Paro armado, reacomodo territorial y la guerra, que no acaba

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Análisis informativo. El suroccidente de Colombia volverá a ser escenario en estos días de acciones de grupos armados, que se pelean a muerte el dominio de territorios estratégicos para la lucha armada, el negocio del narcotráfico y la minería, entre otros elementos. El Estado y los organismos de seguridad actúan por ahora como simples espectadores.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

Solo para el Estado colombiano, los medios de comunicación y quienes quieren creerles a estos, el nivel de complejidad del conflicto armado colombiano no es mayor que antes de la suscripción de los acuerdos de paz con la guerrilla de las Farc – ep.

Porque para el resto  de  la población, es decir ´para quienes han tenido que ponerle la cara a la guerra desde hace mucho tiempo, está claro que este conflicto, lejos de terminar, sigue creciendo.

En este momento histórico, el suroccidente de Colombia es un territorio en donde las complejidades comienzan a sentirse apenas se pisa: hay una disputa territorial de gran envergadura, entre las bandas disidentes que surgieron luego de la suscripción de los acuerdos, guerrillas tradicionales, como el ELN y el paramilitarismo.

La presencia de hombres que pertenecen a la nueva organización denominada Segunda Marquetalia, es decir la que surgió luego del rompimiento de Iván Márquez, Jesús Santrich, El Paisa,  Romaña y otros antiguos mandos, con el proceso que adelanta el ahora partido político Farc, parece imprimirle un carácter político a todo esto, dejando a un lado la idea de que solo se peleaba por dominio de los territorios sembrados de hoja de coca y la producción, comercialización y transporte de cocaína.

Por supuesto que no es un proceso concluido. Por el contrario, el desangre que está produciendo este choque de bandas, guerrillas y paracos, ya es incalculable, pues los organismos de seguridad del estado mantienen una postura más de observadores que de actores, lo que significa que las poblaciones más afectadas están expuestas totalmente a las acciones de los grupos armados.

El paro armado

El Ejército de Liberación Nacional, ELN,  también está enfrascado en su proyecto de expansión y dominio territorial, que iniciara desde 2018. Ahora ha fortalecido sus frentes, renovado sus mandos y posiblemente ha aumentado su poder bélico. Su avance es evidente y prácticamente se han venido encargando de las bandas dedicadas a cobrar impuestos a los productores de hoja de coca y a surtir las ollas de los municipios.

Ahora tiene a la vista el manejo que le dará cuando se  choque con la guerrilla de Iván Márquez. Si hay confrontación, el desangre será gigantesco y las víctimas serán las mismas, pero multiplicadas por cientos o miles.

Pero si por el contrario, se opta por un acercamiento entre los mandos, es muy posible que se esté avanzando hacia la constitución de una nueva coordinadora guerrillera, como la que se promovió entre los años 80 y 90.

¿Qué es lo peor en todo esto? Tal vez la actitud del Gobierno Nacional y su ejército, de permanecer a la expectativa, como mudo testigo de toda una forma irregular de guerra, en lo que pon ahora solo hay vencidos.

Ahora, tras el anuncio del paro de 72 horas a partir del próximo viernes, que en realidad ya empezó con una escalada en territorios como el pie de monte nariñense y el oriente del departamento de Putumayo, se anuncian respuestas armadas de parte del Estado. Es decir, más guerra.

Como lo dijo el gobernador de Nariño, Jhon Rojas: “El reforzamiento militar es importante, pero no puede ser la única alternativa para frenar el conflicto. Aquí lo que se necesita es inversión social para cambiar las condiciones de vida”.

Y eso es lo que no se ve, por estos lados.


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