¿Libro clásico vs. Libro virtual? Nada de eso es real

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No recuerdo el quién, ni el dónde ni el cuándo, no tengo esos datos exactos ni el ánimo para buscarlos en este preciso momento, pero recuerdo haber escuchado (y ustedes, al leerlo aquí, no me dejarán mentir) que un día cualquiera, cuando eso que hoy llamamos Internet sufría un descontrolado crecimiento a nivel local, regional y mundial, a alguien se le ocurrió afirmar, y de manera categórica, que llegaría el día en que este desmesurado crecimiento sería el origen y la causa de la agonía y posterior muerte del libro en su formato clásico: esa pasta dura o blanda llena de hojas de papel, llenas de palabras,  frases, párrafos y hasta silencios, y de bellas historias, que, a su vez, representa la mejor reencarnación de lo que un día fue un árbol.

Por: Mauricio Bravo Cerón

(Esa bella creación que sin dar un solo paso fuera de nuestra casa, sin siquiera movernos de la silla en que solemos reposar después de un agitado y largo día, con sólo abrir sus páginas y recorrerlas despacio, muy despacio, con la mirada y la imaginación fusionadas, nos lleva a lugares y épocas mágicos que jamás soñamos visitar, y menos de esta forma; y al mismo tiempo nos deja una serie de conocimientos acerca de lo que es la vida, el arte, la historia, las ciencias exactas y humanas entre otras muchas temáticas, e incluso nos da detalles de algunos aspectos sobre nosotros mismos que no nos conocíamos, que no pensábamos tener. Y que perplejos suelen dejarnos a veces).

Con el paso del tiempo, y el inevitable crecimiento de todo aquello que abarca Internet, se ha venido comprobando lo alejada que esa temeraria afirmación ha estado de la cotidiana realidad actual. Esa muerte que algún par de individuos, tanto o más ingenuos que el anterior, antes habrían endilgado a la televisión y a la radio, cada una en su determinado momento, no ha llegado y quizás no llegará nunca. Por el contrario, hay espacios en los que Internet y el libro virtual más que unos acérrimos enemigos del libro clásico se han venido convirtiendo es en unos aliados indispensables tanto a la hora de la divulgación como del acercamiento hacia el libro clásico.

Ciertas librerías y ciertos amantes de la literatura universal, en aras de su sostenimiento en el tiempo, lo que hacen es aprovechar la velocidad, masividad e instantaneidad con que Internet llega inesperado hasta lugares insospechados unos pocos siglos atrás para dar, entre líneas, pequeñas y jugosas pistas de lo que los libros contienen en su interior, entre sus misteriosas y olorosas páginas. Y, sí, también permite que nuestros ojos lleguen a explorar el contenido de libros que de otra manera serían un lujo lejano a nuestra capacidad económica.

Y a la capacidad económica de más de media humanidad.

Ahora bien, para ser completamente sincero, puesto a escoger entre estas dos opciones de lectura, yo sin pensármelo ni tres ni dos veces, ni tan siquiera una, me quedaría con el libro en su versión clásica: guardo en mi computador alrededor de 500 libros digitales, en su mayoría de literatura clásica y unos pocos de temática científica. Sin embargo, no me ha sido, no me es y creo que no me será posible avanzar en ellos de la misma forma en que lo hago recorriendo los clásicos y hermosos libros impresos. Lo confieso: igual que les ha de pasar a muchos de ustedes, para mí la lectura en pantalla de computador es, en general, algo pesado y desgastante. (Lo cual a su vez no significa que sea esta una regla general).

Lo que no evita que, casi a diario, use este medio para leer algunas crónicas, reportajes, columnas de opinión, ensayos, artículos, noticias, en fin textos de corta duración encuentro interesantes desde el mismo título y que, de seguir encontrando interesantes más allá del párrafo introductorio, tras llegar al punto final, y a veces desde mucho antes, suelo compartir, para que otros de ustedes con intereses, gustos e inclinaciones afines a los míos tengan también el placer de leerlos. Y sí, también para compartir con ustedes textos como este, de mi personal opinión sobre este que hoy celebra el mundo y sobre infinidad de temáticas.

Otra de las ventajas del libro impreso frente al libro digital puede decirse que es la permanencia: un virus cualquiera puede un día caer en tu computador y llevarse consigo la ya de por sí amplia colección de libros digitales que con celo ibas reuniendo; en cambio los libros impresos siempre van a estar ahí en tu biblioteca personal esperando a que te dignes dirigirles aunque tan sólo fuera una corta mirada contemplativa e incluso si no lo haces seguido, ahí seguirán y a veces hasta superarán la inesperada entrada de ladrones a tu casa. Ladrones que te robarán de todo, menos tus preciados libros.

Si vamos a hablar de ventajas de lo que es el libro digital frente a lo que representa el libro impreso, pensándomelas a priori, hoy podría hablar de tres: la primera, que no merece mayor explicación, es el precio de compra de ambos, no sé a ciencia cierta cómo es en el resto del mundo, pero en Colombia por lo menos los impresos suelen ser carísimos e inaccesibles para ciertos bolsillos de las clases media y baja; la segunda, el espacio que ocupan en el contexto físico de una casa cualquiera: esa colección de quinientos libros de la que hablé hace unos pocos renglones podría pasarla a una memoria USB de buen tamaño, metérmela al bolsillo y nadie notaría la tremenda biblioteca que llevo conmigo mientras recorro las calles, quizás en busca de un nuevo tema sobre el cual escribir.

Y la tercera de estas escasas ventajas es esa facilidad con la que mientras leo en la pantalla de un computador y veo un pequeño fragmento, un párrafo o tan siquiera una frase, cual si rayara las hojas de un libro impreso, cosa que no me gusta hacer, con sólo seleccionarlo y dar acto seguido los comandos o funciones de “copiar” y “pegar”, podría conservarla para mí o también cinco segundos después podría estarla compartiendo con ustedes, señores lectores.

Así que, después de esta tan breve como subjetiva contextualización, si alguien me encontrara en la calle y quisiera entrevistarme y, entre otras cosas, me preguntara si hay, en mi opinión, una lucha continuada entre el libro clásico y el libro virtual, sin dudarlo respondería que no, que no hay nada de eso. Y, aunque es verdad que Internet a veces puede convertirse en un agente distractor, una piedra en el zapato, de los lectores clásicos y su interés por que la juventud actual herede tempranamente ese gusto por la lectura, es también, y de una forma paralela, un punto de apoyo y de referencia para acercarse al libro impreso y escoger y no soltar jamás, después de leer breves reseñas, sólo aquellos libros que más se acercan a nuestros gustos y necesidades puntuales.

Sin ser más la novedad por el momento, dejo de teclear, me tomo un corto descanso y me alejo lento muy lento de ustedes hasta una próxima oportunidad y me voy de regreso hacia ese lugar que el gran escritor belga-argentino Julio Florencio Cortázar (el mismo del guante izquierdo enamorado de la mano derecha o de la verdadera cara después de cumplidos los cuarenta años de vida humana en la nuca, y mirando desesperadamente hacia atrás entre otras bellas expresiones del idioma español) solía llamar el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo: las páginas de un libro.


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