeno de corrupción ha atravesado las familias, las ciudades y las naciones del mundo entero, constituyéndose esta “forma de ser”; en una verdadera pandemia, con difícil diagnóstico, sin vacuna, y con complicada curación. 


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