Amar la vida a través de páginas que hablan de muerte…de una muerte anunciada

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“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, decía la cantante de origen costarricense Chavela Vargas. Y ahora, en estos tiempos de cuarentena, de limitaciones, de encierro físico, ante la imposibilidad de salir a hacerlo físicamente, he comprobado que esta frase se puede hacer realidad desde el plano literario: tal vez no se pueda salir hacia una biblioteca y adquirir a préstamo textos no leídos, pero probé volver a aquellos de entre mi pequeña biblioteca personal que, de una u otra forma, me han marcado, llegado, seducido y enamorado del arte literario.

Por: Mauricio Bravo Cerón

Regresé primero a José Saramago y me sumergí en su “Ensayo sobre la ceguera” e “Intermitencias de la muerte”; regresé después a Evelio Rosero Diago y me interné en las páginas de “Los Ejércitos” y de algunos de sus cuentos de “El aprendiz de mago”; luego, a Milán Kundera y volví a recorrer las páginas de “La despedida” y “La identidad”; hasta ahí cada relectura me emocionó; pero dejé para el final uno de mis autores favoritos y no sólo porque sea colombiano: Gabriel García Márquez, dos de sus aventuras literarias que han logrado dejarme sin aliento: “El amor en los tiempos del cólera” (una lectura propia de esta época) y Crónica de una muerte anunciada.

A este último, que siempre ha estado en el top tres de mis mejores lecturas, del que quiero hablarles hoy, no tenía planeado regresar. Sucedió como suelen acontecer las mejores cosas de la vida, por accidente: Poco después de ese “Toda la vida-dijo”, me encontraba el domingo 10 de mayo de 2020, día de las madres en Colombia, viendo cual de mis títulos me atraía más que los demás: pasaba de uno a otro, a otro y luego a otro, hasta que de repente helo ahí (es tan pequeño en tamaño que ni siquiera recordaba que lo tenía); supe en seguida que amaría la vida desde aquellas páginas.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”, comencé ese día. Y no pude parar hasta llegar ya en la noche al “Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina”. Y no creo que sea spoiler literario contar la primera y la última frase de un libro que anuncia su final desde el mismo título. No lo considero así. Pero el punto al que quisiera llegar es que no siempre las lecturas de estas páginas fueron así: desde el principio hasta el punto final.

Al contrario, fue todo un proceso.

La primera vez que Crónica de una muerte anunciada cayó en mis manos leí sólo dos páginas y lo solté, ahora que lo pienso no sé el por qué. Tiempo después lo volví a tomar prestado y avancé un poco más que la primera vez, pero tampoco llegué al final. Fue sólo hasta la tercera o cuarta vez que, mirándolo, mirando ese cuerpo muerto tapado con una cobija en su portada, mirando ese título y ojeando algunas partes, me obligué a llevarlo una vez más y no parar en su lectura hasta llegar al punto final.

Y es de las cosas que jamás me arrepentiré.

Desde ese día he regresado muchas veces y así seguiré regresando a esas hermosas páginas.

Uno de los primeros detalles que más me gusta de este libro es lo humanos, demasiado humanos, diría el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que son los personajes que recorren sus 123 páginas. Humanos y rencorosos como una Victoria Guzmán llena de cierto resentimiento hacia el protagonista, que “sin embargo tenía tantas rabias atrasadas, la mañana del crimen, que siguió cebando a los perros con las vísceras de los otros conejos, sólo por amargarle el desayuno a Santiago Nasar” (pág. 14).

Humanos y tímidos como Divina Flor, su hija, que sabía que a Santiago Nasar lo estaban esperando para matarlo, igual que su madre, sabía quiénes y dónde, sin embargo, ante el silencio de su madre y ante su infantil timidez, no fue capaz de advertírselo y menos aun cuando él inesperadamente la tomó de la mano. Humanos y vanidosos como un Bayardo San Román, que, al ver a Ángela Vicario cruzar la plaza en compañía de su madre, le dice a la propietaria de la pensión de hombres donde estaba hospedado: “Cuando despierte, recuérdame que me voy a casar con ella” (Pág. 31).

Humanos, demasiado humanos, como el pobre viudo de Sioux que, frente a las exorbitantes propuestas económicas que le hizo cierta noche el joven Bayardo San Román a cambio de su casa quinta, terminó vendiéndosela con todo lo que tenía dentro. Con todo y sus principios.

Me gusta también, y mucho, la mezcla de narración, diálogos y frases testimoniales que está dispersa por todo el libro, y cómo la narración pasa de un estado al otro con total naturalidad, por ejemplo: “El día que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de fecha cuando lo vio vestido de blanco. “Le recordé que era lunes”, me dijo. Pero él le explicó que se había vestido de pontifical por si tenía ocasión de besarle el anillo al obispo” (Pág. 12).

Por ejemplo: “Esa precisión había de perseguirme durante muchos años, pues Santiago Nasar me había dicho a menudo que el olor de las flores encerradas tenía para él una relación inmediata con la muerte, y aquel día me lo repitió al entrar en el templo. “No quiero flores en mi entierro”, me dijo, sin pensar que yo había de ocuparme al día siguiente de que no las hubiera” (Pág. 44).Por ejemplo: “El viudo lo miró con los ojos llenos de lágrimas. “Lloraba de rabia”, me dijo el doctor Dionisio Iguarán, que además de médico era hombre de letras. “Imagínate: semejante cantidad al alcance de la mano y tener que decir que no por una simple flaqueza del espíritu” (Pág. 39).

En tercer lugar, están los capítulos y su orden: un primer capítulo en el que se menciona un matrimonio y su fiesta que, por momentos, parecen lejanos, pero que acaban de ocurrir unas pocas horas antes del inicio; un matrimonio y su fiesta que parecen no tener que ver nada con el crimen que da título a la obra; un segundo capítulo en cuyo final se empieza a vislumbrar la relación tan estrecha que hay entre el matrimonio, la fiesta y el crimen; un tercer y cuarto capítulo que siguen esclareciendo la relación y un capítulo final que habla de cómo, de una manera inverosímil, el crimen se comete.

Finalmente, algo que me atrae, y mucho, de la corta novela del Nobel colombiano Gabriel García Márquez (QEPD), por lo cual he vuelto y seguiré volviendo a sus páginas, es todo lo que encierra en sí misma, desde el punto de vista estructural y literario, a pesar de lo pequeña que es físicamente hablando. Y cómo la termina de una manera magistral con ese último capítulo, cuya estructura interna es comparable tal vez con un capítulo de la serie animada Los Simpson: “Trilogía del error”.

Quién sabe, tal vez los creadores de la serie animada gringa leyeron el libro en su versión en inglés y, sabiéndolo o sin saberlo, se basaron en éste para realizar el capítulo animado. No creo que haya sido al contrario. Pero más que leerlo aquí resumido, lo ideal es meterse entre las páginas del libro… y vivirlo. Vivir esa extraña tensión que contrasta con esa frase del escritor belga-argentino Julio Cortázar acerca de que los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.


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