A un año de la muerte de Héctor Castro Sánchez

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(Paralelo entre una historia que quisiera contar y una historia que me impactó como su protagonista impactaba a sus contrincantes).

Por: Mauricio Bravo Cerón

Comencé la búsqueda y posterior lectura del libro “El oro y la oscuridad” del escritor y periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos con la idea de encontrar en sus páginas similitudes y diferencias entre esa historia, la del recordado boxeador colombiano Antonio Cervantes Reyes, más conocido como “Kid Pambelé”, y la de Héctor Castro Sánchez, arquero sampableño y nariñense, que alguna vez nos representó en una Selección Colombia de fútbol en Paysandú Uruguay y Toulon Francia, en campeonatos juveniles.

Encontrar el libro no fue tan difícil como si lo fue para su autor dar con el paradero de Melquiades “Tabaquito” Sanz. Una vez lo tuve entre mis manos, quise darle una primera lectura desprevenida, como quien encuentra el libro en una biblioteca mientras buscaba otro muy distinto y se lo lleva para su casa con la simple intención de leer por el gusto de leer. Al llegar al punto final, tras encontrar una desgarradora crónica acerca de la vida humana, regresé a la primera página e inicié una nueva lectura esta, vez con papel y lápiz en mano.

Similitudes

A medida que leía la brutal y vívida crónica de Salcedo Ramos, a medida que avanzaba en sus páginas, e iba introduciéndome en esa Colombia histórica, de verdad que iba a la vez encontrando similitudes y diferencias entre lo escaso que hoy conozco de Castro Sánchez (por cierto, hermano de amigos míos) y la del Kid Pambelé, como el cambio temprano de lugares de residencia: de San Basilio de Palenque a Cartagena para el ex boxeador y de El Charco Nariño a San Pablo, en el mismo departamento, para el ex futbolista.

Sin embargo hay una imagen que para mí ha de ser indeleble y que cada párrafo de “el Oro y la oscuridad”, y cada jap, bueno o malo, lanzado por Cervantes Reyes, trajo de forma recurrente y nítida a mi mente: es la de mi padre Nicomedes Bravo, el mono Nicomedes, parado frente a un viejo televisor, con un pie en el suelo y otro en esa cama en que suelo dormir cuando me quedo en casa (tal vez ya no la misma), lanzando golpes al aire y hablándole, cual su entrenador, al púgil de turno.

Sospecho que ese púgil de turno ya no podría haber sido Cervantes Reyes, porque su última pelea oficial se realizó el 3diciembre de 1983, perdiendo por decisión ante Danny Sánchez, cuando yo tenía escasos dos años y pocos meses,y si ese recuerdo está tan presente en mi mente ha de datar más o menos de 1987, cuando yo casi llegaba a los ocho años y Cervantes Reyes estaba quizá desertando de un tratamiento en Hogares Crea, para ir a Venezuela en busca de “Tabaquito” Sanz y su supuesta deuda (Pág. 121).

La segunda similitud que veo entre los dos casos consiste en un accidente ajeno que enfila sus vidas hacia destinos que serían insospechados días antes de suceder. En el caso Pambelé se trata de una lesión del retador Antonio Ortiz poco antes de buscar el título mundial ante el campeón vigente Alfonso “Peppermint” Frazer. Situación que según Ramiro Machado, aprovechó él mismo para poner a Pambelé frente a su amigo panameño por el título mundial.

Para el caso Héctor Castro, la lesión la sufrió uno de los tantos buenos arqueros que ha dado la tierra sampableña, Jorge Bravo, por aquel entonces titular indiscutible del Estrella Roja, equipo local que se aprestaba a viajar al municipio de Sandoná a un campeonato departamental. Ante la triste noticia la pregunta que todos se hacían era en un estilo muy chapulinesco algo así como “Oh, ¿Y ahora quién podrá remplazarlo?” La respuesta salió en forma de pregunta de una voz que aún no logro identificar:

El equipo solía reunirse los viernes en casa de don Dimas Castro, presidente del equipo y padre de uno de sus delanteros, Orlando, más conocido como “El Batato” Castro, quien jugó una larga temporada en el Independiente Santa Fe y de  Héctor que estaba a escasos momentos de ser uno más dentro del mismo. De repente, en medio del debate de aquella noche, se escucha la imaginativa y nostradámica voz: “Don Dimas, ¿Y qué tal si ponemos a tapar a Héctor?”.

Esto, en un primer momento, causó una risa colectiva.

Pero poco a poco se fue tornando en algo serio.

Un joven Héctor Castro, que al serle propuesta la idea se la tomó en serio y efectivamente se entrenó el corto lapso que le quedaba entre aquella noche y las fechas del campeonato departamental, fue con el sampableño Estrella Roja al municipio de Sandoná. Pero de ahí, de esta participación en ese campeonato de fútbol, viene la tercera semejanza entre su vida como futbolista y la del Kid Pambelé como boxeador.

Se trata de unos inicios realmente precarios.

Me refiero a que una vez en Sandoná el equipo sampableño enfrentó a Tumaco y la arquería Patoja fue vencida en cuatro ocasiones (marcador 4-1), de los otros partidos lo único que sé es que contra La Unión había una rivalidad dentro y fuera de la cancha y el cotejo de los dos equipos terminó en batalla campal. Sobre el Pambelé de los inicios, dice Salcedo Ramos, siempre se iba lanza en ristre contra su contrincante con los brazos muy separados, con una defensa muy abierta y, aunque en ocasiones vencía, lo hacía con cierta dificultad. Era muy monótono en sus ataques.

Sin embargo ahí estuvieron Ramiro Machado para ver algo positivo en él e insistir aún sin saber qué era eso y adónde lo llevaría y Melquíades “Tabaquito” Sanz, para pulirlo y sacar de él ese fino diamante en que se convirtió por mucho tiempo, hasta perder la corona mundial en diciembre de 1983 ante Danny Sánchez. Mientras esto escribo, me pregunto ¿Quiénes fueron en la vida de Castro Sánchez ese Machado que lo vio tapando en Tumaco y vio en él condiciones trabajables para llevarlo poco tiempo después al Deportivo Cali y ese Tabaquito que, una vez ahí, lo pulió y lo hizo un gran arquero.

Sospecho que debió haberlos porque no por nada algún tiempo después cayó entre los seleccionados juveniles para ir a un torneo realizado en Toulon Francia, así como a otro posterior realizado en la ciudad de Paysandú Uruguay. Y, no por nada, algunas voces con las que me he sentado a hablar al respecto coinciden en que, de haber seguido en un entrenamiento constante y juicioso, no hubiese sido raro verlo posesionado de la arquería de la Selección Colombia de mayores y convertido en ese puente de salida ideal para otros sampableños que, como él, se destacaron bajo los tres palos.

Diferencias

Y así podría seguir por otras dos páginas, creo, nombrando otras cuantas semejanzas que noté al leer las páginas escritas por Alberto Salcedo Ramos y las que en mi mente se han venido escribiendo y no me dejan en paz, desde el justo momento en que, enterado de su muerte, me causó una inesperada inquietud saber quién fue Héctor Castro Sánchez y hasta dónde lo llevaron tanto sus buenas como sus malas decisiones.

Entre estos dos personajes, si uno se pone a pensar, diferencias también ha de haber bastantes. Pero para no hacer larga y monótona esta socialización de un interés por una historia reduzcámoslas a tres principales. La primera de ellas, lo lejos que llegaron cada uno en su espacio respectivo: mientras Pambelé llegó a ser campeón mundial de la categoría welter junior, Héctor, a veces voluntariamente y a veces de manera accidental, avanzaba un paso y retrocedía dos, volvía a avanzar tres pasos y retrocedía cuatro y así sucesivamente hasta su retiro forzoso del fútbol profesional colombiano militando en el Unión Magdalena.

De otro lado, sobre Pambelé hay bastante material escrito donde consultar datos, para hacernos una pequeña idea del hecho, hay una parte donde Salcedo Ramos le dice a él algo así como que tiene en su casa por lo menos treinta recortes de periódicos de entrevistas donde Pambelé habla de la deuda que con él tiene Machado. La respuesta de Pambelé es contundente, le dice: Bota esos recortes, porque Machado no me debe nada.

En cambio, la información que hasta ahora he encontrado sobre Castro Sánchez no ha venido a mí de forma escrita, sino que ha salido directamente de boca de quienes en su momento de juventud le conocieron y compartieron con él su historia futbolística en San Pablo y su breve pero significativo e histórico ascenso hacia la cúspide.

Y finalmente, no puedo dejar pasar por alto el hecho de que el periodista y escritor Alberto Salcedo Ramos fue muy amigo del personaje de su libro, anduvo y conversó con él mucho rato y por muchos lugares de la geografía colombiana y a pesar de la parquedad del púgil colombiano a la hora de responder sobre sus puntos más álgidos, ésta es una gran ventaja frente a quien pretende escribir sobre un personaje que, aunque real, no llegó, ni llegará, a conocer en persona.

Como consuelo me ha de quedar el hecho de ser cercano a su familia y haber hecho, en mi época de escuela y colegio, amistad con algunos de sus hermanos. Por cierto, sé por comentarios que en vida fue muy reconocido, sobre todo cuando du carrera deportiva iba en ascenso. Sin embargo después de muerto a excepción de entre quienes fueron sus amigos y cercanos a su familia no se vio como el merecido homenaje. Espero que el escrito que quisiera hacer después de indagar un poco más, con esta breve crónica como antesala, alcancen a hacer ese homenaje.

La respuesta sólo el tiempo nos la dará.

Cierro con un par de escenas: En la primera Will Ferrell (Harold Crick) se sale de su libro y le pide a su autora Emma Thompson (Karen Eifell) que termine la historia de su libro tal y como la tenía planeada, aunque él mismo tenga que morir. En la segunda veo a Salcedo Ramos a pocos segundos, a pocos centímetros, de ser noqueado por el campeón Kid Pambelé. En mi caso son escenas que, dada la muerte del personaje a narrar, cómo vuela el tiempo, hace ya un año, ya no me será posible vivir.


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