Columna de Opinión de Víctor Chaves: Los negreros del periodismo

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La historia de los propietarios de medios de comunicación que soportan su poder sobre el lomo de sus empleados, a los que escatima sus derechos laborales y humanos, además de los pagos pírricos y los contratos ilegales es larga y triste para muchos periodistas y trabajadores de emisoras, periódicos, canales o programadoras de televisión.

Por Víctor Chaves R. Periodista profesional

En estos días ha rodado por algunos medios de comunicación, con algo de despliegue, aunque muy lejos de la cobertura que el hecho merece, la historia de Alejandro Isaacs, un veterano periodista, que luego de prestar sus servicios profesionales durante más de 30 años al periódico El Nuevo Siglo y tras habérsele diagnosticado un cáncer, descubre que los dueños de este periódico impreso, habían dejado de cubrir la seguridad social de sus trabajadores desde hace más de una década, hecho que se sumaba a una gran serie de violaciones de los derechos laborales y contractuales de cada uno de sus empleados, pero que para el caso de este comunicador implicaba hasta poner en riesgo su salud y su existencia.

Hoy, Isaacs, afectado por su mal, pero además impactado por todo lo que ha venido descubriendo de los actos abusivos de los propietarios de este medio, se encuentra enfrascado en unos procesos legales que ha emprendido para tratar de hallar un poco de justicia que le permita por lo menos solventar el tratamiento médico que requiere y que viene pagando por su cuenta, gracias al apoyo de su familia y de algunos amigos. Algo que podría tardar años en resolverse o quizás nunca se resuelva pues está enfrentado ahora a una familia muy cercana a las esferas del poder oscuro, de ese que se maneja por debajo de la mesa.

Pero más allá del asunto en particular, la denuncia pública que se viene haciendo sobre este hecho sirve para que se coloque de nuevo en la palestra pública la situación dramática del periodismo provocada entre otras razones por la negligencia y actitud abusiva de los propietarios de los medios de comunicación, que persisten en tratar a los profesionales de este campo, como practicantes de un oficio mal pagado y peor tratado, pues en sus gavetas reposan decenas de hojas de vida de colegas dispuestos a vender su alma al diablo, si es necesario, por un pírrico empleo como el que se ofrece a los nuevos egresados de este campo de las comunicaciones.

Pero para decirlo en términos jóvenes y claros, el periodismo viene perrateado desde hace mucho tiempo. Desde antes de los computadores, el internet y las redes sociales. Viene mal desde que nuestros reporteros, muchos provenientes de la provincia o de hogares humildes, se acostumbraron bien pronto al wiski  y al pasabocas, propios de los cocteles  políticos y empresariales para terminar arrodillados al servicio de los poderosos.

El periodista de ese entonces era arribista y también clasista. Renegaba de sus orígenes vestía de traje, muchas veces remendado y desaliñado, con tal de parecerse, aunque sea un poco a sus patrones. Nunca fueron solidarios y solo se unieron para organizar sus clubes recreativos, bautizados con nombres pomposos como “Colegio de Periodistas” o “Círculo de Periodistas”.  El primero, inexplicable desde cualquier perspectiva, pues allí nunca enseñaron nada distinto a la lambonería, el tráfico de influencias y el gusto por el tabaco y el licor. El segundo sí es exacto, aunque también pudieron llamarse “roscas”, porque de eso se trataba, de grupetos de mañosos comunicadores que se utilizaban para conspirar en favor o en contra de cualquier líder político. Nada más.

Esas consideraciones elitistas alrededor de estos periodistas, no pasaron de los abrazos y el licor de sus “jefes”, pero muchos de estos comunicadores de ese entonces murieron en condiciones paupérrimas, enfermos o totalmente alcoholizados. Hasta suicidios hubo. Todos olvidados por sus patrones políticos. Aquellos por quienes estaban dispuestos a dar sus vidas, los dejaron abandonados a su miseria.

Más adelante y en la medida en que los comunicadores y periodistas egresados de universidades copaban las salas de redacción de los grandes medios, se produjo en una especie de breve bonanza salarial: los primeros recibieron  un tratamiento un poco más dignificante. El salario no era tan  bajo. Se pagaban horas extras, dominicales y festivos. Se cumplías con las vacaciones, etc.

Pero todo eso no pasó de ser flor de un día.  Bien pronto los propietarios se dieron cuenta de que las universidades comenzarían a entregar diplomas de comunicadores a diestra y siniestra que se convertirían den hojas de vida que reposarían en gavetas de jefes de redacción, editores y directores.

Los salarios se vinieron al piso. Se acabaron los pagos extraordinarios y los periodistas que se sostenían en las redacciones debían asumir la carga que antes hacían 3 o 4 de sus colegas.

Para los años siguientes todos los cambios surgidos o aplicados a los medios masivos  de comunicación terminaron de sumir a los periodistas en situaciones paradójicas. Las nuevas tecnologías, por ejemplo, acabaron con la prensa escrita, sumieron a alas cadenas radiales a un  papel menos inmediatista y le brindaron todas las posibilidades a la televisión, primero y luego a  los medios virtuales y “multimediáticos” sin que nada de esto significara de entrada que los periodistas mejoraran su situación laboral y profesional.

Por el contrario, la profesión como tal ha sido nuevamente “pordebajeada”, es decir colocada a nivel de oficio. Cualquiera puede ser periodista. Solo basta un celular. Si no sabe leer o escribir, no importa. No es perentorio. Y las facultades de Comunicación por supuesto, también aportan al caos, empezando por la no reevaluación de los currículos, por no preparar a los comunicadores para hacer empresa, para crear sus propios medios, para aprovechar las redes sociales, en fin, para que esta profesión no se disuelva en el mundo globalizado pero superficial.

Lo que hay en materia innovación en periodismo ha sido más el fruto de actos espontáneos  y a veces hasta sorpresivamente exitosos, pero que de ninguna  manera dibujan la realidad de un periodismo mal preparado, simplista, complaciente y más arrodillado que nunca.

El reciente caso de Alejandro Isaacs y su denuncia por mal trato y acoso laboral y hasta por estafa y hurto,  al periódico El Nuevo Siglo es apenas uno de muchos casos que se presentan en los espacios laborales de los periodistas.  El timo, el ultraje y la esclavización de los profesionales u oficiosos de esta rama de las comunicaciones permanece y hoy está más latente que nunca.

El espejo muestra a los grandes medios echando casi a empujones a aquellos periodistas que durante años o décadas como en el caso de Isaacs, arriesgaron hasta sus vidas por llevar una primicia o un buen contenido hasta sus páginas o pantallas. También evidencia algunos esfuerzos prácticamente individuales por mostrar alternativas viables para los periodistas de hoy. Es una balanza desequilibrada que tiene del lado más pesado a los grandes mercantilistas y a los políticos más oscuros o corruptos. La pelea, es entonces muy desigual y por ahora no se ve como contrarrestarla con eficacia.


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