Engendrados en la guerra, pero nacidos para la paz

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Una historia breve en primera persona

En este segmento de la historia se narra, como eje central de una propuesta temática, una parte de los primeros años de vida de Neymar y un grupo de niñas y niños, hijos de quienes por ese entonces aún eran guerrilleros, campesinos en su mayoría, que nacieron o tuvieron su primera lucidez justo en momentos en que nuestro país comenzaba a avizorar el advenimiento de nuevos tiempos. Ubicados en el suroccidente de Colombia, y como hijos de alzados en armas en proceso de paz con el Estado, ellos llegan a este mundo cuando ya la guerra terminó, o por lo menos se transformó, pero sin que la paz, aún hoy  casi al final de 2019, no haya llegado aún. En medio de todo este limbo, el arribo a la vida de varios puñados de niños y niñas, tiene un nombre propio: Esperanza. De ahí el título de este reportaje. A petición de las madres, utilizamos sus nombres de cuando eran combatientes. Todas las publicaciones gráficas de los niños se hacen con el consentimiento de su o sus padres. Todas las fuentes autorizaron la publicación de sus informes y puntos de vista.

El pequeño Neymar, junto a su madre Mally o Marily, el Doc y el periodista Víctor Chaves, en el ETCR Aldemar Galán, en el alto de la paloma, madrigal, Policarpa, Nariño, Colombia

Fue hacia julio de 2016 cuando conocí a Neymar. A su madre, Malli o Marily la había visto antes, en dos o tres oportunidades, en los diferentes campamentos a donde había llegado como comunicador y reportero para hablar con los comandantes Ramiro Cortés y Javier Guzmán, del frente 29 de las Farc sobre los acuerdos de paz que en esos momentos se cocinaban en La Habana y otros asuntos s relacionados con la presencia de esta organización en el suroccidente colombiano, sur del Cauca y departamento de Nariño.

Siempre me llamó la atención la fina figura de Marily, ataviada dentro de su camuflaje y casi oculto su rostro por un sombrero de campaña. Era increíble, pero portando su fusil se veía aún mucho más frágil, su delgadez, me hacía dudar: ¿Podrá con el peso de su arma? ¿Cómo haría en los días de combate o de “tirar trocha” (caminar por el monte)?, me preguntaba, atraído por su condición de guerrillera y madre, siendo, sobre todo, tan joven.

Pero yo estaba totalmente equivocado: su apariencia endeble encierra a una verdadera mujer de hierro, tan fuerte como su vida le exigió serlo, a diario. Siempre soportó sobre sus hombros decenas de vicisitudes propias de pertenecer a una etnia, la negra o afro, históricamente humillada y segregada; de nacer y vivir en un territorio en constante conflicto, siempre pasando sustos, siempre con hambre y de saber por experiencia propia que formaba parte del más grueso núcleo de compatriotas pobres y miserables.

Como le sucedió a una gran porción de los combatientes más jóvenes, la guerrilla para ella fue finalmente un lugar. Un lugar de escape. Allá fue a parar huyendo de todos sus miedos y temores: violencia intrafamiliar, pobreza extrema y el riesgo permanente por la presencia de grupos armados tratando de imponer su ley en el territorio del Bajo Patía, en el centro – occidente del departamento de Nariño, de donde es oriunda. Los lazos familiares ayudaron a que tomara esta decisión, pues varios  de sus primos, tíos y sobrinos, “unos 15, más o menos”, formaron parte de las Farc – ep y muchos de ellos permanecieron en la guerra, porque se dieron cuenta de que la paz no aparecía y por el contrario, los seguían asesinando y el país empeoraba a diario.

Pese a sus 26 años de ese entonces, había completado ya 12 como integrante de las Farc – ep. Toda una vida en realidad, que le permitió conocer los lados más tenebrosos, odiosos y grises  de una guerra irregular como la que se vive en Colombia desde hace mucho tiempo.

Pero por increíble que parezca y a pesar de haber aprendido a disparar, a armar explosivos; de haber enfrentado la muerte, en la mirada de sus enemigos, nunca perdió ese rasgo suave de su ser, de su personalidad. Tímida, pero cordial, casi siempre, también hubo momentos en que pude apreciar algo del temperamento fuerte que muchos de sus compañeros decían que poseía. La vi en un par de ocasiones, muy molesta, enfrentando con rabia a un par de sus compañeros que simplemente bromeaban con su hijo.

Su rol de madre – guerrillera lo comenzó a desempeñar después de que comenzaron los diálogos de La Habana, incluyendo  el embarazo, pues ella cuenta que el papá de Neymar, un miliciano de las Farc – ep, es decir que no actuaba como combatiente, sino que hacía presencia física y política en los poblados, se hizo a un lado, apenas supo del estado en que ella se encontraba. Las dificultades no cesaron luego del nacimiento del bebé y  antes de retornar a las filas de la organización armada. Además de la decisión de ser atendida por una partera, lo cual, según ella, transcurrió en completa normalidad, pronto se dio cuenta de que no tenía capacidad para amamantar a su pequeño, y por ello tuvo que recurrir a una madre sustituta para que asumiera este rol de manera temporal. A los pocos días ya le daba de su leche al recién nacido. Pero alcanzó a preocuparse.

Estando entonces sola y joven, y prácticamente sin ningún tipo de orientación diferente al de las creencias populares de su entorno, los cuidados del post parto prácticamente no existieron. Neymar sobrevivía y ella también. No pasó mucho tiempo para entablar una nueva relación amorosa y por supuesto, para volver a quedar en embarazo. Su salud se complicó, lo mismo que la atención al bebé. Sin que ella atine a dar una versión exacta de lo que pasó, terminó por abortar, también de manera abrupta y sin la debida atención: “Tenía un antojo y como nadie me lo atendió, entonces la niña que estaba esperando se me vino solita. Nació muertica”, me comenta Marily, con una  mirada profundamente triste, pero sin perder su inocencia.

Vea aquí: Los primeros días de Neymar. Con la simpleza de una mujer del campo, Marily cuenta cómo fue el arribo de su hijo a este mundo en medio de la guerra.

Entre sueños, esperanzas y decepciones

La vida de Neymar junto a su madre en la Zona Veredal de Transición y Normalización, en el alto de La Paloma, al pie del cual está la población de Madrigal, corregimiento del municipio de Policarpa, en el norte del departamento de Nariño, a donde ella llegó con sus compañeros combatientes para avanzar en la dejación de las armas y la reincorporación a la vida civil, se prolongó durante 6 meses, antes de que ella decidiera finalmente enviarlo a una vereda del bajo Patía, al occidente del Departamento a donde supuestamente ella iba a vivir una vez que todo este proceso concluyera. “Ha sido muy duro todo esto para mí, aunque mis compañeros y sobre todo las compañeras me han ayudado a su cuidado, la verdad es que esto no es para él. No tiene amigos de su edad y solo escucha hablar de paz y de guerra”, me dijo por esos días al comentar su decisión de buscar nuevas alternativas. Para ese entonces, ya estaba en su tercer embarazo.

Un año atrás, en octubre de 2018, nació su segundo hijo, una bebita, Nana. Llegó al mundo estando ya lejos de su vida guerrillera y de sus compañeros de reincorporación a la vida civil de este país. Fue una decisión complicada y triste, pero ante todo se trataba de huirle a lo que quedó del conflicto armado, a sus odios y deseos de venganza. Marily no quiere que sus hijos vuelvan a vivir todo lo que ella y sus compañeros de guerrillerada padecieron, inclusive desde antes de llegar a la organización.

Está claro que todos estos bebés que nacieron como Neymar en medio del proceso de paz del Gobierno con las Farc – ep, de alguna manera se convirtieron en una sorpresa para todos y por ello no había una estrategia planificada, distinta de las promesas del Gobierno nacional, de dotar a estas zonas con guardería y atención médica y asistencial y especializada para ellos, lo cual nunca se cumplió.

Las cifras reales de los niños que nacieron dentro del proceso se confundieron en la vida nómada de muchos de los antiguos combatientes armados, pero casi con seguridad, personas como la propia Victoria Sandino, quien también fue guerrillera y ahora lidera los temas de género en el partido de Farc, aseguran que hasta finales de 2018 se estaba hablando de cera de 300 pequeños hijos de guerrilleras y guerrilleros de las Farc – ep que luego ingresaron, la mayoría de ellos, al proceso de paz.

Testigo directo

Como parte del equipo periodístico denominado Unión de Medios Alternativos del Sur para la Paz, Umaspa, que estuvo cubriendo el desarrollo de todo el proceso de implementación de los Acuerdos de Paz  en la ZVTN en donde estuvieron Marily y Neymar, pude ser testigo de la manera como se atendió en todo este tiempo a la media docena de bebés que llegaron al mundo en medio de los diálogos, y también a otros pequeños que habían nacido un poco antes, por fuera de las zonas de guerra, pero cuyos padres o madres decidieron retornar a las filas de las Farc.

Sus condiciones de vida fueron en todo momento complejas. El Gobierno nunca facilitó que ellos tuvieran una atención digna y lo máximo que se alcanzó en temas de salud, fueron las remisiones al centro de salud de la cabecera municipal, en Policarpa, los pañales y uno que otro complemento alimenticio. Nada más. Su vida transcurrió entre hombres y mujeres adultos, que durante gran parte del tiempo  en la ZVTN siguieron portando sus armas de dotación. Durmiendo en condiciones infrahumanas, en las caletas de sus madres en la mayoría de los casos, soportando situaciones climáticas extremas y corriendo riesgos serios por la presencia de zancudos, culebras, alacranes y otros animales con ponzoña o mordedura letal.

Lo más parecido a alguna diversión sana, eran los juegos que solían plantearles algunos de los guerrilleros o guerrilleras. Recuerdo que en alguna oportunidad llegaron algunos juguetes y balones, que les cambiaron un poco su aburrida rutina. Pero eso fue algo momentáneo. Nada más sucedió en este sentido.

La vida de Neymar dentro de la ZVTN, como la de todos bebés que llegaron bajo estas condiciones, fue siempre irregular, incómoda y arriesgada. Pero el pequeño siempre tuvo una sonrisa para todo el que se le acercaba. Aprendió a balbucear algunas palabras, la mayoría propias del léxico de los guerrilleros, pero todos notaron siempre que él necesitaba y merecía otros espacios y atenciones.

Y aunque  para Neymar, como para su madre, los demás menores de edad, los guerrilleros y por supuesto todo el país, la paz absoluta aún no se vislumbra, permanece la esperanza de que él formara parte de ese pequeño colectivo de pequeños que llegó al mundo cuando sus madres ya no estaban en guerra, que debe ser el que verdaderamente comience a gozar de un país diferente. Con sueños y realidades dignas para las mayorías.

Sonia, de comandante guerrillera en las Farc – ep, a orgullosa madre de Janer


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