EL OTRO VIRUS

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Por: José Arteaga
(Twitter: @jdjarteaga)

Uno de los problemas más habituales en la situación en que vivimos, y que quizás sea el más recurrente, es el de la información. Tenemos una superabundancia de información negativa, positiva, científica, humorística, cultural, cotidiana y solidaria, alguna contrastada y otra literalmente fake news.

Tal y como lo afirmaba el diario El Heraldo de Barranquilla, el desconocimiento del virus ha provocado incertidumbre y miedo, y por ello confiamos en cualquier tipo de noticia venga de donde venga.

Y ya no me refiero al caso de las estafas por internet, porque ya es de lesa humanidad, sino a las informaciones que sólo crean incertidumbre. Es el otro virus, el informático, el que se ha puesto en marcha.

Ante todo, las recomendaciones: conoce la fuente de la noticia, contrasta la noticia, desconfía de las webs que manipulan imágenes, identifica los patrocinios, ante la duda sobre su veracidad abstente de compartirlo.

En el caso de las fake news esto último es básico, porque no son chistes; son noticias intencionadas que nacieron con el objetivo de cambiar la opinión pública en épocas de elecciones políticas. O sea, mentiras, y ya sabemos que cuando una mentira se repite, creemos que todo el mundo piensa así.

Muchas veces ocurre también que una información es afín a lo que pensamos, por ejemplo, algo en contra de algún político o personaje público, y la compartimos sólo porque nos gusta pensar que eso puede ser verdad. Error. Hay que evitar compartir a toda costa.

Como lo decía David Pescador en la web ElDiario.es, «Las noticias falsas apelan a las emociones, sobre todo a las negativas, como el miedo, la indignación, el asco o la tristeza. Se ha comprobado que cuando una noticia produce emociones de cualquier tipo, es más fácil creerla».

También es cierto es que las redes sociales alimentan el flujo indiscriminado de información.

Por eso Google, Facebook y medios como la BBC han instalado mecanismos de verificación y cada día surgen iniciativas novedosas para filtrar como el ya reconocido sitio español Maldita.es o el colombiano ColombiaCheck.com. Por ellos y por otros se ha comprobado que los venezolanos no van a la frontera a arrojar basura, o muchas imágenes de crisis sanitaria en México corresponden al terremoto de 2017 y no al coronavirus.

Pero ¿qué pasa con las informaciones erróneas, aquellas que no son malintencionadas, sino opiniones sobre el tema? Todo pasa por una verificación científica o de un especialista. Lo malo es que cuando esta se realiza, ya esa opinión errónea se ha difundido tanto que ha acabado convirtiéndose en verdad.

Pongamos un caso: el de las mascarillas o tapabocas. Cuando el coronavirus era apenas un fantasma en España, las primeras cosas que se agotaron fueron los geles desinfectantes y las mascarillas. Por cierto, años atrás, cuando lo de la gripe aviar, los geles fueron cuestionados por sus efectos cancerígenos, aunque esa es otra historia.

Con las mascarillas surgieron la primera teoría: no todas sirven, sólo las que tienen filtro de micropartículas. Entonces surgió la segunda teoría: tienen que ser certificadas, porque hay filtros de distintos grados que se rigen bajo la normativa europea UNE-EN 149. Por supuesto las mascarillas con filtro se agotaron en Amazon en menos de lo que canta un gallo.

Pero cuando el coronavirus invadió el país, surgió la tercera teoría: todas sirven, incluso las mascarillas quirúrgicas, que son las que no tienen filtro. Y cuando empezó el confinamiento, surgieron las iniciativas ciudadanas para fabricar mascarillas quirúrgicas caseras. Así surgió la cuarta teoría: la gente debe afeitarse porque la barba impide que la mascarilla se cierre herméticamente sobre la cara y deje de ser efectiva.

Apareció entonces la quinta teoría: el problema es el flujo salival al hablar. Así nacieron otras iniciativas para que quienes tuviesen impresoras 3D fabricaran soportes para pantallas de máscaras de plástico tipo soldador. Y en esas estábamos cuando apareció la sexta teoría: las mascarillas y pantallas no sirven de nada. Lo importante es lavarse las manos y punto.

Y ya llegados a este punto, hubo una séptima teoría: no compren mascarillas en las tiendas de chinos, porque pueden estar infectadas. Hoy en día todos los gobiernos compran toneladas de mascarillas en China, porque sencillamente es el principal fabricante de este producto en el mundo. Así de simple.

En fin, no hay sistema que te permita saber a quien creer. Todo depende del buen juicio individual. El real problema es que como lo expuso Silvio Waisbord en el New York Times: «Pensamos socialmente. No somos Robinson Crusoe cuando pensamos o tomamos posiciones, sino que estamos influidos por la aceptación social, más allá de si tenemos evidencia. El apetito narcisista que busca conseguir un Me Gusta en Facebook ejemplifica la disposición por el pensamiento de grupo más que por pensar con evidencia o tener la mente abierta. Importa ser aceptado socialmente más que tener ideas correctas. Desarrollamos opiniones fuertes aún cuando tengamos solo un milímetro de evidencia para sostenerlas».


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