La re – mitificación de Luis Ospina

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Luis Ospina y Guillermo Ovalle, dos cinéfilos que ya no están en este mundo. (Fotos Víctor Chaves)

Entre mayo y septiembre de 2011, el cinéfilo y director del festival de Cine de San Agustín, Huila, Guillermo Ovalle, ya fallecido, me convocó a participar en un par de talleres sobre producción y crítica cinematográfica y yo acepté feliz, por un par de razones, para comenzar:

Estaba por esos días engomado con la idea de montar una cartilla de introducción curricular en la aplicación del cine y la cinematografía en las tareas pedagógicas escolares y de educación superior, y ese contacto con la gente del cine me serviría mucho para terminar de redondear una propuesta que alcanzó a tener algún  eco, aunque no lo suficiente. Pero la idea hasta hoy sigue latente.

Pero lo que más me llamó la atención en ese momento era la posibilidad de compartir algunas sesiones de 4 horas con Luis Ospina, para mí el maestro del cine colombiano y el mejor realizador cinematográfico de todos los tiempos en Colombia.

Me había devorado por esos días Un tigre de papel y La desazón suprema y no me aguantaba las ganas de encarar al director de tamañas películas y de expresarle todos los sentimientos que me había desatado.

Fue así como pude estar cerca de Luis Ospina durante  las mañanas de 4 o 5 sábados, escuchándolo discernir sobre el cine de ese momento histórico, contar sus anécdotas, hablar de Mayolo, de Andrés Caicedo, de Fernando Vallejo, del Festival de cine de Cannes, de Berlín…

Un primer resultado de esos talleres fue un reportaje que intentaba mostrar como Luis Ospina tuvo la suerte o quizás la fortuna de haber sido mitificado en vida, y no solo una, sino dos veces. Una aseveración que, por supuesto él no compartía, pero igual no tuvo el menor problema en que así lo planteara en el escrito que publiqué en el portal hispano – canadiense Suite 101:

Luis Ospina con el periodista Víctor Chaves, en septiembre de 2011

Luis Ospina, director de cine colombiano: Mito por segunda vez

Carlos Mayolo y Andrés Caicedo lo acompañaron en su primera experiencia mítica. Ahora son sus películas las que lo ponen de nuevo en ese estrado.

Más que un director, Luis Ospina se considera a sí mismo como un “hombre de cine”. Y no es para menos: casi 50 años involucrado en cada una de las multiplicidades que ofrece el llamado “Séptimo arte”, le permiten auto – bautizarse de esa manera, sin que se esperen muchas voces que opinen lo contrario.

Y aunque no muchas personas se han dado el lujo de ser mitificados en dos oportunidades totalmente diferentes, él no pierde su desparpajo; es feliz hablando con los jóvenes que estudian cinematografía o algún tipo de producción audiovisual; se goza las conferencias, talleres y conversatorios a las que es invitado y no tiene problema en conceder decenas de entrevistas repetitivas para canales escolares, periódicos universitarios, etc.

Primera mitificación: el “Grupo de Cali”

Cali, una de las principales ciudades colombianas, tuvo una especie de renacimiento cultural y social en los años 70 del Siglo XX. La realización de los Juegos Panamericanos en esta población a comienzos de la década no fue suficiente maquillaje para una profunda crisis social y económica que sentía en especial por la aparición de núcleos poblaciones irregulares, como producto de la migración masiva de negros e indígenas que llagaban desde la costa pacífica y desde el macizo colombiano.

Esa mezcla de falsas imágenes sobre un supuesto desarrollo, y de miseria real, se convirtió en un detonante que sacó a la luz las inquietudes de un colectivo de amigos de las clases media y alta de la capital del departamento del Valle del Cauca, entre quienes sobre salieron de inmediato por su afinidad hacia la cinematografía, Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, aunque no fueron los únicos.

La historia bautizaría este primer conglomerado cultural como el «Grupo de Cali”, organización acéfala y amorfa, pero llena de creatividad, propositiva y beligerante, pues productos que de allí nacieron, como el “Cine club de Cali”, la revista “Ojo al Cine”, la novela de Andrés Caicedo “Qué viva la música” y muy especialmente las piezas audiovisuales “Oiga vea” de Caicedo y “Agarrando pueblo” de Ospina y Mayolo, se convirtieron en fuertes bofetones a la sociedad y la clase dirigente de ese entonces. Caicedo y Mayolo ya se fueron; Ospina vive como el mito viviente que nació con ellos.

La re – mitificación

Luis Ospina no ha perdido la conciencia del papel que ha jugado en la historia del cine, no sólo del colombiano, sino del latinoamericano. En una gran parte porque sus posturas sociopolíticas plasmadas en su obra le dan ante los ojos de propios y extraños el carácter de independencia que no se suscribe a la voluntad o determinación de las casas productoras, en el sentido de ser estas las que deciden si hacen o no una película, sino que abarca la postura ideológica y política de quien hace un guion y lo pone en escena.

Pero también está el reconocimiento y la admiración que sin tapujos y a veces en colectivo, le expresan los estudiantes de cinematografía y de artes visuales.

En los foros, talleres y seminarios donde él es invitado, indudablemente es el favorito del público, que ve y repite sus películas y hasta paga para volver a escuchar las historias y los postulados, muchas veces cargados de sarcasmos, del ya veterano director de cine. Como correspondencia a ese reconocimiento y a la valoración que los jóvenes siguen haciendo del resultado de su trabajo, Ospina no hace sino decir sus verdades: “Ya no siento la urgencia de estar haciendo una película, como me pasaba hace unos años.

Ahora puedo dedicar una buena parte de mi tiempo para pensar, concebir nuevas alternativas para llevar a la pantalla, pero sin que nadie me esté acosando porque tengo que entregar un proyecto, el plan de filmación o el guion terminado”.

Escrito en septiembre de 2011


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