«Polarización» a la fuerza

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El tropel en las redes sociales que enfrenta a “Uribistas” y “Petristas”, no refleja la realidad social del país, así los gobernantes y los medios masivos quieran someter a la población a su demagogia y a sus oscuras intenciones.

Víctor Chaves. #ReporteroNomada. Periodista independiente.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

De un tiempo acá, especialmente después de la aparición de la Internet y la consolidación de su uso masivo a través de las redes sociales, comenzó a notarse paulatinamente la necesidad de todos los seres humanos de contar cosas.

Como me siento, como me alimento, como estoy con mi pareja, etc, fueron las primeras cosas que se contaron en Facebook. Luego, y en simple lógica, el temario se fue ampliando y la confianza de la interlocución también evidenció rasgos de personalidades.

Pero como a la par de esto, el medio cibernético se fue apoderando de la mayor porción de la vida de todos los habitantes de este planeta, en muy poco tiempo las redes sociales pasaron a convertirse en el mejor escenario para todo: Para comprar, para vender, para encontrar el amor, para recrearse, para encontrar afinidades e identidades…

La magia de las telecomunicaciones logró que la paridad pasara del barrio o el pueblo, al mundo entero. Gracias a todo esto, es muy fácil descubrir a alguien que tenga un gusto similar o parecido al mío sobre algún tema en particular, así yo viva en Pasto, Nariño y el otro en Singapur.

Entonces comenzaron a conformarse combos, grupos, clubes y cualquier modelo asociativo que permitiera modelos de integraciones virtuales con infinitas características y particularidades. Por supuesto, no todos llegaron al modelo con sanas intenciones. Los propósitos oscuros dieron paso entre otras cosas a radicalismos y posturas que generan reacciones contrarias en la propia red, en donde la inmediatez manda.

Para no estirar demasiado este fragmento de la historia reciente del mundo virtual, cierro esta parte con dos argumentos. Uno, en un país como Colombia, con un conflicto histórico irresoluto, con el manejo político, económico y judicial en unas manos, que además de ser las mismas de siempre, navegan en la corrupción y la delincuencia organizada o mafia, es prácticamente obvio que estemos apegados a este recurso, como elemento clave para que se cometan nuevas fechorías, incluyendo la de dividir a las comunidades para sacar provecho y perpetuarse en el poder.

Y dos, los medios masivos de comunicación siguen jugando un papel fundamental en el propósito de impedir que las comunidades más vulnerables y las menos pudientes, encuentren objetivos y caminos similares de lucha reivindicativa. Mediante figuras políticas se encargan de promover mensajes que solo conducen a procederes sin escrúpulos, a sabiendas de que la impunidad será su mejor protección.

Los medios manipulan personalidades, sentimientos y procederes. A través de sus espacios informativos, mienten, tergiversan y engañan. Crean falsas situaciones de acuerdo con sus intereses y el momento sociopolítico del país. Son ellos, grandes responsables por la cortina que protege a los corruptos y a quienes defienden las expresiones más oscuras y lamentables de la guerra colombiana. Ellos le dicen a la gente por quién reír y por quién llorar; cuál es el muerto bueno y cuál es el malo.

Los dos están convencidos de que  la polarización que se ha propiciado define claramente a los seguidores del expresidente Álvaro Uribe Vélez y a los amigos del senador Gustavo Petro. La izquierda y la derecha, expresiones históricas de la política colombiana, representadas en dos ciudadanos como estos y el país matándose alrededor de sus nombres. La sociedad centralista, es decir no solo la que vive en Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena o Barranquilla, sino especialmente la repite en coro estos preceptos, porque se cree todos los cuentos y se los come sin masticar. Ellos son quienes hablan de que si no es con el uno es con el otro y de no hay más alternativas.

Facebook y las demás redes sociales están hoy plagadas de banales discusiones alrededor de este cuento y de ahí se desprende el apoyo o no al paro nacional, por ejemplo. No puedes ser uribista y estar en paro, o no puedes ser petrista y quedarte en la casa. Ya la gente lo asumió y no hay otra alternativa.

Todo esto es un circo. El circo de la falsedad y la mentira. El engaño nacional, en el que todos tienen que ver. Y nosotros nos comemos el cuento porque así es más fácil. Es más no hemos tenido problema en dejarnos encasillar de esa manera. Hasta lo disfrutamos.

Pero por más cómplices que seamos de este capítulo de la desgracia colombiana, es necesario comenzar a recuperar nuestro espacio. No es cierto que quienes se oponen al régimen oligárquico, corrupto, mafioso y entregado a la voluntad del gobierno de los Estados Unidos, tienen que ser necesariamente petristas.

Tampoco es cierto que quienes denuncian a diario la masacre que se cierne sobre indígenas, afro, campesinos y excombatientes reincorporados lo hagan porque son seguidores del exalcalde de Bogotá. Y hay muchas falsedades más que recorren computadores y celulares a diario que se deben comenzar a desmentir.

La verdadera polarización es la que hoy está construyendo el pueblo colombiano. Mucho más allá de Petro y Uribe. Esta, parte del rechazo absoluto a toda forma de corrupción, de incapacidad administrativa de la función pública y de expresión violenta contra los seres vivos. No tiene que ver con un caudillo o un candidato. Es una polarización que se mamó de todo tipo de discriminación y de los abusos que surgen desde la institucionalidad y que se sigue forjando en la medida en que los canales de televisión, la radio y los demás medios masivos persistan en la idea de alienar con circo mientras los poderosos siguen robando y los violentos destruyendo lo poco que queda de Colombia.

Debemos negarnos a la polarización que promocionan los medios masivos de comunicación y que repiten como loros los habitantes de las grandes ciudades, porque se sienten inmaculados libres de pecado y riesgo.

Nuestro radicalismo se debe fundamentar en la honestidad, la transparencia, el compromiso, el trabajo y la convicción de que se está buscando es el bien común. Es decir, la verdadera paz. Nada más.


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