La tierra de la mentira

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Somos una población que vive de la no verdad. Cada uno de nosotros aprendió hace rato que para salir adelante, sea lo que sea que esto signifique, como mínimo tenemos que echarle un cuento a alguien. Venderle una ilusión. Muy posiblemente un engaño.

Víctor Chaves. #ReporteroNomada. Periodista independiente.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

Por muchas razones, históricas, no tengo dudas, médicas o algo por el estilo, no lo sé, pero de lo que sí estoy seguro es que, una gran porción de ese componente misterioso que nos volvió así, viene desde arriba. No del cielo, precisamente. Viene del Estado. De nuestros gobernantes.

El hogar, por supuesto, también es un escenario ideal para aprender a ser un buen mentiroso. ¿Buen mentiroso?, suena contradictorio, pero en un lugar en donde hay súper especialistas en promover ilusiones, hay que afinar mucho para sobresalir entre los mejores falsetes de la región o del país.

Papá y mamá, les decía, son maestros nunca bien compensados en el arte de no decir la verdad. A la hora de un almuerzo familiar, son los mayores, quienes que sacan a relucir sus artilugios y fantasías, para tratar de adobar formas de vidas, que al final son tan simples y aburridas como las de todos los demás.  

Por eso existen las y los amantes clandestinos, las claves para el celular, las cerraduras con doble llave, las cajas fuertes, en fin, toda una logística que permite a muchas, o ¿a todos? deambular por este mundo oscuro que oculta lo que sucede e inventa ilusiones a cada momento.

El engaño institucional

Todo esto para argumentar algunas razones, ¿verdaderas?, sobre los motivos históricos, sociales y propios de la convivencia que han llevado a que construyamos esta fanfarria llamada Colombia. Una fanfarria que canta y baila sobre la sangre de sus hermanos; que ignora las necesidades de los demás; que promueve el egoísmo, el dinero fácil, la inmoralidad a todo nivel…

El Estado, es decir nuestros gobernantes y sus equipos de ministros, asesores, asistentes y demás, sentados todos en presupuestos y bienes de todo tipo. Administradores que se sienten dueños o patrones más que  funcionarios al servicio del Estado.

Forjador de eslabones gruesos pero plagados de fisuras por la inmoralidad, la desidia y la incapacidad de quiénes nos han mandado, que le enseñaron al pueblo a vivir del rebusque, cualquiera que este sea, es decir que nunca les importó si era legal o prohibido. Que robaron, sobornaron y hasta mataron para llegar y perpetuarse en el poder.

Unos gobernantes que no solucionan ninguno de los problemas estructurales del país, simplemente porque no les interesa o porque definitivamente viven de estos, como es el caso del narcotráfico y del conflicto armado en general.

Una autoridad hecha para el delito. Que es más mala que los propios delincuentes y que está al servicio no solo de los más poderosos sino de los que más maldad han construido desde siempre. Las instituciones de seguridad y de justicia, son otros eslabones de la cadena de mentiras de la institucionalidad. Ineficientes, inoperantes y corruptas sin límite alguno, son un flagelo para la sociedad decente, si es que la hay, antes que una garantía para un vivir tranquilo, por lo menos.

Y nosotros… nosotros

Y debajo de todo esto, estamos nosotros. El pueblo colombiano. Una peculiar estructura social que luce como los mares de hoy: majestuosos por encima, pero plagados de mierda por debajo. Somos el cojín sobre el que los corruptos ponen sus traseros.  Somos la bacinilla en la que cagan. Padecemos de una  bobería tal, que como epidemia se apoderó de nuestros sentimientos y pensamientos y nos convirtió en seres alienados por la televisión, el fútbol, la rumba y el trago.

Nosotros somos aquellos que permitimos que nuestros gobernantes, sus amigos ricos e inclusive los gringos, nos convirtieran en seres sin más sentimientos que el afán del enriquecimiento rápido, a toda costa, sin límite alguno. Sin un dejo de moralidad.

Permitimos que se lo robaran todo, sin mover un dedo para impedirlo, pero siempre atentos, al chisme y a rajar de todos, como es costumbre. Buenos para quejarnos, pero pésimos para actuar en equipo o para luchar por los derechos colectivos.

Permitimos que nos mataran sistemáticamente, que acabaran con el liderazgo popular, que aniquilaran cualquier esperanza de cambio.

Nuestra pereza mental y las rutinas hacen que nos cansemos hasta de reclamar lo que nos pertenece, lo que se necesita o lo que nos han quitado. Por eso los paros aquí no son como en otros países. Aquí al segundo día ya estamos reclamando para que “dejen trabajar” y se nos olvidan las razones que nos llevaron a movilizarnos.

Y así sucesivamente. Si hacemos el ejercicio físico o mental de revisar nuestras actitudes, comportamientos y hasta lo que decimos, confirmaremos sin mucha dificultad que, efectivamente somos un pueblo mentiroso en el país de las mentiras, en donde quien no mienta quedará relegado. Así de sencillo.


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