Los periodistas y la construcción de la verdadera paz

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Día del Periodista en Colombia. (Foto Google)

Difícil hablar de la verdadera paz le queda a muchos periodistas, porque no cuentan con la preparación, ni los recursos técnicos; porque trabajan con hambre, porque no tienen seguridad social; porque están comprometidos con políticos corruptos…

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

Introducción

Si miramos bien. Si hacemos cuentas. Si en realidad medimos lo que ha pasado en el suroccidente de Colombia, por lo menos en los últimos 3 años, la conclusión es fácil: la paz nunca llegó a estos territorios.

La paz sigue siendo un sueño. Por lo menos para algunos. Líderes de las negritudes, las comunidades indígenas, los campesinos, las juventudes trabajadoras, etc siguen convencidos de que solo parando los choques armados es posible pensar en una  vida mejor para sus comunidades y el país en general, expresan a diario su vocación de paz y están dispuestos todos a jugarse la vida, como de hecho está sucediendo.

Pero eso no quiere decir que no se tenga certeza de las realidades que están viviendo miles de personas en Nariño, Cauca y Putumayo, en el suroccidente colombiano. Una guerra irregular que terminó de caracterizarse como tal una vez que las Farc – ep desaparecieron como organización guerrillera.

La fragmentación de los grupos en contienda, el regreso de grupos paramilitares, que se suman al poco claro rol de los organismos de seguridad del Estado, están produciendo un escenario terrible para los habitantes de esos sectores, obligando a los desplazamientos masivos o a los confinamientos e condiciones infrahumanas.

Un escenario bañado de miseria. No solo la económica, sino fundamentalmente propiciada por el abandono y el olvido institucional. Mientras que a nivel nacional los medios hablan de los “pdts” y de tantos programas de cobertura social que se anuncian desde el gobierno central, la realidad nos muestra es que la gente se enferma y se muere por la carencia de agua potable, por la ausencia de médicos y de medicinas, porque increíblemente aún no se conoce la electricidad y en donde el analfabetismo es una realidad demasiado triste.

Una región sin vías de acceso. Que vive de las promesas de los politiqueros, que nunca se cumplen y que, como consecuencia lógica, ha caído en los negocios ilegales, en el rebusque y en la sobrevivencia básica.

El rol de los medios y los periodistas

En este triste escenario, el rol del periodismo también está lleno de neblina. La mayoría de los periodistas, tanto los profesionales como los denominados empíricos, sobreviven en condiciones económicas muy apretadas y lo que es peor, si en un mes se recibe algún pago por publicidad, es muy posible que pasen muchos días antes de volver a ser incluidos en la torta publicitaria oficial, que es en la práctica la única que funciona.

Y si en ciudades como Pasto, Popayán o Mocoa, el tema es bien difícil, en los poblados más pequeños, el asunto pasa por lo dramático. Se sabe de periodistas que prácticamente han muerto en la calle, solicitando atención médica a algún amigo o conocido, porque ni siquiera acceso a la seguridad social se tiene.

Se puede asegurar que en el tema del conflicto social y armado de nuestra región, el periodista es una víctima más. Para nada cumple el rol que debería cumplir. No cubre los hechos relacionados con la objetividad y seriedad que debería por lo menos intentar, sino que está supeditado a la “versión oficial”, es decir a los comunicados que se emiten desde los diferentes despachos oficiales incluyendo a los organismos de seguridad.

La paz, para muchos de ellos, no pasa de ser un titular para un boletín oficial. Nada más. No posee los recursos y muchas veces ni siquiera la capacidad para involucrarse de lleno en la cobertura periodística de la paz, sus orígenes, el presente y sus consecuencias.

Sobre temas tan delicados y a la vez tan fundamentales, como el de los cultivos ilícitos, la minería ilegal o inclusive sobre la guerra irregular que se padece desde hace más de medio siglo, prácticamente ni se arriesgan a trabajar o a exponer alguna información.

Todo esto nos lleva a concluir que el periodista, la mayoría de ellos en nuestros territorios, trabaja con hambre y con miedo. Sacrifica su dignidad, su orgullo y lo mejor de su profesión o actividad a cambio de humillantes dádivas. También hay quienes venden su silencio. Las necesidades  en unos casos y las ganas de dinero fácil, en otros, también los lleva a esos extremos.

La lucha por la paz, para los periodistas es un acto invisible que desarrollan seres anónimos, que no facturan publicidad y que no pagan por favores políticos.

Y así, muchos se sienten cómodos.


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