La muerte en el discurso político

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Por: Edgar Martínez M.
@edgarmartinezMM

La muerte nos asusta. Y más susto genera cuando a cada segundo, a cada minuto y a cada hora, los medios de comunicación y las redes sociales nos bombardean con cifras sobre el aumento exponencial de seres humanos sucumbidos por la pandemia del coronavirus en todos los rincones de Colombia y el mundo.

Ante este crudo, pero real panorama, los presidentes, gobernadores y alcaldes, le ponen la cara a sus ciudadanos emitiendo, con base en los consolidados de las autoridades de la salud, los reportes de muertos, infectados, enfermos y recuperados, por este letal virus, que sin mirar condición social viene acabando con las vidas de ciudadanos en países desarrollados y sub desarrollados.

Es decir, en estos momentos de pandemia, la muerte nos viene acorralando, nos viene acompañando, nos viene haciendo sentir frágiles en algunos momentos. No se trata de causar más pánico.

Se trata de hacer caer en la cuenta cómo ese cruel acto de fallecer se esta usando en los discursos para enaltecer y llamar la atención del accionar político a la hora de ejercer su liderazgo en la crisis.

Sentir la partida de un familiar, un ser querido o un amigo cercano debe ser un momento indeseable para cualquier persona, pero aún más cruel para quien asume ese duro trance en medio de protocolos restrictivos por la seguridad sanitaria de sus semejantes. Ese padecimiento debe ser en su máximo esplendor respetado, incluso por los gobernantes, que en medio del dolor ajeno lanzan frases populistas disque para proteger a la población.

A ese dolor se une la influencia mediática del miedo divulgado en las frases emitidas recientemente por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, en una entrevista a la W Radio en la que se matiza la palabra muerte: “(…) no le matemos los padres a los niños (…), se nos dispara la muerte en la ciudad (…), muertos tirados en las calles de Guayaquil (…), (…) porque a sus papas los mató (…), enterrando gente en fosas comunes (…), salga exponga su vida y mátese (…)…”

Como dijo Séneca, nada es tan cierto como la muerte. O como sentencia el adagio popular, nacimos para morir. Pero hasta qué punto es permisible restregar en medio de este pánico viral a la gente las formas y funestas maneras de dejar este convulsionado mundo material? Queda en el imaginario un protagonismo calculado para obtener una figuración por medio de un discurso sensacionalista.

A la par, el funcionario público debe ponerse en el lugar de millones de colombianos de carne y hueso que sentados en las salas de sus casas o apartamentos, con un importante número de restricciones soportan toda una amalgama de contenidos negativos en nada cómplices con su estado de ánimo, y por el contrario, sumatorios a los altos índices de estrés en estos complejos momentos para la humanidad.

“En América, los tres países con la mayor fortaleza institucional –EE. UU., Brasil y México– son los que encabezan las estadísticas de afectaciones en esta pandemia”, dice Fabio Zambrano, del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional. No obstante, los millones de ciudadanos en ataúdes pasan inadvertidos para sus gobernantes porque está un juego una reelección, una línea ideológica, la estrategia demagógica o la proyección electoral.

Con la muerte y las emociones de la gente en tiempos de pandemia se debe obviar cualquier intento de protagonismo político, mensaje que debe calar en todas las corrientes y figuras partidistas, entendiendo que es el momento de aunar esfuerzos para sacar adelante a toda una nación. Todo a su debido tiempo…


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