Llegó el paro: No más miedo ni modorra

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Un movimiento de protesta que tiene mucho de espontáneo, pero también de interés político, como debe ser, es un acto masivo que lleva años de mora en Colombia. Siempre hubo razones para parar, pero también es cierto que siempre hubo miedo. Y modorra.

Por Víctor Chaves R. #ReporteroNomada

Dicen que el paro nacional que comienza el 21 de noviembre es un acto espontáneo, un reflejo de la necesidad de expresión que mucha gente, especialmente los jóvenes, tiene frente a la realidad coyuntural e histórica de nuestro país.

Dicen que hay, eso sí, un gran listado de razones para salir ahora a las calles y manifestarle a los dirigentes que definitivamente las cosas van demasiado mal, no solo en lo económico, ni solo en lo social. La verdad para muchos, es que todo está salido de cauce y que no solo es difícil volver a tomar el rumbo correcto, sino, lo que es peor, a los gobernantes  todo esto parece importarle un pito. Dicen.

Y dicen también que el movimiento tiene un fuerte componente político, que busca, ante todo desestabilizar al gobierno de Iván Duque.

Por supuesto, los radicales que se oponen a todo lo que suene o huela a pueblo, dicen y están seguros de que luego de esta jornada, las ciudades van a quedar vueltas mierda, por acción de los famosos encapuchados, que han terminado por convertirse en seres lúgubres, infiltrados, imitados y a todas luces manipulados por discursos anacrónicos que piensan que el fin de una protesta es salir a dañar almacenes, monumentos y vitrinas.

En lo personal, como periodista, reportero de campo y trabajador de temas sociales relacionados con luchas populares, pienso que efectivamente a este acto de protesta muchos van a llegar espontáneamente, inspirados tal vez por los modelos que se están apreciando por las redes sociales en otros países, los vecinos y también los lejanos. He apreciado como combos procedentes de muchos sectores, culturales, académicos, comunitarios y demás, están preparando sus fanfarrias para salir a las calles a decirle de muchas maneras a los que mandan, que hay un agotamiento frente a asuntos como la corrupción y la violencia contra los líderes populares.

Esto es muy  bueno, porque de alguna manera parece avizorarse un despertar que ha tardado mucho en llegar, luego de décadas de una evidente modorra y desinterés por una clase media que sentía que estos asuntos no eran con ella, pero que ahora se siente y de verdad lo está, tocada por la ambición de quienes quieren solventar un Estado despilfarrador y ladrón con lo que tienen quienes se han desgañitado trabajando por darle algo de comodidad a sus familias.

También es positivo que sociedades acostumbradas a ver el mundo por televisión y Facebook, hoy se den cuenta de que eso de la carestía, de la inseguridad, de la violencia irracional y de la corrupción, también las afecta, y de frente, y en consecuencia, piensan ahora que hay que salir a protestar, a exigir.

Ver que la rebeldía histórica de algunos jóvenes se ha venido convirtiendo en una propuesta sólida de cambio social y estructural, porque estiman los chicos que ya se han dado demasiadas oportunidades a una clase dirigente que a todas luces demuestra que no quiere que Colombia cambie, sencillamente porque así está muy cómoda y que todo esto tiene que comenzar a manifestarse mediante movilizaciones de gran envergadura, tiene que ser bueno. De eso no me queda la menor duda.

En Colombia sobran, desde hace mucho tiempo, las razones para promover paros cívicos indefinidos, eso lo sabemos todos. Los corruptos han estado en el poder desde siempre. Lo mismo los ineptos, los sanguinarios, los mafiosos y los miserables. El país ha marchado mal con nuestra anuencia, porque permitimos que así funcionaran las cosas y porque nos daba pereza, modorra, salir a protestar, porque, aunque sabíamos que todo funcionaba de esta manera, finalmente un suspiro, un golpe de pecho, un “qué pesar”, eran suficientes para calmar nuestra estúpida agonía.

A la pereza, al desinterés, se le sumó siempre, el miedo. Ese estado físico y mental que ha sido manipulado por propios y extraños para su beneficio, para perpetuarse en el poder. O también para tratar de llegar a él.

Las filtraciones de las movilizaciones populares, oscilaron históricamente entre el mito, la realidad y el irrespeto absoluto por quienes de verdad querían hacer sentir un mensaje oral, antes que la explosión de una “papa”. La experiencia me dice también que es cierto. Todos los actores armados del conflicto colombiano, incluyendo al gobierno, el ejército, la policía, los servicios secretos, la guerrilla, los paras, en fin,  han infiltrado las manifestaciones populares callejeras, con fines específicos, como el saboteo y las acciones violentas más propias de una guerra  social abierta que de una marcha o algo por el estilo. Este, el de las infiltraciones, es un hecho real, que ha sembrado el miedo y que hoy limita la capacidad de movilización de mucha gente.

Es innegable también que existen claros objetivos políticos con este movimiento. Y así tiene que ser. Los opositores al gobierno de Iván Duque van a aprovechar la motivación social que existe alrededor del paro del 21 de noviembre para generar un hecho que produzca algunos efectos en el gobierno, ojalá positivos para el país. Del otro lado, quienes quieren posar de inmaculados y hacen esta “denuncia”, también están haciendo política con el paro. Este tipo de manipulación es al parecer inevitable.

El Gobierno por su parte ha tratado de quitarle legitimidad al movimiento y de llenar de miedo a la gente sobre lo que según los funcionarios va a pasar el próximo jueves. Y lo hace con mentiras y con nuevos engaños, como en la época de campaña. Es decir que sigue considerando imbécil a la gente y se soporta en los más imbéciles de todos: se apoyan en quienes aún les creen.

La realidad es que el paro puede darle al pueblo colombiano la oportunidad de renacer, de despertarse de su modorra, de levantar sus rodillas y de decirles no más a los torcidos asesinos que nos vienen gobernando desde hace mucho tiempo. Hacerlo, llevarlo a cabo, solo se puede si se sale a la calle, sin miedo, con determinación y con la convicción de que esta vez se va por el verdadero cambio, por la construcción de la verdadera paz.


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