Agua, químicos y trozos humanos: La fórmula del río Patía

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La pesadilla se repite. El miedo, el terror y la necesidad de largarse dejando todo lo que tienen, vuelven a apoderarse de los habitantes de la cuenca del bajo Patía. Muchos, que habían retornado, confiados en el proceso de paz, nuevamente tienen que partir.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

La Hoz de Minamá, en donde las fuertes corrientes del río Patía rompen la cordillera para dirigirse hacia el Pacífico nariñense. territorio del Bajo Patía, una de las historias ocultas de nuestro gran territorio nacional.

El río Patía fue siempre considerado como una de las principales arterias fluviales del país, después del Magdalena y el Cauca. En los colegios se enseñaba que sus caudalosas aguas tenían el poder de romper las montañas y que en ellas se alojaba el alimento de miles de familias.

Muchas especies, pero principalmente el bocachico, el barbudo, el sábalo, la cachama y la tilapia se pescaban con redes y varas, convirtiéndose en la forma de vida y sustento de muchas personas que se encargaban de extraerlo y llevarlo a le mesa de ciudades como Pasto, Popayán y Cali, entre otras.

Familias procedentes de estas ciudades del occidente colombiano, llegaban a los diferentes poblados del sur del Cauca y el norte de Nariño que surca el río, para disfrutar de sus paisajes, de sus empedradas playas y sobre todo de la oportunidad de saborear un buen pescado, al pie de unas aguas que entonces parecían cristalinas, limpias.

Los habitantes de estos territorios, algunos nativos, otros migrantes desde el Valle o Antioquia, conformaban comunidades prósperas, que vivían de lo que les daba el campo, café, frutas, algo de caña y productos de pan coger. También había ganado y en general se vivía, sino muy bien, por lo menos de manera tranquila.

Había algunas amenazas. La minería comenzó a crecer  sin ningún tipo de control y bien pronto, desde finales de los años 70, comenzaron a apreciarse las primeras retroexcavadoras y el olor del mercurio comenzó a invadir la selva aledaña y la ladera del río.

Todo comenzó a cambiar. Las relaciones de convivencias  se volvieron menos fraternas. Se generaban desconfianzas y se pagaban consecuencias. La violencia ya mantenía una presencia casi que permanentemente.

Pero luego  apareció la coca y todo cambió.

Coca, bonanza, violencia y muerte

Los gobernantes de Colombia, si bien han tratado de darle tratamientos diversos en algunos matices al tema de los cultivos de uso ilícito y el narcotráfico, siempre han caído en errores comunes, a la hora de plantear salidas a un asunto que sigue siendo un problema global del que nadie se quiere hacer cargo, mientras que en Colombia se siguen poniendo los muertos.

En la década de los años 80, poco o nada se sabía de coca en la cuenca del río Patía, aunque muchas familias del territorio vieron partir a sus hijos rumbo al bajo Putumayo en donde los cultivos estaban al pie de la carretera. Se hablaba de la rentabilidad de la coca, pero el campesino tradicional en esta zona, quería seguir aferrado al café, la caña y la yuca.

“Nosotros tardamos mucho, más de dos años, para darnos cuenta de que nuestros vecinos y amigos habían decidido arriesgarse con la coca. Eso fue por allá a finales de los 80. Algunos de ellos ya sumaban varias cosechas y ya se habían dado cuenta de que era un buen negocio, pues dejaba algunos réditos como para estar tranquilos con los gastos”, comenta don Óscar, un viejo habitante de Ejido, corregimiento del municipio de Policarpa, en la cordillera del sur del cauca y el norte de Nariño.

También señala que “en muy poco tiempo la gente comenzó a buscar nuevas tierras para sembrar la mata. Cada día llegaban más familias a buscar en dónde asentarse y sembrar. El bajo Patía terminó de poblarse y la siembra de coca se convirtió en la única actividad agrícola de todo este gran territorio”.

Como casi siempre, al principio todo fue prosperidad y el dinero comenzó a verse de diferentes maneras. Camionetas nuevas, grandes almacenes, casas lujosas y por supuesto, discotecas, prostíbulos y demás. Poco a poco la gente se fue dando cuenta de que el cultivo de hoja de coca los habría de llevar de la mano de los diferentes actores de la ilegalidad en el país, incluyendo a la mafia, los grupos armados y los políticos corruptos, entre otros.

Y por supuesto, el precio había que pagarlo. Los grupos guerrilleros, principalmente las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc – ep y el Ejército de Liberación Nacional, Eln llegaron para quedarse y para establecer su dominio.

Nuevas disputas

La disputa territorial por el control de los cultivos de coca reapareció luego, cuando  llegaron los paramilitares, al comienzo del nuevo milenio. Una ola de terror recorrió el Patía desde Sánchez hasta llegar al Pacífico. Los ajusticiamientos, las “picadas” y el lanzamiento de trozos humanos a las aguas  del río Patía, forman parte de la memoria colectiva, que es más bien una pesadilla social, que muchos pensaron que jamás volvería a repetirse. Tristemente también volvieron a equivocarse.

Para gran parte de las familias, la coca significó salir adelante, pagar la educación de sus hijos y adquirir algunos bienes que de otra manera jamás hubiesen podido conseguir. Pero el precio que pagaron y junto a estas familias toda la región, ha sido demasiado costoso. Mucha sangre ha corrido entre las aguas del río, confundida entre venenos, cadáveres y las lágrimas que siguen manando las madres de tanta víctima de la violencia de la coca.

Con los acuerdos de paz suscritos entre las Farc y el Estado colombiano en cabeza del presidente Juan Manuel Santos, se pensó que sería la culminación de las angustias para comenzar a vivir mejores momentos, pues el Gobierno ya no solo haría presencia militar sino que llegaría con inversión, oportunidades, empleo y obras para todos. Lamentablemente no fue así. Las ilusiones comenzaron a diluirse bien pronto y tras la llegada al poder de Iván Duque, el despertar de la gente ha sido brutalmente inexplicable.

Debido a que el asunto de los cultivos de uso ilícito y el narcotráfico sigue sin resolverse, así como tampoco la sobrevivencia digna para miles de mineros ilegales, de contrabandistas de gasolina y de tantas otras formas irregulares de vida y de sustento de poderes  mafiosos en medio de las victimas históricas del conflicto social y armado colombiano, entonces las condiciones para una guerra irregular en la que la imposición de fuerzas costará muchos muertos antes de que sea definitiva, siguen ahí y por supuesto los grupos armados que quieren dominar el territorio no han tardado en hacerse notar.

La aparición de organizaciones y bandas que se separaron del proceso de paz fue la siguiente fase del conflicto en el bajo Patía, al igual que en la costa pacífica nariñense y caucana. Aquí salió a relucir Sábalo, un reconocido estratega militar, recordado por muchos en la región, poseedor de una fama casi de leyenda, quien nunca se sintió a gusto con la forma como transcurrieron las cosas en el espacio territorial en donde estuvo junto a sus seguidores y parientes del antiguo frente 29 de las Farc – ep.

Sábalo, junto a un número aún no determinado de sus hombres cayó bajo las balas de miembros del Ejército de Liberación Nacional, Eln, organización que ahora quiere asumir el control total de toda la cuenca del río Patía, incluyendo los cultivos de uso ilícito y las máquinas que extraen el oro de las aguas.

Pero para alcanzar este cometido, los elenos aún tendrán que terminar de asentar su poder en el costado derecho del río, mirando hacia el Pacífico, antes de cruzarlo para enfrentarse a los grupos paramilitares que vienen desde la cordillera, unos los identifican como las AGC y otros como los del Golfo. La nueva guerra al parecer será esa. La cuenta regresiva ya está en marcha.

Mientras tanto las aguas del Patía, casi negras y putrefactas seguirán un rumbo despojadas de esperanzas y sueños, pero cargadas de sangre y dolor, en un viaje  que vuelve a ser de muerte. De una muerte que el Estado sigue ignorando.


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